Sara Vassallo: La violencia opaca. A propósito de los recientes disturbios en Francia

Sara Vassallo: La violencia opaca. A propósito de los recientes disturbios en Francia
La autora examina las recientes revueltas en Francia con una exhaustividad que incluye datos poco difundidos –como el de que muchos revoltosos eran descendientes de ex colonizadores franceses en Africa–: al final de este camino, vislumbra un factor opaco, “que escapa a las explicaciones causales”.

¿Quiénes son los protagonistas de las revueltas de las periferias parisinas? Es cierto que el primero en darles una identidad fue el ministro del Interior, Nicolas Sarkozy, quien, de paso por uno de los barrios calientes, los increpó desde la calle: “Salgan no más, racaille, van a ver que la gente no les tiene miedo”. Fue la palabra fatal que desencadenó lo que el periodismo llamó luego motines o, según otra versión, una “intifada francesa”. Es cierto que, descompuesta en sílabas, la palabra racaille [a]ra-caill[asser]: árabe-tira-piedras, despierta una historia dolorosa, así como el estado de excepción decretado por el primer ministro (y cuya prolongación por tres meses fue refrendada por mayoría parlamentaria) despierta en la memoria de muchos el decreto de 1955 en pleno conflicto franco-argelino. Racaille: un solo término que asocia la apariencia física (¿la policía no los detiene acaso de acuerdo con su facies?) con la humillación, asociación que, desde el masivo aflujo de los años 60 hacia lo que entonces se llamaba la metrópolis, no ha dejado de provocar un rencor inextinguible.

Sí, sería importante saber quiénes son los que, así imprecados, se dedicaron con denuedo a tirar bombas lacrimógenas a los viajeros del RER (el subte que irriga toda la periferia parisina), a incendiar las escuelas de sus propios hijos o hermanos, a enfrentar a la policía con armas, a quemar los coches de sus propias familias y a desatar incendios en cadena que destruyen supermercados, depósitos y centenas de autobuses. ¡Con tal de que no lleguen a París...! (la ciudad esplendente, intocable, la ciudad de todas las ilusiones), piensan los que vivimos en la Ciudad Luz. Pero volvamos a la periferia. Es cierto que hacía mucho que tomaban los autobuses sin pagar el billete, amenazando al chofer si no los dejaba subir. Era una costumbre cotidiana, así como lo era, desde hace mucho tiempo, despreciar la enseñanza que les imparte la educación francesa, taparles la boca a los profesores que les proponen visitar el Louvre o leer a Racine o Camus, “invadir” la ciudad esplendente los fines de semana, acosando sobre todo a las chicas solas. Sí, es cierto que las marcas los fascinan; el par de Adidas, el tee-shirt y otros gadgets que llevan encima suman más euros que los que la gente que vive de un sueldo gasta para vestirse. Que codician el consumo europeo sin importarles otra cosa que lo material –dice la gente espiritual– que les ofrece el capitalismo. Que muchos de ellos, sobre todo los hijos y nietos de los ex colonos franceses, han olvidado el sufrimiento silencioso de los abuelos y padres que, atenazados entre los ex colonizadores y el extremismo independentista, tuvieron que refugiarse en Francia (o la valija o el ataúd, les habían dicho) y hacerse invisibles.

Sí, es cierto que muchos de ellos quieren hacerse visibles y cuando la madre o el padre (si es que están presentes) los llaman al orden, les responden con golpes. Es cierto también que algunos dijeron a los periodistas o jueces que saquearon y quemaron para competir con las barras de la periferia vecina o para salir en la televisión. Sí, viven en tierras de nadie donde la clase política, ya sea de izquierda, centro o derecha, no desarrolló planes sociales o escolares y menos aún creó fuentes de trabajo o, si lo hizo, duró una primavera. ¡Y qué patente se volvió el desprecio de la clase política cuando, simultáneamente con los motines que proyectaban sobre ella una luz implacable, los jerarcas del Partido Socialista Francés se perdían en conflictos internos preparando un congreso en Le Mans! Ah, tampoco hay que olvidar, como lo dicen todos sin distinción de culto ni de origen, a la gente que vive en esas extensas periferias, víctimas inocentes del desorden.

