Javier Castañeda: Paupérrimos

Javier Castañeda: Paupérrimos

La pobreza es vieja como el tabaco. Si echamos la vista atrás, podemos contemplar que su aterido rostro muestra las mismas arrugas de vejez que la faz de la Tierra. Siempre ha habido pobres, quizá porque la indigencia es esa inseparable compañera de viaje de la humanidad encargada de recordarnos que, desde que nacemos, todos somos distintos. Y por mucho que un invento tan artificial como la igualdad, intente paliar esas diferencias que, desde la cuna, ya te sitúan a uno u otro lado del tablero de juego de la vida, la realidad es bien conocida por todos: siempre ha habido y habrá pobres y ricos.

El problema se agudiza cuando esas barreras mentales que normalmente asocian Norte a desarrollo y Sur con pobreza, enloquecen a las brújulas al trasladar su centro físico y su epicentro teórico a las urbes. Los centros urbanos asisten perplejos e inermes a una creciente proliferación de nuevos pobres que intentan convivir, incluso sin llegar necesariamente a límites de indigencia, con los que supuestamente tienen más. La perplejidad sobrecoge al observar, cómo aquella dulce melodía del Estado de Bienestar entona sus últimos compases, al menos en aquellos países europeos basados en el Welfare Estate, que trabajaba por mejorar el bienestar de los ciudadanos.

Algo debe ocurrir cuando hasta los países que fueron cuna de este modelo de estado, también entran en crisis y anuncian importantes recortes en sus beneficios sociales y fiscales, amenazan con congelar las pensiones, flexibilizan las condiciones laborales al máximo y rebajan las prestaciones de indemnización por desempleo, entre otros. En Alemania se empieza a hablar del Estado del malestar, pero hace ya tiempo que Europa adolece de un mal que para muchos implica un hito histórico en el fin de su utopía. Ahora, sin ir más lejos, el proyecto europeo se encuentra atascado en el eje financiero, ya que los acuerdos propuestos por los líderes de los 25 pulverizan sin pestañear la idea de cohesión mimada desde antaño.

España no sale muy bien en esa foto. Mientras que el gobierno estatal reclama una retirada progresiva de los fondos de cohesión, la Unión Europea (UE) propone una retirada drástica. Ya se sabía que esa inyección de dinero no iba a durar siempre y puede que sea achacable al carácter mediterráneo no pensar en los problemas del futuro y ser cigarra en vez de hormiga. Pero lo que más sorprende es que, a los ojos de la UE España sea considero como un país rico con una media de ingresos netos por familia de 21.500 euros/mes, aproximadamente. Curiosamente, la misma semana en que la UE nos corona con ese laurel de supuesta riqueza, el Instituto Nacional de Estadística (INE) saca una encuesta que alerta de que un 20% de nuestra población, es decir, uno de cada cinco españoles, vive por debajo del umbral de pobreza con unos 370€/mes. Parece que la propia Comisión Europea olvida los datos de la última oleada su informe Eurostat, que para 2007 prevé un alejamiento de España del nivel de renta de la eurozona. A mi las cuentas no me salen, pero a los pobres, imagino que menos.

Y si no nos salen las cuentas probablemente sea porque el crecimiento de la economía española se basa en el progresivo endeudamiento de las familias, de las que casi un 60% reconoce tener problemas para llegar a fin de mes, a pesar de que el ritmo de consumo se mantiene. Estas cifras se traducen en los casos que más aumentan: los nuevos pobres, que se caracterizan por no tener acceso al nivel de medio de vida de sus conciudadanos. Esta neopobreza es una producción netamente urbana; un modo de exclusión que se caracteriza por altos niveles de insatisfacción e inaccesibilidad a bienes de consumo, a pesar de que la cobertura de servicios sociales a que se tiene acceso es mucho mayor. Su génesis está en la creciente brecha económica que, como un fuerte imán, empuja a los individuos hacia sus polos extremos: la riqueza o la pobreza.

La pobreza en los países desarrollados refleja los desajustes de una ingeniería social ineficaz; que deja a un lado de la maquinaria todo aquello que no le sirve. Amplifica las voces de aquellos que se sienten incapaces de hacer frente a los avatares del consumo y de construir un relato vital coherente en medio de unas delirantes condiciones de competitividad cuya inercia parece imparable. Los nuevos pobres surgen de dar una vuelta de tuerca a una clase media diezmada por un progresivo endeudamiento que la aleja, no sólo de un mercado de trabajo cada vez más inestable, sino de ciertos otros beneficios supuestamente inherentes al progreso. La utopía europea presenta alteraciones graves en el corazón de sus ciudades al mostrar el ocaso de un individuo medio socialmente mermado como ciudadano y psicológicamente empobrecido en su autoestima, frustrado al no poder construir aquel ideal de futuro para el que fueron educados.

La Vanguardia, 08/12/05