Entrevista: Ruth Simmons rectora de la Universidad de Brown: "En EE UU están creciendo la pobreza y la falta de ideales"

Entrevista: Ruth Simmons rectora de la Universidad de Brown: "En EE UU están creciendo la pobreza y la falta de ideales"
Ruth Simmons, de 60 años, es la única negra estadounidense que ocupa un cargo de rectora en una universidad de su país. Dedicada en cuerpo y alma a la docencia, vivió una infancia de racismo y pobreza en su Tejas natal. Ahora sus esfuerzos los concentra en dar oportunidad a los más desfavorecidos para que se culturicen.

Hace 37 años, cuando hacía un viaje de estudios por el norte de España, Ruth Simmons recibió la noticia de que habían asesinado a Martin Luther King, el líder negro que fue decisivo en la lucha por la igualdad racial en Estados Unidos. La ahora presidenta (rectora) de la Universidad de Brown, la única negra que ocupa un cargo así en su país, recuerda que la gente que le acogió en aquel enclave español, probablemente en Euskadi, la confortó y le ayudó a salir de su estupor. Ahora Ruth Simmons evoca aquel momento, así como su propia lucha por hacer que otros como ella superen tanto la discriminación racial como la pobreza que ha sometido principalmente a los de su raza a una situación de inferioridad contra la que ella ha luchado con rabia. Acaba de estar en Madrid, en la celebración del centenario del Instituto Internacional, que, entre otras universidades norteamericanas, acoge a estudiantes de Brown. Simmons, de 60 años, nació en Tejas, es la hija número doce de una familia muy pobre y conservadora, estudió Literatura Comparada en Harvard, dio clases en Princeton, como especialista en educación superior, fue rectora de la Universidad de Smith, y en Brown, universidad que preside desde hace cuatro años, está empeñada en establecer un sistema de admisión que favorezca a estudiantes de bajos recursos.

Pregunta. Quisiera saber cómo se crió, cómo fue educada y de qué manera le afectó aquella experiencia: una niña pobre que entra en el universo de los ricos.

Respuesta. Me crié en una granja que se llamaba Grapeland, la tierra de la uva. Pero lo que se cultivaba era algodón. Los negros vivíamos en granjas. Mis padres eran aparceros. Ahí nací. La granja estaba alejada del pueblo, no tenía escuela, así que era extremadamente difícil asistir a clases. La educación era algo lejano, la gente le daba muy poco valor y mis padres tampoco lo hacían. Para ellos no tenía sentido perder el sueldo de un miembro de la familia. A mis seis años mis padres se trasladaron al pueblo, y aquello significó que por primera vez podía asistir al colegio de forma regular. En esa época, la industria del algodón se estaba transformando con la llegada de nueva maquinaria. Entre los propietarios blancos hubo mucha preocupación por el hecho de que los negros emigrasen del sur para vivir en ciudades. Mi primer encuentro con la escuela fue dramático; nunca había visto libros, ni lapiceros, ni papel... Recuerdo perfectamente el día que entré en el aula, y mi primer contacto con las mesas, los lápices, los libros... Estaba entusiasmada... Además, me dijeron pronto que tenía curiosidad, que era inteligente...

P. En un momento en que era casi ilegal decirle eso a un negro...

R. En efecto, así era en ese momento... En Tejas la relación entre negros y blancos era sombría... El terror era parte de la atmósfera, y organizaciones como el Ku Klux Klan estaban a la orden del día... Los negros no podíamos entrar en los teatros, en los establecimientos públicos, y su lugar en la cola siempre debía ser el último. Este era el paisaje social en el que vivíamos. Así que acudir a un lugar donde te decían que eras inteligente, curiosa, maravillosa, y te animaban a seguir estudiando y trabajando era algo especial... Pero no podía olvidar que al salir de clase no me estaba permitido mostrar inteligencia, ni curiosidad, ni ninguna de aquellas virtudes... En efecto, era algo ilegal.

P. ¿Cómo se sentía entonces?

R. Si eras negro en el sur, sabías que estabas limitado: en cuanto a la educación, a la libertad de expresión, incluso a tu capacidad para demostrar tu valía... No podías ser un uppity nigger [negro con coraje, capaz de sublevarse], alguien seguro de sí mismo... Si eras negro no podías desarrollar tu confianza o tu dignidad, no debías mostrarte inteligente ni franco... Si un blanco se aproximaba de frente por la acera tu obligación era bajar la vista y cruzar la calle, evitando además el cruce de miradas... La supresión del individuo se basaba en impedir que desarrollara una identidad mínimamente sólida. Pero en la escuela, y de forma bastante radical, estábamos aprendiendo justo lo contrario. Así fue nuestra educación, dos mundos en uno solo... En nuestros barrios y hogares negros nos permitíamos ciertas libertades que nunca dejábamos traslucir al mundo real... Ese ambiente fue mi paisaje infantil; al tratarse de algo clandestino y casi ilegal, aprendí a amarlo y a valorarlo mucho más. Cuando caminaba por la calle y alguien me gritaba nigger, el hecho de no poder reaccionar no me afectaba: yo poseía una vida interior y un desarrollo intelectual que eran míos y esto nadie me lo podía quitar.