¿Pero quiénes son esos “jóvenes”, en su mayoría adolescentes, que “se amotinan”? ¿Desesperados, como lo afirma la multitud de trabajadores sociales, profesores, educadores, sindicatos de barrio y asociaciones de toda clase, desposeídos del presupuesto necesario para tratar los problemas concretos a nivel asociativo? Si queman las escuelas y los clubes de sus propios barrios, dicen, es para destruir instituciones que nunca los integraron realmente. ¿Marginados, herederos de una historia colonial que hizo que “su color –como decía la canción– fuera su dolor”? ¿Víctimas de un racismo disimulado, ejercido a través de la policía y de las agencias de empleo que los discriminan, racismo ocultado del discurso de una clase política, de cualquier tendencia, que se conforma con poner a un árabe de servicio en una subsecretaría en el momento de las elecciones para demostrar su apertura de espíritu? ¿O son, según lo afirma otra versión, delincuentes y traficantes de droga, que manejan cada predio y cada barrio con leyes similares a las de cualquier mafia local, como muchos lo piensan complacidos sin haberlo padecido nunca y como algunos otros lo saben por experiencia? ¿O “indígenas de la república”, “bárbaros que rechazan la asimilación”, como lo declara Radio Courtoisie, que utiliza el concepto de “guerra étnica” proponiendo reemplazar la palabra “inmigración” por “invasión”? Sí, la identidad podría ayudar a resolver el problema. Si se trata de una “insurrección antifrancesa”, como dice Philippe de Villiers, se hace imperioso detener el flujo migratorio, tal como lo propone el susodicho de Villiers, y mandar el ejército a la periferia.

La respuesta a estas preguntas no es unívoca. Sí, son herederos de la des/colonización, objeto de un racismo disimulado y una incuria política sistemática desde hace más de 50 años. Sí, muchos de ellos odian a Francia y son franceses nacidos en Francia. Reaccionan a la imagen que les devuelven los medios, que transforma las periferias en zoológicos dignos de curiosidad en los momentos puntuales de las campañas electorales. Sí, odian al que los desprecia. ¿Pero cómo se responde al odio? ¿Odiando y marginando o intentando, más allá de la reacción de rechazo, asentar estructuras que terminen con la discriminación? (Alo cual se aboca el gobierno penosa y tardíamente, con medidas de remiendo.) Y por otro lado, ¿cómo salir de la contradicción inherente al discurso colonialista. humanista que soñaba con reunir a sus súbditos bajo la férula de una república para todos que unificara todas las diferencias? ¿Es posible recubrir todas las diferencias? Ese discurso se resquebraja ahora. Lo que queda en descubierto es el desprecio humanista (y el odio del despreciado).

El “todos ustedes son hijos de la república” de Chirac suena a hueco. Sí, la fractura actual estaba ya inscripta en el discurso del buen colonizador. Por otro lado hay violencia y es preciso reprimir. Es evidente que no faltan entre los amotinados los que trafican droga y con ello mantienen (pero eso no es de ahora) a familias enteras, mucho mejor que si vivieran del sueldo que no tienen. Sí, viven en predios cerrados desvinculados de la capital (a diferencia de Marsella, donde los franceses de origen africano y magrebí, asentados en medio de la capital, tienen acceso fácil al trabajo y a la cultura). Todo lo cual le ofrece en bandeja una oportunidad imperdible a la extrema derecha (¿se sabe que la cotización al Frente Nacional de Le Pen bajó a 15 euros y que el partido está aumentando sus filas de adherentes a una velocidad nunca alcanzada?). Sí, la derecha encuentra, una vez más, a su más íntimo enemigo, a su chivo emisario. Sí, ni el gaullismo, ni catorce años de mitterandismo ni los años ulteriores de chiraquismo más o menos centrista ayudaron a resolver la fractura, ni a hablar claro, ni a recurrir a otra medida que no sea una asistencia estatal sistemática que callaba la segregación real, entrando así en una sorda complicidad con la derecha.

