Ignacio Ramonet: Contra la pobreza

Ignacio Ramonet: Contra la pobreza

EN EL MARCO de la campaña Acción mundial contra la pobreza que se lleva a cabo en 70 países, he estado estos días participando en una serie de actos en Montreal y Quebec (Canadá). Las jornadas de solidaridad internacional las organizaba L'Aqoci, una coalición de organismos de la sociedad civil movilizados en torno al eslogan «Por un mundo sin pobreza: ¡actuemos ya!». Se trata de recordar a los gobiernos las medidas políticas que deben adoptarse para erradicar la pobreza.

Hay en el mundo, según la ONU, más de mil doscientos millones de personas -sobre todo mujeres- viviendo en la extrema necesidad. Con menos de un euro diario deben alojarse, vestirse, educarse, curarse y alimentarse... Un desafío imposible. Por causas ligadas a la pobreza mueren a diario más de 50.000 personas... Tantas como las que habrían causado 18 atentados como los del 11 de septiembre.

La pobreza no es un fenómeno natural. Es causada casi siempre por políticas desdichadas. Por eso, medidas políticas la pueden erradicar. Dos de sus principales causas son la desigualdad de la renta y el injusto reparto de las riquezas. Causas que la globalización liberal no cesa de agravar. El foso entre los países más ricos y los más pobres sigue agrandándose. Y esto constitye un insoportable escándalo.

Según el programa de las Naciones Unidas para el desarrollo humano, nuestra generación es la primera en la historia que dispone de recursos para acabar con la pobreza. La riqueza mundial por habitante se ha multiplicado por tres en los últimos decenios. Si esa riqueza se repartiese con equidad, cada persona en el mundo podría vivir con holgura y dignidad.

En 1970, la asamblea general de la ONU decidió que cada país rico consagrase el 0,7% de su producto nacional bruto (PNB) a la ayuda pública al desarrollo. Hoy, 35 años más tarde, sólo cinco países cumplen esa promesa: Dinamarca, Suecia, los Países Bajos, Noruega y Luxemburgo. Todos los demás, y en particular las siete grandes potencias -EE.?UU., Japón, Alemania, Francia, el Reino Unido, Canadá e Italia- siguen incumpliendo sus obligaciones con la comunidad internacional.

En el 2000, la ONU fijó entre los Objetivos del Milenio la reducción a la mitad del número de pobres en el mundo para el 2015. Pero al ritmo que llevamos, ese objetivo -¡demasiado modesto!- sólo se podría alcanzar en el 2039... Una vergüenza.

Por eso es indispensable que todos los ciudadanos sigan haciendo presión sobre los gobernantes de los países ricos para que se acelere la toma de medidas que permitan la erradicación total de la pobreza en el plazo más corto.

Esas medidas existen. No sólo el 0,7%, sino, antes de nada, la anulación de la deuda de los países pobres. Porque no es normal que éstos sigan enviando al Norte cada año más dinero en pago de intereses que el que reciben en concepto de préstamo.

Es también urgentísimo establecer una tasa internacional sobre los mercados de cambios, o sobre las ventas de armas, o sobre el consumo de energías no renovables. Hay, además, que establecer reglas comerciales justas y equitativas que eliminen las ayudas a las exportaciones agrícolas de los países del Norte para permitir el desarrollo de la agricultura del Sur.

Todo eso hay que hacerlo sin tardar. Porque, como ya hemos dicho, la pobreza mata. Y mata cada día, cada hora, cada minuto... En el tiempo de leer esta crónica (unos seis minutos), la pobreza habrá matado en el mundo a unas 70 personas.

La Voz de Galicia, 16/11/05