P. ¿Cómo hizo para enfrentarse sola a esa sociedad obsesiva contra los negros?

R. Nunca quise hacer una revolución. Si amas los libros y el aprendizaje es porque se trata de algo tuyo, es una manera de mejorarte... En aquella época casi todo el discurso era muy negativo para los negros: eres sucio, no eres inteligente, nunca llegarás a ser nadie, eres feo..., éste era el mensaje que se respiraba en el ambiente su-reño... Esta contradicción debió provocar un efecto de reafirmación en mi personalidad, porque en la escuela sí que podía demostrar que mi cabeza estaba bien amueblada... No podía hacerlo en público, de modo que me decidí hacerlo en clase... En nuestra condición de negros sabíamos que no podíamos aspirar a ser profesionales; en Tejas ninguna facultad nos hubiera admitido. Mi familia era muy pobre. Jamás saldría de Tejas. Nunca habría oportunidad para mi, así que no pensaba en el futuro; simplemente disfrutaba con lo que hacía. Pero mientras desarrollaba mis estudios la sociedad estaba cambiando a mi alrededor. Eran los años cincuenta, los de Martin Luther King, y yo seguía siendo una niña en el colegio, ajena a lo que estaba pasando. Pero todo esto tenía lugar mientras crecía. No tenía ni idea de que el mundo estaría preparado para mí cuando me gradué del colegio.

P. ¿Hubo algún momento en que comprendió que se iba a ganar esa lucha?

R. No. Y si la gente es sincera le dirá lo mismo. No hubo un momento mágico, en el que estuviera claro que la lucha había acabado. La aprobación de la ley de los derechos civiles fue un momento decisivo en el que la gente se sintió muy esperanzada. En el pasado, tras la guerra civil y la reconstrucción, hubo momentos de mucha esperanza que nunca se desarrollaron de verdad. Había una especie de escepticismo ambiental, y tenga en cuenta que Luther King no era muy popular en la comunidad negra. Su popularidad inicial es un mito. La gente estaba muy asustada por lo que estaba haciendo, pues temían que sus acciones provocaran represalias. Y de hecho las hubo.

P. Pero el movimiento estaba en marcha...

R. Sí. Cuando llegué a la universidad, el movimiento de los derechos civiles tenía mucho poder... Pero cuando me crié no había un sentido definitivo de lo que iba a ocurrir. El asesinato de Emit Hill nos aterrorizó a todos. En aquel momento, yo era muy joven y no dejaba de pensar en este chico que fue brutalmente mutilado por haber osado mirar a una mujer blanca. Todo eso se grabó en nuestras conciencias... Éste era un país muy peligroso, pero en especial para la gente negra que vivía en el sur... Casi todos los padres negros les enseñaban a sus hijos cómo sobrevivir... Y nuestros profesores nos anticipaban que la sociedad iba a cambiar.

P. ¿Qué ha cambiado para un niño negro de ahora con respecto a lo que sucedió con usted entonces?

R. Me gustaría decir que todo ha cambiado, pero me temo que no es así. El cambio más importante es que hoy, en Estados Unidos, las personas no son segregadas de forma automática por su raza. Es muy importante. En segundo lugar, un niño que nazca hoy, en mis circunstancias, conocerá el potencial que existe. Pero un niño que nazca en la pobreza, con muchos de los problemas que yo tuve, no tendrá acceso a la calidad de educación que yo disfruté porque los colegios en muchas de estas zonas se han deteriorado. Esos profesores tan magníficos que yo tuve seguirán siendo magníficos, pero difícilmente podrán transmitir el aliento e ilusión que yo recibí. Paradójicamente, antes había más dedicación, más esperanza y más seguridad en que un día algo positivo llegaría. Hoy creo que los niños están como encerrados en una especie de almacén. Los niños pobres van a los colegios en circunstancias límite. Hay mucha violencia, y antes no había violencia. Los niños tienen miedo en el colegio. Es bastante caótico. Cuando yo iba al colegio los profesores eran miembros de la misma comunidad. Hoy es muy poco probable que a los niños pobres les estén enseñando profesores que pertenezcan a sus comunidades, que conozcan a sus padres. Las comunidades han cambiado mucho. El tipo de apoyo que existía antes ahora ya no existe. No hay control. Cuando yo estaba en el colegio, había un profesor que nos decía: "Si te portas mal, hablaré con tus padres". Y ese era un argumento de peso. Hoy en Estados Unidos hay un aumento de la pobreza y de la falta de ideales. Es una nación riquísima, pero con enormes bolsas de pobreza. La mayoría de la gente pobre son niños que no tienen ese apoyo que yo tuve. Éramos muchos y muy pobres en casa, pero mis padres y nosotros éramos una piña y de eso siempre fui consciente. Actualmente, los niños no tienen ese núcleo familiar. Viven en hogares monoparentales o están criados por sus abuelos... Es una situación muy caótica...

