José Ovejero: Ciudades de cristal

José Ovejero: Ciudades de cristal
Los excluidos de los paraísos urbanos, a los que el Estado abandona, se ven relegados a barrios sin ley

La ciudad está ardiendo, literalmente. El Ejército hace incursiones en los barrios rebeldes bajo los disparos de jóvenes armados. Los ciudadanos de bien viven refugiados en barrios seguros, protegidos por la policía y por compañías privadas de seguridad. La televisión les informa puntualmente de los últimos estallidos de violencia, aunque, en realidad, la violencia es cotidiana: enfrentamientos entre bandas; atracos en tiendas y viviendas; violaciones; extorsión a comerciantes. Pero la violencia sólo alcanza los telediarios cuando desafía al Estado.

Jack Womack describió esa situación en su novela Random acts of senseless violence (Actos aleatorios de violencia absurda) a principios de los años 90, y 20 años antes Doris Lessing, en Memorias de una superviviente, había trazado un panorama igualmente apocalíptico. Los escritores no solemos ser muy hábiles para describir las crisis del presente, pero siempre hemos tenido buen ojo para el futuro. La ciudad en pie de guerra que nos relata Womack dejó hace tiempo de ser sólo literatura.

Por supuesto, no es lo mismo Nueva York que París o Londres que Bogotá. Y sin embargo hay coincidencias notables entre nuestras megalópolis. Fijémonos en Nueva York, donde su multimillonario alcalde está dando un magnífico ejemplo del camino a seguir: tolerancia cero para con los delincuentes (hasta el extremo de imponer penas de cárcel a los ciclistas que se suben a las aceras), inversión en proyectos de prestigio, favorecer la construcción de viviendas de lujo.

También en las grandes ciudades europeas, alcaldes y gobiernos parecen pensar que el paraíso urbano se consigue financiando museos deslumbrantes, olimpiadas y exposiciones universales, rehabilitando el núcleo urbano degradado --para lo que hay que expulsar a sus habitantes--, favoreciendo la construcción de lujosos edificios y barriendo las calles de delincuentes: "la chusma" que tanto desprecia Sarkozy no tiene cabida en la ciudad ideal.

Y TODO ello requiere adoptar medidas que coartan la libertad de los ciudadanos: florecen las empresas de seguridad, las cámaras de vigilancia nos ven casi hasta en nuestros dormitorios. En la ciudad de cristal, las leyes se vuelven progresivamente más represivas; y se van creando nuevos barrios protegidos por barreras y verjas, con seguridad privada, que en EEUU incluso pueden imponer normas de conducta que van más allá de la ley: toque de queda para los menores de edad, longitud del césped, vestimenta apropiada. Cada vez más seguros, cada vez más puritanos, cada vez más lujosos, los barrios para privilegiados ignoran los problemas del resto de la ciudad.

Este modelo urbano lleva consigo el encarecimiento de la vivienda y del consumo; quien no tiene ingresos suficientes para pertenecer a la élite tiene que marcharse a otro barrio. La mayoría de los inmigrantes y también de sus hijos nacidos en el país de acogida se ven relegados a territorios degradados, con servicios públicos deficientes, en los que el orden del Estado sólo ingresa en momentos de crisis, con modos de Ejército invasor. Pintadas, basura, solares mugrientos, coches calcinados forman el paisaje urbano para quienes no pueden acceder a restaurantes de diseño y museos. De vez en cuando hay estallidos de violencia que ayudan a dar salida a la rabia de quienes nunca podrán triunfar en la sociedad del éxito. Delincuentes y jóvenes frustrados hacen causa común.

No hay ya tantas diferencias entre las grandes ciudades europeas y las del Tercer Mundo. Allí inmigrantes del campo se hacinan en villas miseria, aquí inmigrantes del Tercer Mundo lo hacen en ciudades dormitorio. Y ambos modelos degeneran en barrios sin ley, en los que por supuesto no sólo habitan delincuentes, sino también familias aterrorizadas a las que el Estado ha abandonado; no se ajustan a la imagen seductora para el turismo y los inversores que la ciudad quiere proyectar. Los inmigrantes puede que aún estén agradecidos al país o la ciudad que los acogió; sus hijos, sin posibilidades de ascenso social, sentirán mucha más humillación que agradecimiento. Frente a ellos, las fortalezas casi inexpugnables de los ricos.

ALGUNOS culpan de los desórdenes al fundamentalismo islámico (coartada para casi todo), pero éste sólo aprovecha el resentimiento social y racial --antiblanco-- y articula una rabia que ya estaba ahí. Que estalló en Los Ángeles, en Notting Hill, en las favelas de Río, y que ahora se extiende a diversas ciudades europeas. Es un problema que sólo puede resolverse invirtiendo en la integración real (educativa, laboral, urbanística, de servicios) de estos barrios y sus habitantes. Las medidas policiales no sirven a largo plazo. A no ser que queramos convertir el centro de nuestras ciudades en trincheras, y desahuciar a quienes no tienen cabida en ellas. Pero la mentalidad de trinchera sólo sirve para una cosa: para crear más enemigos.

El Periódico, 16/11/05