El 'apartheid' francés

El 'apartheid' francés
La rebeldía juvenil en los suburbios es una violencia anónima y apolítica, surgida de barrios segregados socialmente y habitados por mucha población de origen inmigrante
Francia alberga 700 barrios o suburbios 'difíciles', donde se hacinan 4,5 millones de personas con un paro muy superior a la media nacional y dependientes de subsidios públicos. De ahí han salido los actores de las últimas revueltas. El Ministerio del Interior ha anunciado 4.700 detenciones y la justicia ya ha condenado a más de 400 personas.

Sin duda, Zinedine Zidane es un "hijo de la inmigración" bien integrado en Francia. Sería exagerado deducir que este país menosprecia a su padre, Smaïl Zidane, por negarle el derecho de voto: nacido en Argelia, lleva 52 años en Francia sin nacionalizarse. Más significativo es que se alabe el mestizaje en la selección francesa de fútbol, pero no se haya trasladado al Parlamento, los gobiernos ni los equipos directivos de grandes empresas; o que funcione a cuentagotas en las televisiones, pese a que padres o abuelos de un 10% de la población francesa proceden de territorios no europeos.

A diferencia de los africanos que asaltan las verjas de Ceuta y Melilla o vienen en patera a Europa, los jóvenes de los suburbios franceses se encuentran inmersos en el espacio físico de la sociedad de consumo, pero embolsados en barrios con poco acceso a ella, salvo por tráficos ilícitos. La policía no ha encontrado indicios de manipulaciones terroristas o de extremistas políticos en la oleada de violencias iniciada hace un mes, solo "algunas tentativas de aprovecharlo", según un especialista.

"Esto no es una confrontación religiosa ni política", asegura Nicolas Baverez, el ensayista que sorprendió a sus compatriotas hace dos años anunciándoles "el declive" del país, quien interpreta lo sucedido como "un enfrentamiento de razas, de generaciones y de castas". A su juicio, "los suburbios no son una contra-Francia, sino un espejo donde se refleja el resultado de la crisis del modelo de integración y de la profunda crisis nacional en que vive el país".

Las revueltas adoptan formas bárbaras de rebeldía, usadas por pandillas o bandas que imitan la cultura de gheto en Estados Unidos.

"Nada que ver con Mayo del 68", puntualiza Fabien Jobard, sociólogo del Centro Nacional de Investigaciones (CNRS). "La revuelta de aquel tiempo fue protagonizada por estudiantes que tenían tiempo de pensar políticamente. Los jóvenes de los suburbios sólo pueden ocuparse de sobrevivir".

Los disturbios empezaron como otros anteriores. Siempre hay un incidente con participación policial: en este caso ocurrió en Clichy-sous-Bois, al norte de París. Bouna Traore, de 15 años, y Zyed Banna, de 17, murieron electrocutados cuando huían de una patrulla, y un tercero, Muttin Altun, resultó gravemente herido. El chispazo se contagió a la región parisiense y una semana después al resto del país, en el contexto del clima de tensión creado por el ministro del Interior, Nicolas Sarkozy, con sus anuncios de que se disponía a limpiar los suburbios "al Kärcher" (lanzador de agua a presión que ataca las costras de suciedad) para librarles de la racaille (escoria: populacho despreciable, gente poco recomendable).

"La policía francesa no es más brutal que otras: al contrario", explica Jobard, que está especializado en suburbios. "Apenas se producen muertes en estos enfrentamientos, a diferencia de lo que ocurre en Estados Unidos o en Reino Unido. La táctica seguida por Sarkozy pretende mantener a los jóvenes fuera del espacio público, que no salgan del suburbio: cuando les llamó racaille no hizo distinciones, metió a todo el mundo en el mismo saco. El ministro es realmente el que ha logrado la unidad simbólica de todo ese mundo". Aparentemente, las autoridades no esperaban la explosión: para el magistrado Michel Marcus, director del Fórum Europeo por la Seguridad Urbana, "la policía francesa es muy eficaz en tareas de investigación y en el control del orden público, pero la prevención no pertenece a su cultura".

Las bandas arrabaleras se cierran sobre sí mismas y luchan por el control de su territorio. Funcionan en barrios cuya población sufre un apartheid nada sutil, que le hace vivir en una separación geográfica y social muy clara. París, por ejemplo, sólo tiene dos millones de habitantes, pero se encuentran rodeados de cinturones con otros nueve millones de personas. Alojamientos públicos y masificados se alternan con coquetas ciudades residenciales cuyos alcaldes incumplen la ley que obliga a reservar el 20% del total de alojamientos a vivienda social.