Inquietante extrañeza

Es cierto entonces que, ante la pregunta de quiénes son y por qué hacen lo que hacen, se pueden aducir causas de tipo social e histórico. Cada tendencia política aporta su argumento y justificación. Periodistas y sociólogos se suman a la tarea. Pero ¿si los “jóvenes” en cuestión estuvieran encarnando algo que está más allá de esas razones válidas, que ni ellos ni los que se les oponen, etiquetándolos en diversas formas, saben lo que es? ¿Y si hubiera un más allá respecto de los vínculos causa-efecto con los cuales el republicano o el demócrata se proponen remediar la fractura interna? Un más allá en el sentido de una alteridad que no se reduce a la alteridad del extranjero, del otro inculto, árabe, no integrado, traficante, vándalo o víctima.

¿No se vive acaso una crisis (alimentada por las dificultades de identificación y la plaga del desempleo), que los franceses atribuyen al amotinado pero que es también la suya? ¿Y si la colisión entre una cultura desorientada y una explosión de “jóvenes”, cuya identificación cultural es indefinible, no tuviera una explicación estrictamente causal? ¿Si, en vez de alinear uno tras otro los argumentos de la izquierda o de la derecha, pensáramos en un vaciamiento, que los “amotinados” adivinan y aprovechan (sin saberlo, quizá) para esgrimir, en el lugar de una ley tolerante, una ley terrible y sin apelación? En el choque entre una cultura que no puede defender su tradición sino a través de palabras vaciadas de su sentido, y otra que la asalta por estar más allá de los umbrales conocidos, hay quizá un agujero. Nadie sabe, en Europa, cuál es la amenaza que acecha. La inquietante extrañeza amenaza, aunque no se sepa desde dónde. El Otro irrumpe en la explicación causalista y barre con ella.

Es cierto que muchos de esos “jóvenes” rechazan la cultura occidental. No la rechazan para reemplazarla por otra, la propia, por ejemplo, o para reivindicar una identidad perdida en el proceso de descolonización. El período transcurrido entre el inicio independentista en 1960 y el año 2005 bastó para provocar el olvido de lo que provocó ese inicio. Los “jóvenes” en cuestión no son inmigrantes (como lo hace resaltar erróneamente Sarkozy al proponer “expulsar” a los responsables de las violencias: ¿adónde va a expulsarlos si su país de origen es Francia?). No, son hijos y nietos de inmigrantes descolgados de su historia, habitantes de una tierra de nadie donde la identificación resurge en un rencor sin palabras ni argumentos o, de lo contrario, en la adopción de la “marca” prestigiosa. ¿Es puramente social el contenido del amotinamiento? En el rencor inextinguible hay un factor que escapa a las explicaciones causales.

La proverbial ironía francesa para con la ley, fuente inapreciable de tolerancia, pierde sus armas frente a un contrincante que exige una ley cruel: o ustedes o nosotros. ¿Tiene un contenido esa crueldad, que hace todavía más profundo el agujero que da paso a un Otro que todos ignoramos? Hegel sostenía que el Islam, tanto como el budismo, no efectivizan, completándolo (como lo hizo el cristianismo), el triple movimiento dialéctico que hace falta para que el Espíritu vuelva sobre sí y se conozca a sí mismo. La dialéctica hegeliana tenía también, se dirá, su dimensión no-universal. Pero descubría, a no dudarlo, la pérdida inevitable del sentido de una figura a otra de la historia. Las revueltas periféricas nada tienen que ver con el islamismo ni con el budismo, se objetará, lo cual es absolutamente cierto (aunque puedan presumirse posibles manipulaciones, pero eso importa menos). Una “marca” esencialmente dualista, encarnada en el desprecio de la tolerancia democrática, actúa tal vez en la transición a una etapa desconocida, una marca que va más allá de toda identificación racial o cultural y que, en las tierras de nadie de la periferia parisina, encuentra un lugar para estallar. La ironía francesa para con la ley desaparecería así, devorada por un Otro desconocido. Entre la ceguera francesa que se aferra a una identidad cada vez más imaginaria, y la violencia opaca, la historia va cambiando por caminos difíciles de definir.

* Psicoanalista. Reside en París. Es profesora en el Colegio Internacional de Filosofía.

Página 12, 23/11/05