P. Quedó patente en las imágenes que el mundo vio cuando el huracán Katrina asoló Nueva Orleans... ¿Cuál es su análisis de lo que sucedió?

R. Es una ciudad que conozco bien, allí viví. Lo que mucha gente desconocía era que Nueva Orleans es una ciudad muy pobre, sin los recursos necesarios para evacuar a miles de personas. Esto es trágico, pero hay muchas ciudades en las mismas circunstancias. Lo que a mi me parece muy difícil de aceptar es la pobreza persistente no sólo en las ciudades, sino en las zonas rurales. La gente apenas sobrevive, pasa hambre. Hambre. Y hay muchos sin techo. Al haber tanta riqueza y tanta gente que vive bien, esas cosas no se ven, no se conocen... Nueva Orleans no es una excepción. Hay muchas zonas que están devastadas por la pobreza, donde la gente vive en circunstancias peligrosas, expuesta al crimen, la malnutrición, la falta de servicios... Y esto es lo que vino a mostrar Nueva Orleans. Esa es la fotografía real.

P. ¿Qué juicio le merece la política de la Administración ante casos así?

R. Demuestra la ignorancia de la realidad de las necesidades de nuestra gente. Es casi inexcusable. Creo que toda la Administración, incluyendo al presidente, tendría que ir a vivir en circunstancias así, para saber de qué se trata... Se suele decir que si alguien vive en la pobreza, en Estados Unidos, es porque se la merece. Pues bien: mucha de la gente que vimos en la televisión, tras el Katrina, eran camareros, cocineros, limpiaban casas, y no tenían lo suficiente para darles de comer a sus hijos. Ese es el reto que debemos afrontar en nuestro país: ser más conscientes de las distintas comunidades y encontrar formas de lucha contra la pobreza.

P. Llevamos media hora hablando del país más rico de la Tierra y sólo hemos hablado de racismo y de pobreza. ¿Cómo pueden convivir el desarrollo con la pobreza y el racismo?

R. Es muy complicado. Si estamos de acuerdo en que todos los negros fueron oprimidos, que vivieron en el apartheid, concluiremos que han padecido una gran injusticia. Pero si te fijas en Michael Jordan o en Jesse Norman y en tantos individuos negros que pasaron de la pobreza al éxito, podrías concluir que cualquier persona puede hacer lo mismo. Es una conclusión errónea. Los que viven en la pobreza no tienen ni la motivación ni la ética del trabajo. Aquel tipo de nociones es lo que complica las cosas. Una de las razones por las que elegí la educación como carrera profesional fue porque se trata de algo básico para que la gente salga de la pobreza y tenga una oportunidad de integrarse en la sociedad.

P. Y sigue creyendo en ello.

R. Firmemente. Si no sabes leer es muy difícil trabajar en lugares donde ganes el dinero suficiente para sobrevivir. Mucha gente pobre no suele terminar la escuela... No tienen los recursos para ello. Sin embargo, en Estados Unidos existe un potencial increíble: un individuo puede empezar su vida con casi nada, puede terminar su bachillerato, puede ir a un colegio comunitario, y finalmente puede ingresar en una de las mejores universidades del mundo. Esto es posible a nivel individual, pero es difícil reproducirlo a gran escala. Es difícil que cualquier joven criado en la pobreza entienda la necesidad de permanecer en el colegio, la necesidad de aprender...