El pueblo donde surgió el primer chispazo, Clichy-sous-Bois, fue creado en los años sesenta del siglo pasado como un espacio urbano entre zonas verdes; hoy sólo queda un paisaje desolador de "cajas de cerillas" donde se apiñan 28.000 habitantes. El perfecto gueto de la Europa moderna, porque hasta los transportes a la capital son malos, pese a encontrarse enclavado en medio de una malla de carreteras y vías férreas a una quincena de kilómetros de París. Todo el departamento (provincia) de Seine-Saint-Denis, al que pertenece esa población, está acribillado por la delincuencia: 57 asesinatos en 2004 y 155 casos de secuestro. La fragilidad económica y social es tanta que alrededor de un 50% de los hogares no llegan a los ingresos mínimos para pagar impuestos.

París ha quedado intacta. Pero en algunos cenáculos se admite que los barrios acomodados vivieron la última revuelta con miedo, un sentimiento que recuerda el temor de Caracas a que los habitantes de "los ranchitos" que la rodean tomen un día la capital venezolana. Si ciertos profesionales e intelectuales confiesan haber percibido el miedo a "la banlieu" (la zona suburbial o de extrarradios), los que de verdad viven atemorizados son trabajadores y comerciantes que no han desertado aún esos lugares -como lo han hecho poco a poco las clases medias-. Les han quemado sus coches (9.000 en tres semanas) y han sido atacados escuelas, gimnasios, autobuses...

El apartheid subvencionado de los suburbios tiene su origen en decisiones tomadas en los años sesenta. Los españoles de hoy encontrarán cierto parecido con el dinamismo de la Francia de entonces, donde se construían hasta 600.000 viviendas por año. El sector público compró muchos terrenos en torno a París y se edificaron enormes moles inmobiliarias, donde fue exportada la masa de extranjeros llamada como mano de obra de la construcción y las industrias.

Es cierto que no todos los suburbios se concibieron como ciudades dormitorio; por ejemplo, Val-Fourré, actualmente un barrio muy complicado al oeste de París, fue vendido en los años sesenta como una oportunidad para familias jóvenes. Lo cuenta Aziz Senni, uno de los cinco hijos de un magrebí empleado en la estación ferroviaria próxima a ese lugar: "Los primeros habitantes de Val-Fourré fueron todos franceses de cepa. Cuando mi familia se instaló allí, en 1980, los franceses todavía eran mayoritarios; españoles y portugueses hicieron igualmente su aparición, y, por supuesto, algunos magrebíes". Pero "los franceses de clase media fueron marchándose" y llegaron "cada vez más obreros y cada vez más parados; cada vez más marroquíes, senegaleses; cada vez menos europeos".

Aziz Senni tiene 29 años: no es de la generación jovencísima de la que surgen los destructores, sino de la que ha intentado superar las dificultades impuestas por la sociedad francesa para integrarse correctamente. Ha logrado ser empresario tras pasar por una escuela de negocios donde él era el único magrebí de la clase e igualmente había un solo alumno de raza negra; la proporción se repetía curso tras curso. Senni reflexiona sobre las dificultades de la integración en un libro de título elocuente: El ascensor social se ha estropeado... Yo voy por la escalera.

El país presidido por Jacques Chirac alberga unos 700 barrios o suburbios sensibles, golpeados por un paro que duplica y hasta triplica el 9,8% de media nacional. Francia vive bajo el espectro de un crecimiento económico que no crea empleo, pese a los buenos resultados de las principales empresas. "Hace veinte años que el paro juvenil de Francia se mantiene más o menos en los mismos niveles", confirma Raymond Torres, especialista en estudios laborales de la OCDE.

"Para nosotros no hay futuro"; ésta es la frase más repetida por chicos con los que se puede hablar gracias a asociaciones de mediación y asistencia a los suburbios de Aulnay, Clichy-sous-Bois, Aubervilliers y otros pueblos al norte de París, donde se notan el aislamiento y la pobreza, sin llegar a la miseria. Eric Le Plee, alcalde adjunto de Aubervilliers, acompañaba al periodista el pasado día 15 mientras una treintena de personas se afanaban entre montones de alfombras y tapices calcinados en una nave industrial incendiada: "Es gente que intenta recuperar lo que pueden de entre los restos", explicaba el edil de esta ciudad de 70.000 habitantes, siniestrada industrialmente, con más de un 20% de parados.

Gracias al Estado de bienestar, una red de viviendas de alquiler reducido (conocidas en Francia por las siglas HLM) permite alojar a la población desfavorecida, pero actualmente está desbordada. Las personas sin recursos reciben un ingreso mínimo de reinserción (RMI, siglas en francés), y en los hogares superpoblados de los suburbios es vital el cobro de las ayudas públicas a la promoción de la natalidad -de las que también se benefician las familias con recursos-. Pero la lucha por el escaso empleo disponible hace que, casi indefectiblemente, entre François y Mohamed, el empresario contrate a François. "Nuestro color es nuestro dolor", se queja uno de los jóvenes que intentan integrarse.

