Manuel Castells: El ocaso de Bush

Manuel Castells: El ocaso de Bush

Contra viento y marea, Bush ha vuelto a reafirmar esta semana su política de ocupación militar de Iraq mientras lo crea necesario. Sin embargo, con un nivel de apoyo popular del 35% y con menos del 40% de los estadounidenses creyendo en la honestidad del presidente Bush, el declive de la Administración más derechista y agresiva del último medio siglo se vislumbra en el horizonte de la política mundial. Y no tanto por lo que digan las encuestas de opinión, pues el electorado es voluble, sino porque la caída de popularidad se debe a varios hechos que, en su conjunto, han puesto al descubierto una peligrosa mezcla de incompetencia, ilegalidad y arrogancia en la gestión del país y del mundo.

La caótica y tardía respuesta a la catástrofe del huracán Katrina produjo un fuerte impacto entre la gente. De repente se hizo evidente que la inmensa máquina de seguridad creada desde el 11 de septiembre no es capaz de proteger a los ciudadanos, sino que parece destinada a alimentar una guerra sin fin contra un enemigo invisible. La falta de liderazgo de Bush frente a la tragedia erosionó su imagen de presidente decisivo ante el peligro. Además, su intento de compensar sus fallos prometiendo invertir 200.000 millones de dólares en la reconstrucción de las ciudades del Golfo ha sumido a los círculos económicos en la perplejidad porque no parece posible aumentar así el gasto, sufragar la guerra de Iraq y seguir bajando impuestos, a menos de incrementar el déficit actual hasta niveles amenazantes para la estabilidad económica. A ello se une la agravación de la situación en Iraq, con 2.100 soldados estadounidenses muertos y una escalada de atentados que están desangrando el país y las tropas ocupantes (de 100 a la semana antes del verano a 600 actualmente. Cierto es que la mayoría chiita y la minoría kurda están participando en el proceso electoral para aprovechar la oportunidad de sacudirse la dominación suní que los sojuzgó durante décadas. Pero a lo que ello conduce no es a la estabilidad sino a la guerra civil. A menos que haya un acuerdo nacional iraquí en torno a una plataforma antiestadounidense.

En cualquier caso, el impacto de la guerra sobre la salud política y económica de Estados Unidos es tal que un Senado casi unánime pidió que se acelere el traspaso del poder a los iraquíes y la retirada de las tropas. A lo cual Condoleezza Rice y el propio Bush respondieron con la súbita afirmación de que los iraquíes serán pronto capaces de asegurar su propia seguridad, abriendo paso a la retirada gradual de la mayoría de las fuerzas ocupantes en los dos próximos años. Una posibilidad ferozmente disputada dentro de la Administración por Cheney y por Rumsfeld porque temen, con razón, perder el control de Iraq y, con ello, acabar con su proyecto de control del petróleo iraquí y de un país estratégico en la zona más sensible del mundo. Pero Cheney está muy debilitado tras el procesamiento iniciado contra su jefe de gabinete Scooter Libby, uno de los maquiavelos más decisivos del grupo neoconservador, por revelar la identidad de Valerie Plame como agente de la CIA en represalia por la denuncia de su marido, el diplomático Joseph Wilson, de la mentira de la Administración sobre el supuesto programa nuclear de Saddam Hussein. Es muy posible que, por primera vez, un alto cargo de la Casa Blanca acabe en la cárcel por manipulación informativa.

Más aun, Karl Rove, jefe del gabinete del presidente, está bajo sospecha por su participación en este y otros asuntos y parece condenado políticamente aunque no es tan vulnerable judicialmente. Y esto es significativo porque es el operador clave en la movilización del aparato conservador en el país. Si a ello se une el procesamiento del líder republicano del Congreso Tom Delay, el más poderoso político conservador de estos últimos años por financiación ilegal de su campaña y la investigación del líder republicano del Senado Bill Frist por tráfico de influencias, empieza a dibujarse un panorama de fin de reino, en donde se mezclan la corrupción, la ilegalidad, falta de escrúpulos y la incompetencia. fácilmente

Así, pese a que la economía va bien y que la gente se dispone a gastar como nunca en estas navidades, y aunque el nivel de miedo ha bajado considerablemente tras cuatro años sin atentados en EE. UU. (Madrid y Londres quedan muy lejos), la crisis política se profundiza por momentos. Y puede convertirse en crisis moral, porque los gestos provocadores continúan. Por ejemplo, en la atribución sin concurso público a Halliburton, la empresa de Cheney, de los contratos de reconstrucción de Nueva Orleans, como se hizo en Iraq. O con la amenaza de Bush, a instancias de Cheney, de vetar el presupuesto de defensa si el Congreso incluye en la ley la prohibición de la tortura (lo que es una forma de reconocer su práctica). O con la revelación sobre las cárceles secretas de la CIA en Europa del Este, apuntando a la existencia de ese Gulag estadounidense denunciado por Amnistía Internacional, que va de Guantánamo a Afganistán y de Rumanía a Egipto, a través de corredores misteriosos que de vez en cuando aterrizan en nuestras islas.

Y es que el grupo neoconservador que tomó el poder con Bush creyó que podía por fin, so pretexto de la guerra contra el terror, disponer de un poder ilimitado para remodelar EE.UU. y el mundo en torno a sus valores e intereses, desde sustituir a la ciencia por la Biblia en las escuelas y recortar los derechos de las mujeres, hasta imponer su visión de la democracia a base de bombardeos allí donde hiciera falta.

La realidad ha demostrado que el mundo es más complejo y que la gente no se deja dominar tan fácilmente. Y que la tecnología y el dinero no son todopoderosos, ni siquiera cuando se apoyan en la utilización interesada de un Dios que nunca debiera ser invocado para torturar en su nombre. Apunta, pues, el ocaso de Bush y del sueño neoconservador de imponer por la fuerza su visión de la civilización occidental. Aun en el caso de que nuevos atentados de Al Qaeda en EE. UU., una ocurrencia probable, tensen de nuevo la cuerda del miedo. Porque creen los expertos que si después de todo lo que se ha hecho en nombre de la seguridad ni siquiera ese objetivo se cubre, se agravará la crisis de confianza en la derecha republicana.

Sin embargo, el proyecto neoconservador dejará huellas profundas tras su fracaso. Un país profundamente dividido, casi en términos de guerra de religión; un déficit público que es una bomba de tiempo, sobre todo si se combina con el estallido de la burbuja inmobiliaria; un Oriente Medio desestabilizado; un Iraq en guerra civil; un terrorismo global que se alimenta del fútil intento de dominación militar global como forma predominante de política exterior; y una derecha militante en todo el mundo que cierra filas de forma sectorial frente a cambios sociales y culturales que ni entienden ni aceptan. Y esto sin olvidar que Bush aún tiene tres años, en los que podría practicar una huida hacia adelante en la lógica destructiva en donde le sitúo su mesianismo. Por ejemplo, interviniendo en Venezuela. O en Irán. Aunque lo más probable es que el sistema de controles internos de la política estadounidense acabe convenciendo a Bush de que tiene que desandar camino para no pasar a la historia como el presidente que destruyó las reglas del juego democrático.

La popularidad de líderes republicanos razonables como el senador Mc Cain, un firme candidato presidencial, parece indicar que se está preparando un cambio de guardia en la elite política de EE. UU. Pero el camino hacia ese cambio es incierto y lleno de peligros. El ocaso anuncia la oscuridad al tiempo que promete un nuevo día.

La Vanguardia, 03/12/05