P. ¿Y usted cómo se siente al haber pasado a la historia como una de las excepciones?

R. Cuando trabajas arduamente nunca piensas que eres un ejemplo. Creo que hasta que no fui presidenta de la Universidad de Brown y tuve la oportunidad de interactuar con la gente joven no me di cuenta de lo que yo podía significar para ellos. Durante mis años profesionales jamás hablé de mi infancia: no me preguntaban por ello. Por casualidad, cuando me entrevistaron al concederme el cargo de presidente de la Universidad de Smith me preguntaron por mi pasado, y lo describí. Y ahí fue donde la gente supo lo que yo había conseguido. Me escribió mucha gente pobre que se sintió motivada para imponerse otras metas. Me percaté entonces de que podía ejercer una influencia positiva sobre gente que quizá había perdido la esperanza de lograr lo que quería. Después de aquello tuve la idea de comunicarme con gente joven, de alentarles para que fueran persistentes en sus estudios. Y esto es lo que hago: voy a ciudades y a barrios periféricos, hablo con los jóvenes y les animo contándoles lo difícil que fue para mí... Parte de mi responsabilidad es contar mi historia. Si has logrado algo en la vida, creo importante compartirlo.

P. Su experiencia parece una caja mágica que contiene muchas respuestas sobre la educación y sobre la vida.

R. No es una teoría, es mi vida. Hay gente que educa de manera muy práctica; otros entran en el sistema educativo porque estudiar les ha salvado la vida. Me siento muy afortunada de ser una profesora de universidad que ha entendido esto, que no sólo se trata de tener cultura, de ser erudito, sino también de redimirse. De sentirse viva. Me aporta una gran satisfacción saber que hay muchos jóvenes que vienen a educarse, y eso sin duda cambiará sus vidas.

P. ¿Hay estadísticas sobre personas como usted, que lograran terminar estudios superiores?

R. El número de personas que han terminado su bachillerato ha aumentado, especialmente para los negros; sin embargo, la cifra es mucho más baja en el caso de los hispanos. Hay mucho trabajo por hacer con los hispanos; nuestra preocupación consiste en que terminen el bachillerato. En las universidades la minoría es negra; en Brown tenemos el 7% de negros.

P. Usted hizo en 1993 un polémico estudio sobre las relaciones interraciales basándose en lo que ocurría en el campus de Princeton. ¿Cómo está ahora?

R. Los americanos no tratan esta cuestión con facilidad. Mentiría si dijera que en el futuro la cuestión racial va a dejar de ser importante. Tiene que ver con la historia de la esclavitud: este país ha sido incapaz de tratar el tema de la esclavitud una vez que ésta fue abolida. Y como consecuencia de la esclavitud hay un problema social enorme que nunca se corrigió. La gente siente que no tuvo nada que ver con la esclavitud y no quiere pagar el precio. Hay un legado de esclavitud que no se ha tratado y hay una población que no quiere tener que ver con ello. Esa tensión seguirá existiendo durante mucho tiempo. La Universidad ha de fomentar la discusión sobre las diferencias raciales, que promueva el discurso público sobre temas como la esclavitud. Eso es lo que intenté hacer en Princeton, y sigo intentándolo. Cuando era niña todo esto era venenoso, pero ahora se puede decir, implicando a los jóvenes, ayudándoles a entender que la sociedad no es perfecta pero se puede mejorar.

P. ¿Cómo se siente dando órdenes a hombres blancos?

R. Entendí al llegar a Brown que habría mucha gente a la que no le gustaría recibir órdenes mías. Primero, porque soy mujer, y segundo, porque soy negra, ¡una negra, por Dios, mandándome a mí! La gente piensa: "¿Cómo puedo escaquearme de lo que me manda?, porque está claro que ella no puede tener razón". He acabado echando a gente: si no pueden trabajar contigo, si no aceptan que les puedes mandar, se tienen que ir. Lo llevo bien, no es algo a lo que le dé mucha importancia.

P. ¿Y qué dicen sus hermanos?

R. Que no puede ser, que cómo voy a ser presidenta, que los de Brown se han tenido que equivocar... Me siguen regañando, son mis hermanos mayores, no se lo acaban de creer.

P. ¿Qué hubieran pensado sus padres?

R. Mi madre murió cuando yo tenía 16 años. Siempre pensó que yo era incapaz de ir a la universidad. Un día, en la cocina, le pregunté: "¿Crees que algún día podré ir a la universidad?". Me dijo que sí, si había dinero, pero lo dijo para complacerme. Mi padre sí vivió lo suficiente como para verme acabar el posgrado, pero no me vio asumir el cargo de presidenta. Habría sido muy gracioso. Él era muy conservador. Para él, las mujeres no debían llevar pantalones, ni contestar al hombre, ni interrumpir sus conversaciones. En casa comían primero los hombres. Sobreviví tomándome a broma esos planteamientos tan machistas.

El País, 13/11/05