T. Garton Ash: Erosión de las libertades

T. Garton Ash: Erosión de las libertades
En las democracias liberales, en general, aceptamos menos seguridad a cambio de más libertad.

Erosión de las libertades. Cuatro palabras que resumen cuatro años. Desde el 11 de septiembre de 2001 hemos visto una erosión de las libertades en la mayoría de las democracias establecidas. Si Osama Bin Laden está todavía vivo, debe de estar carcajeándose. Porque esto es exactamente lo que quieren terroristas como los de Al Qaeda: que las democracias reaccionen de forma exagerada y revelen su verdadero rostro opresivo para, de esa forma, ganar más voluntarios para la causa del terrorismo suicida. No debemos entrar en su juego. En el siempre difícil equilibrio entre libertad y seguridad, estamos inclinándonos demasiado por la seguridad. Peor aún: el resultado es que estamos cada vez menos a salvo.

Qué distinto parecía todo hace unos años, al comenzar el siglo. Un escritor estadounidense resumió el resultado de las titánicas luchas ideológicas del siglo XX con estas palabras: "Venció la libertad". Un triunfalismo simplista y prematuro, quizá, pero es cierto que las tres últimas décadas del siglo pasado presenciaron una extraordinaria expansión de las libertades: desde Grecia, Portugal y España, que se deshicieron de sus juntas y sus dictadores, hasta la conversión de Latinoamérica a la democracia, pasando por las revoluciones de terciopelo en Filipinas, Europa central y Suráfrica, y culminando en el derrocamiento de Slobodan Milosevic. Para los amantes de la libertad, la historia parecía ir por nuevos derroteros. En Gran Bretaña, la llegada de Tony Blair trajo promesas de reforma constitucional y más libertad de información, así como la inclusión de las garantías europeas en materia de derechos en las leyes nacionales a través de la Ley de Derechos Humanos. Parecía que íbamos a ser más libres.

Lo que Bush llama machacar

Entonces se produjo la caída de las Torres Gemelas en Nueva York; el verdadero comienzo del siglo XXI. Desde ese momento hemos ido siempre de lado o hacia atrás en nuestro esfuerzo por reaccionar ante una amenaza real. Empezamos con mal pie desde el primer día. Como cuenta el antiguo responsable de la lucha antiterrorista en Estados Unidos, Richard Clarke, cuando, en la noche del 11 de septiembre de 2001 le recordaron a George W. Bush las restricciones del derecho internacional, el presidente estadounidense gritó: "No me importa lo que digan los abogados internacionales, vamos a machacarlos".

Machacarlos, al final, no sólo significó la invasión de Irak, sino también Abu Ghraib, Guantánamo y, según se está sabiendo ahora, seguramente otras prisiones secretas en las que hubo personas encerradas y torturadas en un limbo sin ley. Al parecer, el vicepresidente Cheney está haciendo todo lo posible para eximir a la CIA de una ley, propuesta por el republicano conservador y ex prisionero de guerra John McCain, que prohibiría a todas las tropas y todas las agencias estadounidenses emplear la tortura. Dentro de sus fronteras, la Ley Patriótica permite unas invasiones habituales de la intimidad y unas restricciones de las libertades civiles que nunca se habrían aprobado antes del 11 de septiembre. Las palabras que componen la letra de America, the beautiful, "confirma tu alma dominándote / tu libertad en la ley", parecen haber quedado olvidadas en la "guerra global contra el terrorismo", lo que Bush llama machacar.

Por desgracia, Gran Bretaña, que era un modelo de libertad desde antes de que se inventara Estados Unidos -si cabe alguna duda, lean las cartas de Voltaire sobre la época que vivió en Inglaterra, publicadas en 1734-, ha seguido sus pasos. Tras la invasión de Afganistán, totalmente justificada, la Gran Bretaña de Tony Blair dio una pátina de legitimidad internacional a la injustificada invasión de Irak. Allí, parece que incluso las propias tropas británicas se han visto reducidas, en circunstancias de extrema coerción, a ciertas prácticas de las que no podemos enorgullecernos. En nuestro país hemos visto sucesivos endurecimientos de la legislación antiterrorista, o, para decirlo de otra forma, sucesivas erosiones de la Ley de Derechos Humanos y otras libertades individuales más antiguas, garantizadas por el derecho consuetudinario, como el habeas corpus. Todo ello ha culminado en la reciente propuesta de retener a los sospechosos de terrorismo durante 90 días sin cargos. Tanto la legislación para prohibir la "glorificación" del terrorismo como el torpe intento de proteger a los musulmanes mediante la penalización de la "incitación al odio religioso", un concepto mal definido, son una amenaza para la libertad de expresión. De pronto, los británicos nos vemos en la surrealista posición de tener que depender de unos lores no elegidos y de los conservadores para la defensa de nuestras libertades.

