Juan Goytisolo: París después de la batalla

Juan Goytisolo: París después de la batalla

1. En apenas un mes de intervalo nos hemos enfrentado a dos acontecimientos, no por previsibles menos insólitos, a causa de la llamativa contradicción existente entre ambos: el de la avalancha humana provocada por la miseria de África subsahariana, en su busca desesperada del sueño europeo, y el de la rebelión, sin jefes ni ideólogos, de los hijos y nietos de los inmigrantes instalados en él desde hace dos o tres décadas. Unos arriesgan la vida para acceder al paraíso vedado y otros, supuestamente privilegiados, se rebelan contra un orden que les ningunea y excluye.

¿Cómo explicar esta paradoja sin recurrir a los clisés de quienes fomentan la demagogia del choque de civilizaciones a fin de captar el miedo del electorado con miras a alcanzar el poder en nuestras democracias enfermas?

2. La política de tolerancia cero de Sarkozy y la imposición del toque de queda a una población mayoritariamente magrebí y subsahariana no son algo nuevo. La prohibición de circular a partir de las diez de la noche se impuso en París desde el comienzo de la rebelión independentista en Argelia y no cesó sino hasta la firma de los Acuerdos de Evian en 1962. Asomarse a la calle después de anochecer era un juego arriesgado para quienes incurrían en el delito de sale gueule. Un amigo zamorano miembro del comité central del PCE clandestino, cuyo rostro podía confundirse fácilmente con el de un meteco, dio repetidas veces con sus huesos en el coche celular y en la comisaría del barrio, sin que le valieran para nada sus documentos de refugiado político español. (Verdad es que España no era aún europea y frente a los "residentes privilegiados" de las ex colonias francesas, los españoles disponíamos tan sólo de una tarjeta de residencia de lo más "ordinario").

Recuerdo muy bien lo acaecido el 17 de octubre de 1961 cuando, primero en la plaza de la Ópera y luego en la de L'Etoile, asistí con un puñado de amigos de France Observateur y de Les Temps Modernes al reto mudo de millares de argelinos que mientras ascendían en grupos compactos por las bocas del metro eran apriscados a culatazos en el interior de los furgones y que, al resultar éstos insuficientes, permanecían con los brazos alzados detrás de la nuca en las vastas aceras de esta Estrella que se coloreaba bruscamente de amarillo, como la impuesta por el régimen de Vichy a los judíos, y revivía el bochorno de un deshonor repetido en menos de un cuarto de siglo de distancia.

La realidad de cuanto sucedió después no se conoció, en pequeñas dosis, sino mucho más tarde: docenas de cadáveres maniatados aparecieron flotando en la mansa corriente del río cantado por los poetas, bajo esos mismos puentes evocados por los chansonniers al son melancólico de acordeones y de guitarras. El prefecto de policía que ordenó y encubrió la matanza fue el mismo que, durante la Ocupación, autorizó el envío de trenes sellados con mujeres y hombres, niños y ancianos judíos, a los campos de exterminio nazis. Como el Bolero de Ravel, la historia reitera sus crueldades e infamias con oportunas variaciones sinfónicas que le confieren un aire engañoso de novedad.

3. Tras la independencia de los países del Magreb y de las colonias africanas, Francia vivió una década gloriosa interrumpida, es verdad, por los inesperados acontecimientos de mayo de 1968. Por espacio de dos semanas la fértil inventiva de los estudiantes e intelectuales que les sostenían cubrió las paredes de la capital de inscripciones burlonas y cínicas, cómicas, insolentes, provocativas y alegres, con lemas y consignas que introducían un elemento lúdico en el torpor de la beatitud burguesa, hasta que las aguas volvieron a su cauce y todo quedó en una nebulosa utopía, un festivo paréntesis en el hastío de la vida ordinaria. Ni la clase obrera ni, con mayor razón, los inmigrantes apoyaron la revuelta ni participaron en ella. Los magrebíes que entonces frecuentaba no entendían lo ocurrido, contemplaban con recelo a los manifestantes y temían ante todo por la seguridad de sus puestos de trabajo. De Gaulle era muy popular entre ellos y el fervor ácrata de los universitarios les llenaba de estupor e incluso de indignación.

La misma desconfianza y pánico atenazaban a nuestros compatriotas. Recuerdo la reacción inesperada de la asistenta ante los gritos de los manifestantes que desfilaban junto a casa mientras proferían gritos contra el General: "¡No sería nuestro Franco quien se dejaría insultar así!". Por esas fechas presencié igualmente con desaliento la cola bulliciosa formada en la acera de una sucursal bancaria española de la avenida de la Ópera: había corrido la voz de que el franco francés se hundía y los inmigrantes se precipitaban a retirar de allí sus ahorros.

No obstante, la euforia económica no se interrumpió. Vivir y trabajar en Francia era un privilegio del que todos los inmigrantes se sentían orgullosos. La economía necesitaba la fuerza de sus brazos y fábricas, constructoras y empresas los contrataban in situ: llegaban a la antigua metrópoli con la documentación en regla.

