Manuel Gil Antón: ¿Que hacer con los rankings?

Manuel Gil Antón: ¿Que hacer con los rankings?

Están con nosotros. Influyen y generan las más diversas reacciones: pasamos, en sólo un año, del lugar ciento y pico al veinte… de seguir así las cosas, el próximo periodo nos colamos a la Liguilla. Los rankings son tablas de posiciones - ya sea de universidades, departamentos o escuelas, y hasta programas - que a nivel nacional o internacional ponen en prelación descendente a cada una de esas entidades. Estar bien colocado en ellos supone prestigio, fama, recursos, atracción de clientes y profesores destacados, razones para solicitar más dinero público o para subir las cuotas si se trata de una entidad privada.

Philip Altbach, estudioso de los sistemas educativos superiores a nivel mundial, ha publicado en la más reciente entrega de Campus/Milenio (24/11/05) una reflexión interesante sobre este fenómeno. Las preguntas y dudas del experto pueden ser de utilidad en nuestra tierra, ahora que la emisión de estos listados es noticia importante. Anoto algunas, aunque recomiendo la lectura completa de su ensayo.

Cuestiona Altbach: ¿cómo es posible medir adecuadamente el sistema académico de una nación, o en todo caso, la calidad de una sola institución? ¿O la (calidad) de instituciones académicas en todo el mundo? Afirma que algunos de los rankings se parecen a "concursos de popularidad", pues descansan, para elaborarse, en preguntar a grupos en la comunidad académica, sobre todo a administradores, sus opiniones sobre distintas instituciones. Otros, más sofisticados, toman en cuenta diversos factores: fondos externos, número de artículos y libros publicados por los profesores de equis institución, acervo bibliotecario, porcentaje de profesores con posgrado y la calidad de sus estudiantes (vista a través de los resultados en los exámenes de admisión). Señala el experto que estas variables tienen límites y variaciones por campo de actividad: no es lo mismo si determinada escuela se especializa en biomedicina que en filosofía o ciencias sociales: ¿son comparables los fondos externos posibles para desarrollar una vacuna que para estudiar a Aristóteles?

Hay un aspecto de su ensayo que me parece central: "Los rankings generalmente no incluyen la calidad de la enseñanza". Porque es difícil hacerlo, claro, y dado que es más fácil suponer que si los académicos son "buenos" - con hartos grados, premios y fondos para investigar - serán excelentes profesores: no es, necesaria - ni frecuentemente - así.

Debido a que contamos con sistemas nacionales muy diferenciados en cuanto a los objetivos de las instituciones (algunas dedicadas sólo a la investigación, otras a la docencia de manera preferente, etc.) los rankings operan sin advertir esas variaciones e imponen, a todas, los estándares de las universidades de investigación más prestigiadas: si no cabes en ellos, peor para ti. Lástima.

Afirma el Dr. Altbach: "Enfocarse en la educación de los estudiantes, dar énfasis a programas específicos en limitados campos profesionales, proveer acceso a poblaciones olvidadas y otras metas, no son recompensadas en la mayoría de los esquemas de rankings". ¿Acaso no son estos objetivos tan legítimos, e importantes, como contar entre sus filas a 7 o 14 premios Nóbel? Aporta un dato precioso: si se enfatiza como signo de calidad a la cantidad de premiados con el Nóbel, se olvida que este premio no se otorga en ciencias sociales, salvo economía, ni humanidades… ¿se vale olvidarlas como un compromiso fundamental de la vida universitaria?

No descarta nuestro autor la utilidad de intentarlos, pero de mejor manera, so pena de incurrir en algo ya sabido: privilegiar a los privilegiados. Culmina así su comentario: "En el mundo académico competitivo y orientado por el mercado del siglo XXI, los rankings son inevitables y probablemente necesarios. El reto es asegurar que provean resultados exactos y relevantes y midan las cosas importantes". Tiene razón, a mi juicio.

Añadiría este escribidor otro aspecto: no comparar ni enlistar, de mejor a menor, instituciones incomparables. ¿Es "mejor" la UNAM, por ejemplo, que un Instituto Tecnológico Estatal? Tienen objetivos, estructuras y recursos muy diferentes, y en ambos casos puede haber calidad o fallas. Los dos tipos de instituciones son necesarios si entendemos que el país requiere un sistema de educación superior, no puras UNAMS o Tecnológicos. Si los rankings son un hecho, la diversidad también. ¿Será posible entender esa diversidad como riqueza? Sí, aunque esto afecte la supuesta objetividad de los rankings. Vale la pena intentarlo.

La Crónica de Hoy, 28/11/05