Ana Rioja et al.: Carta abierta al profesorado

Ana Rioja et al.: Carta abierta al profesorado

Inmersos en la construcción de un Espacio Europeo de Educación Superior, la institución universitaria está siendo sometida en nuestro país a grandes reformas. Sus aspectos formales son resaltados por nuestras autoridades políticas y académicas: sistema de títulos fácilmente comprensible y comparable, adopción generalizada de un sistema de estudios basado en dos ciclos, sistema de créditos uniforme, etc. Esos objetivos estratégicos, sin embargo, pueden conseguirse partiendo de modelos de universidad muy diferentes. Pero lo que esas mismas autoridades no han considerado oportuno exponer y debatir públicamente es el tipo de universidad que se pretende alcanzar.

Conforme al proyecto piloto conocido como Tuning, un nuevo paradigma educativo se abre paso basado en la adquisición de competencias, habilidades y destrezas, por oposición a la adquisición de conocimientos. No estamos ante un mero cambio terminológico.

El lenguaje de las competencias procede del ámbito empresarial y supone que los profesores habrán de moldear a los futuros asalariados conforme a los criterios de sus eventuales empleadores. La universidad entonces se convertirá en mera hacedora de mano de obra ahormada según las exigencias y valores del mercado en cada momento. Desde el lado empresarial no hay ningún rubor en reconocerlo y defenderlo abiertamente.

El problema entonces es cómo conseguir que el profesorado, costosamente formado (en tiempo y en dinero) en sus respectivas especialidades, pase por el aro de una reforma en la que explícitamente se le describe, ya no como un docente, sino como «un consejero», «un orientador» (¡psicopedagógico, sexológico o ergonómico según alguna autoridad académica!).

Para ello, tras proclamar el carácter obsoleto de la actual educación superior, primero se nos inculca la idea de que indiscriminadamente los profesores venimos haciendo lo que no procede (transmitir conocimientos). Segundo, se nos exige que adquiramos una determinada formación psicopedagógica impartida sobre todo por los Institutos de Ciencias de la Educación, los cuales se afanan por ofertar los más variopintos cursos sobre «el entrenamiento para controlar el estrés» o «la comprensión de la mirada». Por otro lado, «la participación en estas actividades formativas» figura entre los criterios del Programa de Evaluación Institucional de la ANECA, al tiempo que las universidades, los van introduciendo en sus respectivos programas de evaluación de la calidad de la actividad docente del profesorado.

¿Un profesor universitario es tanto peor profesional cuanto menor es el número de cualesquiera cursillos psicopedagógicos y didácticos en los que se haya matriculado? ¿Qué relación guarda todo ello con la idea de convergencia entre universidades europeas? Sin contar con que el profesorado que pretende «enseñar a enseñar» debiera ofrecer una objetivamente reconocida y amplia trayectoria investigadora en dicho campo. ¿En todas las facultades y escuelas politécnicas se forma inadecuadamente a los alumnos?

Resulta impensable una descalificación parecida formulada con respecto a la totalidad de los médicos, químicos o ingenieros en el ejercicio de su profesión. Un diagnóstico tan poco matizado, no basado en estudios previos, constituye en esencia una opinión contaminada que, con el pretexto de la calidad, pone fin a la universidad social pública que hemos conocido en Europa, financiada exclusiva o prioritariamente con dinero público y, en términos generales, independiente del poder político y económico.

No decimos en modo alguno que en la Universidad todo esté bien, sino que los cambios que se están introduciendo obedecen a motivos que nada tienen que ver con un razonable y razonado análisis de sus deficiencias actuales. No toda reforma, por el hecho de serlo, es progresista, la promueva quien la promueva.

Ana Rioja, profesora de Filosofía de la Complutense y 15 firmas más del colectivo Profesores por el Conocimiento.

El Mundo Universidad, 14/12/05

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