Cuando el paréntesis de mayo concluyó -el primer fin de semana con las gasolineras abiertas- la inmensa mayoría de los franceses respiraron. Curiosamente, el número de muertos en accidentes de tráfico fue 30 veces superior al causado por la violencia estudiantil y de las fuerzas antidisturbios.

4. La bonanza económica se prolongó durante el mandato presidencial de Georges Pompidou. Se aceleró así la construcción de ciudades dormitorio en Aulnay-sous-Bois, La Courneuve, Levallois y otros municipios de la banlieu y los inmigrantes magrebíes y subsaharianos se acomodaban en ellas con el orgullo condigno a una promoción social respecto a sus hogares colectivos de antaño. Nadie hablaba en aquellos tiempos de identidades ni de religión. El problema mayor era el de la reunificación familiar indispensable para la obtención de un apartamento.

Había con todo una diferencia entre quienes se instalaban temporalmente en el lugar con miras a ahorrar lo suficiente para regresar a sus países de origen -actitud mayoritaria entre los españoles y un sector de los portugueses y marroquíes- y los que lo hacían de forma definitiva, con familia o sin ella, como los argelinos. La desconfianza de los últimos tocante a la estabilidad política y monetaria de su país les aconsejaba quedarse en la ex metrópoli e integrarse en ella. La guerra árabe-israelí de 1973 y el consiguiente embargo petrolero que sacudió duramente la economía de los países europeos abrió un nuevo periodo de incertidumbre y tensiones. El desarrollo económico frenó, muchas empresas redujeron su plantilla, los inmigrantes dejaron de ser recibidos con los brazos abiertos. Aunque lo que pronto se llamaría "flexibilidad laboral" se produjo de forma paulatina y no se manifestó con todas sus consecuencias hasta el final de la década, la percepción recíproca de Francia por los inmigrantes magrebíes y subsaharianos y de éstos por una buena parte de la población autóctona, se modificó. El discurso de Le Pen y la prédica islamista de quienes

formarían más tarde el FIS argelino comenzaron a poner en tela de juicio el modelo de ciudadanía republicano. Los años ochenta reflejan las crecientes contradicciones del sistema: emergencia de una generación de franceses oriundos del Magreb y las antiguas colonias africanas, aumento del paro y de la inmigración ilegal, xenofobia, racismo. El sueño europeo empieza a desvanecerse entre quienes viven en él. La calidad de vida y de enseñanza en las ciudades dormitorio se degradan. Mientras las dudas acerca del futuro se extienden entre los hijos de los inmigrantes, convertidos en la práctica en ciudadanos de segunda, el foso abierto entre ellos y el mundo político no cesa de ensancharse. La República no se muestra capaz de insertarlos en el campo político y el mediático y su marginación crece. Aunque numerosos sociólogos analizan el problema y apuntan a sus previsibles consecuencias, ni Mitterrand ni Chirac se resuelven a afrontarlo y se limitan a evocarlo de pasada en sus programas de gobierno. Pocos, muy pocos magrebíes y subsaharianos figuran en sus listas electorales: el número de quienes acuden a las urnas es aún escaso y son por tanto materia desechable.

5. Por espacio de 40 años -interrumpidos, es verdad, por mis cursos en Estados Unidos y estancias en el Magreb-, viví en el barrio parisiense de Sentier, a caballo entre los Distritos Segundo y Décimo: un espacio urbano multiétnico, con talleres de confección propiedad de judíos y armenios y con una inmigración procedente de distintas partes del mundo. A los magrebíes instalados en él antes de mi llegada se unieron primero españoles y portugueses y luego yugoslavos, turcos, kurdos, hindúes, paquistaníes, bangladesíes, tamiles, cingaleses. Los enfrentamientos nacionales, étnicos y políticos existentes en sus países de origen -árabes contra judíos, turcos frente a kurdos y armenios, hindúes frente a paquistaníes, etcétera- no se reprodujeron nunca en el barrio, ni siquiera en los momentos de gran tensión como las guerras árabe-israelíes de 1967 y 1973, el conflicto de Cachemira o las matanzas de Sri Lanka. La vida prosiguió con normalidad. El tejido urbano favorecía, favorece aún, su identidad peculiar, el contacto entre sus componentes, el valor energético de la ósmosis.

A cuatro estaciones de metro de allí, el distrito predominantemente árabe de Barbès, que yo conocía de cabo a rabo -y en cuyos cafetines descubrí a quien luego sería la madre del rai, la célebre chija Rimiti-, la convivencia entre magrebíes y franceses no planteaba otros problemas que los derivados de la vetustez y hacinamiento de una buena parte de sus edificios.

El plan de "saneamiento" del entonces alcalde Chirac se tradujo en el desalojo de numerosas familias argelinas, trasladadas a las torres de cemento de los suburbios del departamento de Seine Saint-Denis. El barrio se "adecentó" y afrancesó, pero los dispersados del centro abigarrado y vivo en el que se entremezclaban con el resto de la población, se concentraron en unos guetos de cemento sin las escuelas mixtas, cines, mercadillos, cafés ni bazares que vertebraban su identidad heterogénea y mutante. La supuesta promoción a hogares nuevos disfrazaba el destierro de numerosos adolescentes a unos suburbios inhospitalarios, lejos del centro urbano, en el que habían crecido con sus padres y del que de un modo u otro se sentían parte integrante. La diversidad al amparo de la ley republicana se transformó así en un sentimiento de desarraigo y despecho: una deportación que hacía nacer en ellos un difuso afán de venganza.