Mientras tanto, al otro lado del canal, Francia acaba de extender la vigencia del "estado de emergencia" de 12 días a tres meses. La causa directa es distinta, pero el resultado también es una erosión de las libertades. El ministro del Interior, Nicolas Sarkozy, amenaza con enviar a los jóvenes amotinados a "su país de origen", aunque nunca hayan vivido en él, puedan no tener allí a nadie que cuide de ellos y, tal vez, ni siquiera hablen la lengua. A los presos franceses que estaban en Guantánamo los repatriaron, sólo para volver a encerrarlos en Francia. La prohibición, por parte de la República Francesa, del pañuelo islámico en las escuelas es otra infracción, relativamente leve pero importante -y, en mi opinión, totalmente contraproducente-, de una libertad individual.

Las tres tierras clásicas

Es decir, en las tres tierras clásicas de la libertad occidental, Estados Unidos, Francia e Inglaterra, hemos sido testigos de la erosión de las libertades. Por supuesto, no hay que pecar de ingenuos. Como vimos el 7 de julio en Londres, y antes en Madrid, Bali y Nueva York, estamos ante amenazas de un tipo nuevo y terrible. Ya nos recordaba siempre el gran filósofo Isaiah Berlin que no podemos tener todo lo bueno al mismo tiempo. Tenemos que sacrificar alguna cosa entre los bienes públicos que deseamos, y el sacrificio necesario entre libertad y seguridad es uno de los más fundamentales en política. Los totalitarismos del siglo XX nos prometían más seguridad a cambio de menos libertad. En las democracias liberales, en general, aceptamos menos seguridad a cambio de más libertad.

Frente a los terroristas suicidas de la yihad, debemos revisar ese equilibrio de contrapartidas y tal vez hacer algunos ajustes. Con todo lo irritantes que resultan, supongo que los estrictos controles de seguridad en aeropuertos, estaciones ferroviarias y edificios públicos son necesarios. A diferencia de muchos liberales británicos, también creo que Gran Bretaña debería implantar las tarjetas de identidad, siempre que (y eso está por ver) funcionen como es debido y existan los controles debidos sobre la información contenida en ellas. Cuando leo que los servicios de seguridad británicos, MI-5, están reclutando a 800 espías más para combatir la amenaza del terrorismo islámico, me inquieta, pero puedo ver la justificación. Ahora bien, en cualquier caso, necesitamos que nos convenzan de que la disminución de las libertades va a producir un incremento proporcional de la seguridad.

Lo imperdonable es la medida que nos quita libertad y seguridad a la vez. En los últimos tiempos hemos tenido demasiadas medidas de esas: acciones dirigidas a prevenir la existencia de terroristas suicidas, que terminan engendrando más. El otro día, dentro del ciclo de conferencias Isaiah Berlin en Oxford, el filósofo estadounidense Allen Wood destacaba que "la condena a muerte no sirve de nada contra los terroristas suicidas". No era una mera broma filosófica algo macabra, sino que expresaba una verdad más profunda. Como acaba de recordarnos el jefe de la policía metropolitana de Londres, sir Ian Blair, el mayor reto que afronta después del 11-S, no sólo la labor policial, sino la política occidental en su conjunto, es el de ayudar a crear unas condiciones en las que, para empezar, nadie se haga terrorista suicida.

Quizá podamos aprender una lección del siglo pasado. El resumen que hacía el escritor estadounidense -"venció la libertad"- no andaba muy equivocado. No fueron los asesinatos encubiertos ni los chanchullos de la CIA los que ganaron la guerra fría. Fue el ejemplo magnético de las sociedades libres, prósperas y respetuosas de la ley. Ese ejemplo valió tanto como mil bombas nucleares o bombarderos fantasma. Ninguna arma conocida por el hombre es más poderosa que la libertad dentro de la ley.

www.freeworldweb.net  Traducción de M. L. Rodríguez Tapia

El País, 20/11/05