Timothy Garton Ash: Europa debe hacer caso de las llamas

Timothy Garton Ash: Europa debe hacer caso de las llamas
Los europeos de origen inmigrante necesitan puestos de trabajo y aceptación popular.

En la Biblia leemos que Dios sacó a su pueblo de Egipto a través de una columna de nubes durante el día y una columna de fuego durante la noche. Ahora, los jóvenes pobres de los guetos franceses en las afueras de las ciudades nos hablan a través de una columna de humo durante el día y una columna de fuego durante la noche. Sus columnas están hechas de coches en llamas -más de 6.600 hasta la fecha-, pero esta violencia aparentemente sin sentido tiene un mensaje tan claro como el que seguía Moisés. Europa, que parecía la tierra prometida para sus padres inmigrantes, se ha transformado en una nueva esclavitud.

"Entiéndalo", decía un joven llamado Bilal a un periodista en las viviendas protegidas número 112 de Aubervilliers, "cuando blandimos un cóctel molotov, estamos gritando '¡socorro!'. No sabemos expresar con palabras nuestro resentimiento; sólo sabemos hablar quemando cosas". Es decir, saben lo que hacen. Están hablando a través del fuego.

Esto no es justificar el recurso a la violencia. No hay nada en el mundo que justifique el asesinato a golpes de un anciano inocente, Jean-Jacques le Chenadec, un trabajador jubilado del sector del automóvil que, al parecer, sólo trataba de extinguir el fuego en un cubo de basura cerca de su casa. Nada. Pero, ahora que parece haberse restablecido una frágil paz -confiemos- mediante la drástica medida de declarar el estado de emergencia, tenemos que empezar a comprender lo que están diciendo a través de las llamas.

Algunos comentaristas han destacado el contraste entre la pacífica y multicultural Gran Bretaña y Francia, explosiva y monocultural. Me parece una autocomplacencia peligrosa. Por supuesto, el mensaje de los Renault y Citröen incendiados está dirigido, sobre todo, a los dirigentes franceses. Ningún otro país europeo tiene tanta proporción de hombres y mujeres de origen inmigrante, principalmente del continente africano y, en su mayoría, musulmanes: se calcula que entre seis y siete millones, más del 10% de la población.

En pocos países europeos están las personas de origen inmigrante tan encerradas en guetos como los habitantes de las viviendas sociales al estilo del complejo número 112 de Aubervilliers. En pocos países podría calificar un ministro del Interior a los amotinados de "chusma", decir que merecen una limpieza y seguir siendo uno de los políticos más populares del país. El hecho de que el primer ministro francés actual sea un aristócrata no elegido, con una pluma a menudo grandilocuente, hace difícil resistir la tentación de hablar de ancien régime. Pocos países europeos cuentan con una élite metropolitana más selecta.

En la vida pública aparecen muy pocos descendientes de inmigrantes transmediterráneos que llegaron a Francia en la posguerra. Su situación la plasmaba perfectamente, en mi opinión, un dibujo reciente de Le Monde que mostraba al aristocrático primer ministro, Dominique de Villepin, con su cabellera plateada, saludando a Azouz Begag, ministro para el Fomento de la Igualdad de Oportunidades, dándole palmaditas en la cabeza. Bien, bien, querido Azouz. Mientras tanto, la realidad social de la "igualdad de oportunidades" se resume a la perfección en el título del libro de un empresario nacido en Marruecos, El ascensor social está estropeado; he subido por las escaleras. Las pruebas de racismo endémico en el mercado francés de trabajo son abrumadoras. El escritor británico Jonathan Fenby cuenta la anécdota de un presentador que vive en uno de esos edificios de viviendas sociales y que envió dos solicitudes de empleo a una cadena estatal de televisión. En una puso su nombre africano y su auténtico domicilio; en la otra, un nombre francés y una dirección mejor. La primera fue rechazada, con la segunda le invitaron a una entrevista.

Ejemplo extremo

Además, Francia representa el ejemplo más extremo en Europa de intento de asimilación. Ningún otro país europeo ha aplicado con tanto rigor la prohibición del pañuelo islámico. Ninguno ha hecho menos concesiones a la diferencia cultural. Como observa Alain Duhamel en su libro La confusión francesa, "la única comunidad que reconoce Francia es la comunidad nacional".