6. El proyecto integrador de las redes asociativas, pequeñas revistas beurs o emisoras de radio como la de Belleville que animé en alguna ocasión, tropezó no sólo con el desastroso modelo de urbanismo que conducía inevitablemente al gueto étnico, sino también con el rechazo de muchos "franceses de cepa" que, como nuestros cristianos viejos, discriminaba a esos "franceses nuevos" y los empujaba a los márgenes de la sociedad sin que los poderes públicos ni la administración local hicieran cosa para remediarlo.

En una época como la de las dos últimas décadas, en la que las ofertas de trabajo estable y cualificado escasean, llamarse Ahmed, Mohamed o Fátima constituye un obstáculo difícil de sortear. No hablo de oídas: conozco casos de marroquíes a quienes les fue denegado el alquiler de un piso concertado por teléfono por su esposa o compañera "francesas de cepa" cuando se presentaron con éstas en el despacho de la promotora inmobiliaria. Conscientes de ello, centenares de magrebíes de los dos sexos han cambiado de nombre de pila, europeizándolo. El Journal Officiel -equivalente de nuestro Boletín Oficial del Estado-, reproduce puntualmente la lista de quienes aceptan mudar de identidad para evitar la segregación laboral y la existente en la concesión de viviendas. Recuerdo la carta de una muchacha publicada en Le Nouvel Observateur que, tras haber enviado su currículo profesional con las condiciones requeridas por el contratista, recibió como una bofetada el comentario de éste: "¿Con qué derecho se llama usted Catherine con una cara como la suya?".

El modelo de integración republicano víctima del urbanismo de las siniestras torres de hormigón y de la segregación etnicista de las castas, se resquebrajó gravemente en la pasada década. La ola de violencia de otoño de 2005 venía cantada.

7. En mi última visita a Aulnay-sous-Bois hace nueve o diez años, verifiqué la magnitud del desastre: los amigos que se habían insertado en el barrio gracias a la política de agrupación familiar, vivían, jubilados, con sus hijos y nietos nacidos en Francia, en un entorno desalmado y hostil. Los jóvenes habían abandonado los estudios en sus escuelas conflictivas, engrosaban la lista creciente de los parados y deambulaban en pandillas por entre las torres de hormigón y antenas parabólicas sin ningún incentivo ni esperanza de un futuro mejor. Sus ídolos eran Zidane y sus compatriotas raperos. El proselitismo islamista calaba tan sólo en una pequeña minoría. El célebre racaille de Sarkozy expresaba cabalmente su desafiante identidad: se sentían chusma, escoria, materia fecal, tal como escribí sobre ellos con antelación a las canciones provocativas y violentas de grupos musicales como Zebda o Sniper, oportunamente citados por el corresponsal de La Vanguardia el pasado día 12. La resurrección de las leyes de 1955 les confortó aún en su sentimiento de que la República era una nueva máscara de la antigua discriminación colonial.

Al asumirse como chusma, escoria o ángeles exterminadores, esos "franceses nuevos" (y un buen puñado de adolescentes de "pura cepa") necesitaban quemar coches y edificios públicos para hacerse oír. Sus canciones, pintadas, consignas, convergían en un objetivo: sacudir el edificio de la República. Los videojuegos de violencia urbana pasaron, a partir de los incidentes del 27 de octubre, del reino de lo virtual al de una realidad que acapararía la atención, conforme a sus propósitos, del universo mediático mundial.

8. La rebelión violenta de las banlieues pone en tela de juicio el urbanismo creador de guetos étnicos, la política agresiva de tolerancia cero del actual Gobierno y la seudointegración de unos jóvenes nacidos en Francia que, hace ya unos pocos años, durante el partido de fútbol entre ésta y Argelia, acogieron con pitadas y silbidos los compases de la Marsellesa en las narices del propio Chirac.

Vuelvo al comienzo de esta reflexión. ¿Saben los que intentan huir de la miseria a través del perímetro disuasorio de Ceuta y Melilla cuanto acaece en el interior del paraíso europeo con los hijos y nietos de quienes accedieron a él? ¿Cómo resolver las contradicciones del capitalismo global que agrava por un lado, con sus leyes inicuas e indecentes presupuestos militares, la penuria extrema del continente africano y que predica por otro la libre circulación de capitales y bienes mientras erige en sus fronteras muros tan eficaces como el antiguo Telón de Acero? En nuestra confortable sociedad del espectáculo podemos zapear de las alambradas cubiertas de prendas ensangrentadas al divertimento de millares de coches en llamas en los suburbios de las ciudades francesas sin que nadie en el mundo político acierte a dar un diagnóstico justo del mal que corroe a la totalidad de nuestro planeta.

El País, 25/11/05