En las partes más degradadas de la periferia, un varón se acostumbra a la violencia desde pequeño. Los horizontes de ese trozo de adolescencia son el barrio, las pandillas o las bandas. No sucede lo mismo con las chicas, que participan mucho menos, presionadas por un machismo claramente más acentuado del que dominaba en los suburbios hace 20 años. Entre el 12% y el 13% de los jóvenes salen del sistema educativo sin haber alcanzado cualificación alguna, pese a todo el dinero empleado en la Educación Nacional, que con casi un millón de empleados es una de las empresas más grandes del mundo, después del Ejército Rojo chino. Sin embargo, la enseñanza pública sigue siendo vital para que los suburbios no se vayan definitivamente de la mano.

Annie Marie Toffolo lleva 10 años enseñando lengua extranjera en localidades del norte de la región parisiense. "En 1995 yo perdí un alumno de 15 años al que le disparó otro de la misma edad", cuenta. "El que disparó estuvo dos años en la cárcel. Me acuerdo bien porque estuve ayudando a las familias, pero en Francia no se habló de esto porque coincidió con atentados terroristas" (varias bombas en estaciones ferroviarias de la capital).

Esta profesora conoce bien los suburbios del norte de París: ha trabajado en uno de los más conflictivos, Aulnay, y ahora lo hace en otro de ellos, Aubervilliers. Atribuye las violencias a "adolescentes fascinados por la cultura del gueto estadounidense", que viven "un mundo casi virtual y consideran como un valor las formas de gamberrismo que practican". Desde ese conocimiento del terreno se declara "alucinada" por las comparaciones con la Intifada: "Los medios de comunicación que sostienen eso no se dan cuenta de que se trata de chicos que actúan sin pretextos políticos. Odian de verdad a Sarkozy porque tiene los mismos modales que ellos. Los profesores que intentan ser duros, un poco a la manera de Sarkozy, acaban a puñetazos con estos chicos". Aunque las autoridades académicas les incitan a organizar debates con los alumnos, ella se ha negado a utilizar las clases para discutir sobre las violencias: "Mis alumnos no son chicos de 20 años, sino de 13 o 14. El problema mayor es que muchos adultos tienen miedo a esos jóvenes; y una forma de tenerles miedo es creer que podemos debatir con chicos de 13 o 14 años". Sabe muy bien de la dureza de la vida que llevan los alumnos, la falta de espacio en sus pequeños apartamentos para estudiar y su "fascinación por la violencia machista", que ha provocado "un retroceso de las conquistas de la libertad femenina en esos barrios, donde la situación era mejor hace 20 años". Los jóvenes de este suburbio se encuentran a cinco o seis kilómetros de París, pero no van casi nunca a la capital, a la que llaman Paname en su jerga..., como si la metrópolis cosmopolita perteneciera a otro planeta.

Un intelectual tan respetado como Max Gallo se confiesa dividido entre las imputaciones de fracaso al modelo francés de integración y la voluntad de aprovechar la potencialidad de toda esa juventud: "La cuestión de fondo es si estamos o no en condiciones de ofrecerles empleos", ha dicho en un debate sobre las violencias. Una persona de cada diez en edad de trabajar carece de empleo en Francia: la coyuntura varía, pero el paro persiste. La expansión del 2,4% del PIB en 2004 no se tradujo en ganancias de empleo y 2005 terminará con menos crecimiento. La deuda pública alcanza ya el 65% del PIB. Se comprende el desaliento del Gobierno de Dominique de Villepin.

El refugio de la "economía del ladrillo" y de las grandes obras públicas no es tan grande como en España, donde han contribuido a mantener la impresión de que el país va bien. La ley francesa es mucho más restrictiva en cuanto a deducciones fiscales por adquisición de vivienda. "Las personas se han acostumbrado a vivir en apartamentos pequeños y en edificios a veces mal mantenidos, pero baratos. Cuando se jubilan o fallecen no tienen patrimonio que ceder a los hijos, porque han sobrevivido sin necesidad de luchar por ser propietarios al menos de su casa", explica Francisco Queiruga, secretario general de la Cámara de Comercio Franco-Española. Se puede vivir en 80 metros cuadrados en un suburbio de París por 500 euros mensuales; en la capital francesa, un trabajador tendría que pagar 2.000 euros por alquilar la misma superficie en el mercado libre. No tiene otra forma de lograrlo porque está por encima de los niveles que dan derecho al alquiler de vivienda pública.

¿Y por qué en Marsella no pasó nada? Aquí existe el mismo tipo de barrios desfavorecidos, pero integrados dentro de la ciudad y con una población mucho más mezclada: sociólogos y políticos locales piensan que este mestizaje ha ahorrado el mal trago de las destrucciones. Un especialista policial se expresa en términos menos optimistas: "En Marsella están implantadas las mafias. Y lo que menos les interesa es atraer a la policía".

El País, 28/11/05