Todo esto es peculiar de la República Francesa; por lo menos, es la que representa el caso extremo. Pero no nos hagamos ilusiones: es un problema que aflige a toda Europa. Fueron inmigrantes de segunda generación, en la pacífica y multicultural Gran Bretaña, los que cometieron una atrocidad mucho peor, los atentados de julio en Londres. En realidad, por la forma que adopta su revuelta, casi podría decirse que Bilal y sus camaradas son franceses de viejo cuño, aunque sean franceses sin palabras. Porque las protestas espectaculares pero no demasiado sangrientas, con bloqueos y barricadas, forman parte de una tradición revolucionaria francesa que tiene más de 200 años. Los jóvenes inmigrantes franceses de segunda generación han quemado coches; los nuestros quemaron a seres humanos. ¿Qué es preferible? Y Holanda, pacífica y multicultural, presenció el año pasado el asesinato ritual de Theo van Gogh.

Casi todas las sociedades de Europa occidental cuentan con amplias comunidades descontentas de origen inmigrante. Empezamos a traer a sus miembros, en parte como legado de nuestros imperios en retirada y en parte como mano de obra para hacer los trabajos menos importantes y rechazados por los europeos nativos, durante los años de enorme crecimiento económico posteriores a 1945. En general, les mantuvimos a cierta distancia y les tratamos como habitantes temporales, no como ciudadanos europeos de pleno derecho. En Alemania, por ejemplo, hasta hace poco, a la mayoría de los llamados Gastarbeiter de origen turco no se les invitaba a adoptar la nacionalidad alemana aunque llevaran viviendo allí 30 años. Y la "guerra contra el terrorismo" emprendida tras el 11-S ha añadido nuevos motivos de distanciamiento.

Éste es un problema de toda Europa. Estoy tentado de decir que es el problema de toda Europa, o, por lo menos, en la misma categoría que la necesidad de crear más puestos de trabajo. Los dos están estrechamente relacionados. En muchas de las viviendas sociales que hablan en estos momentos a través del fuego, el paro alcanza el 40% y la edad media es inferior a 30 años. Mientras tanto, los parados mayores y nacidos en Europa están representados en el electorado del Frente Nacional de Jean-Marie le Pen y otros partidos anti-inmigración de todo el continente. Estamos ante todos los síntomas de una espiral hacia abajo.

Todas las hipótesis razonables hacen pensar que la población de origen inmigrante y cultura musulmana en Europa crecerá de forma significativa durante la próxima década, gracias a unos índices de natalidad relativamente superiores y a más oleadas de inmigración. Si ni siquiera podemos conseguir que quienes viven en Europa desde que nacieron se sientan cómodos, lo que nos espera será terrible. Más de 6.600 coches en llamas parecerán un mero aperitivo.

La respuesta está en el empleo

La respuesta consiste, en parte, en abordar sus problemas socioeconómicos, una tarea muy difícil porque la clave está en el empleo, y el empleo, hoy, se crea mucho más en Asia y América que en Europa. La otra parte es la relacionada con la ciudadanía, la identidad y la actitud cotidiana de cada uno de sus conciudadanos.

La condición de europeo debería ser la identidad cívica dominante que permita sentirse a gusto a los inmigrantes e hijos de inmigrantes. En teoría, debería ser más fácil sentirse turco-europeo, argelino-europeo o marroquí-europeo que turco-alemán, argelino-francés o marroquí-español, porque la condición de europeo es, por definición, una identidad más amplia y que abarca más. Sin embargo, no resulta más sencillo. Por alguna razón, la europeidad no funciona así. Los europeos nativos se pueden sentir franco-europeos, germano-europeos o hispano-europeos. Algunos -esta fraternidad que formamos unos cuantos- incluso nos sentimos británico-europeos. Y, desde luego, existen ejemplos de personas que se sienten claramente paquistano-británicos o tunecino-franceses, por ejemplo. Pero el guión entre dos nombres no suele funcionar. Para abordar el mayor problema de nuestro continente, y no sólo de Francia, tenemos necesariamente que redefinir lo que significa ser europeo.

www.freeworldweb.net Traducción de M. L. Rodríguez Tapia

El País, 13/11/05