José Manuel Fajardo: La realidad quema

José Manuel Fajardo: La realidad quema  
Las llamas francesas auguran incendios en unas democracias donde los derechos son mero papel

No se sabe qué es más inquietante, si el estallido de violencia callejera que ha sacudido a Francia o la creencia de que se puede mantener a más de la mitad de la humanidad hundida en la miseria sin que eso acabe pasando una factura terrible.

Ahora la clase política francesa muestra su rostro más preocupado y desde el Gobierno se intenta recuperar el orden que durante noches ha sido puesto en picota por el incendio de centenares de vehículos y un sinfín de altercados. Junto a ello se prometen políticas de ayuda para los desheredados que habitan los barrios marginales de todas las ciudades de Francia. Sin embargo, la clase política no deja de ofrecer una imagen más cercana a la perplejidad que a la determinación. Sumergidos en sus querellas y ambiciones, actitud en la que nada difieren de los gobernantes de otros países, no parecen acabar de comprender cómo es posible semejante explosión de descontento popular. Pero si la inmensa mayoría de los ciudadanos franceses rechaza los actos vandálicos y reclama el aseguramiento del orden, son numerosísimas las voces que proclaman que la rabia que los alimenta está más que justificada.

La revuelta se inició, como tantas veces en la historia de Francia, en los arrabales de París, pero este caos destructor se asemeja más a las iracundas revueltas campesinas de la edad media que a los alzamientos de la Revolución francesa. Son la desesperación y el odio los que se han expresado cada noche sin que los encauce pensamiento revolucionario alguno. Esta orgía de llamas y agresiones responde al puro nihilismo de quienes se sienten tratados como si nada fueran, sentimiento reforzado por las desafortunadas maneras del ministro del Interior francés. Han sido noches de furia destructora sin más horizonte que la próxima madrugada.

HACE YA muchos años que León Trotsky advirtió de que la revolución de los hambrientos termina en la primera panadería, y a la revuelta francesa de hoy le faltan representantes políticos que puedan transformar los sentimientos en razón, en palancas para mejorar los problemas que la han motivado. Uno de los riesgos de esa orfandad ideológica y política es que los defensores del nihilismo religioso puedan aprovechar el revuelto río de sentimientos para pescar nuevos y fanáticos adeptos, con la temible posibilidad de que algunos acaben alimentado de rebote ese otro fuego nihilista de nuestro tiempo que representa el terrorismo islamista. Porque, en gran medida, la crisis desatada en Francia revela la falta de integración real, no solamente legal, de los inmigrantes, en su mayoría procedentes del norte de África, y de sus hijos ya franceses. Que no haya apenas dirigentes políticos o diputados de origen magrebí en un país cuyo 10% de habitantes son musulmanes es prueba irrefutable de ello.

Otra de las lecciones de los acontecimientos de estas semanas es que hay una línea vertical que atraviesa todas las fronteras y divide a todas las sociedades: la de la pobreza y la exclusión social. De un lado de ella, sobreviven como pueden quienes asaltan vallas en Melilla persiguiendo el sueño europeo, quienes fueron abandonados a su suerte en las calles inundadas de Nueva Orleans o quienes conviven con la violencia cotidiana en los arrabales de París. Del otro, viven quienes se benefician plenamente de derechos y riquezas. Más allá del problema de la inmigración, una buena parte de la humanidad es tratada como extranjera incluso dentro de la misma sociedad que la ha visto nacer.
El capitalismo global que gobierna el mundo genera excluidos en todos los países, sean desarrollados o no, mientras expone globalmente su mercadería de la abundancia en la vitrina de la sociedad de la información. Decretada la muerte de los sueños de justicia social, no se ofrece más solución a los desheredados que no sea la de esperar, cuantas generaciones sean necesarias, hasta que los ricos se enriquezcan de tal modo que algunas migas del banquete caigan al fin en sus manos.

¿CÓMO puede extrañar que haya quienes, hartos de la contemplación del pastel de riqueza, terminen rompiendo a pedradas la vitrina de la panadería? En París han quemado coches en un acto que tiene mucho de simbolismo inconsciente pues, al pegar fuego al icono del individuo en la sociedad de consumo, proclaman su propia inexistencia social. En esas llamas se calcina también esta idea feroz de un mundo regido tan sólo por la ley de la jungla del mercado. Su luz debería alumbrar nuevas reflexiones e iniciativas políticas que vayan más allá del parche de las ayudas puntuales, pero también puede ser el anuncio de un incendio totalitario que prenda en la hojarasca de unas democracias en las que cada vez más los derechos se quedan en mero papel. La realidad está llamando a la puerta de la clase política europea, hace falta saber si alguien va a dejarla entrar y si se le da a la llave otra vuelta.

El Periódico, 19/11/05