Immanuel Wallerstein: Los disturbios franceses

Immanuel Wallerstein: Los disturbios franceses

En noviembre de 2005, Francia tuvo una rebelión de sus desclasados que duró dos semanas. Por todo el país, grupos de jóvenes, en su mayoría de origen norafricano o de Africa negra, prendieron fuego a los carros y lanzaron piedras a la policía. De alguna forma, esta misma clase de levantamiento ha estado ocurriendo por todo el mundo en décadas recientes. Pero tuvo también explicaciones particulares francesas. Ardió como un fénix. Fue suprimida por la fuerza del Estado. Está lejos de haber terminado.

La historia inmediata es muy simple. Tres jóvenes vieron que la policía detenía a otros y les pedía su tarjeta de identidad. Esto le ocurre rutinariamente en Francia a la gente joven de color que vive en ruinosos complejos habitacionales de muchos pisos, segregados de facto, situados en les banlieues (los suburbios, donde se localizan los guetos en Francia). Estas unidades habitacionales son hogar de muchos jóvenes, en su mayoría desempleados, sin oportunidad de educarse, con pocas perspectivas de obtener trabajo, de tener movilidad ascendente o aun contar con actividades recreativas (deportes, centros culturales). Estos jóvenes huyen de las revisiones de identidad porque con frecuencia y sin sentido los encierran donde son maltratados, permaneciendo en las estaciones de policía por muchas horas hasta que llegan los padres para llevarlos a sus casas.

En este caso particular, los jóvenes brincaron un muro y cayeron en unas instalaciones eléctricas, donde dos de ellos se electrocutaron. Esta fue la chispa de la revuelta. Fue una rebelión contra la pobreza, el desempleo y la conducta racista de la policía francesa, pero sobre todo contra la falta de reconocimiento ciudadano (casi todos lo son) y como minoría cultural que siente el derecho de seguirlo siendo.

El gobierno francés parecía sobre todo preocupado por reprimir la rebelión y eventualmente lo logró. El hecho de que el primer ministro y el ministro del Interior sean fieros rivales para la próxima candidatura a la presidencia del partido gobernante aseguró que ninguno de ellos fuera suave con la rebelión, lo que habría dado una ventaja al contrincante.

Siempre me deja perplejo que la gente se sorprenda cuando los desclasados se rebelan. Lo sorprendente es que no lo hagan más seguido. Es seguro que la opresión de la pobreza y el racismo combinada con la falta de expectativas a corto o mediano plazo son buena receta para una rebelión. Lo que mantiene la revuelta a la baja es siempre el miedo a la represión, y es por eso común que sean rápidas. Pero la represión nunca hace que la rabia se vaya. El primer ministro, Dominique de Villepin, dice que este levantamiento no fue tan malo como el de Los Angeles, en 1992, donde 54 personas murieron y 2 mil fueron heridas. Tal vez no, pero no significa que haya que alardear de algo así.

Hoy, por todo el mundo, las áreas metropolitanas están repletas de personas que caen en el perfil de los rebeldes en Francia: pobres, desempleados, marginados sociales y definidos como "diferentes", y como tal furiosos. Si se trata de adolescentes, tienen la energía para rebelarse y no tienen aún las mínimas responsabilidades familiares que pudieran frenarlos. Es más, el enojo es correspondido. Quienes están situados en la mayoría más cómoda temen a estos jóvenes precisamente por las características que tienen. Los más acomodados sienten que los jóvenes pobres tienden a ser individuos sin apego por la ley y, claro, "diferentes". Así que muchos acomodados (tal vez no todos) tienden a suscribir fuertes medidas para contener las rebeliones, incluida su exclusión total de la sociedad, aun del país.

En algunas de sus formas, Francia es una versión exagerada de lo que encontramos en otras partes, no sólo en América del Norte y el resto de Europa, sino por todos los países del sur, como Brasil, México, India, Sudáfrica. De hecho, es difícil pensar en un país donde este asunto no exista. El problema con Francia es que demasiados de sus ciudadanos han estado negando desde hace mucho que éste sea también un problema francés.

Francia se define así mismo como un país de valores universales, donde la discriminación no puede existir porque todos pueden convertirse en francés si están dispuestos a integrarse plenamente. La realidad es que ha sido siempre (sí, dije siempre) un país de inmigración. En los días del Ancien Régime e incluso en la primera mitad del siglo XIX, quienes no hablaban francés (50 por ciento hasta la Revolución Francesa) migraban a París u otras ciudades del norte. Luego fueron los italianos, belgas, corsos. Después llegaron los polacos, y los portugueses y los españoles. Y en los últimos 40 años, o casi, llegaron masivamente los norafricanos, los de Africa negra y los chinos provenientes de lo que antes fue la Indochina francesa.

Francia es un país multicultural par excellence que vive aún el sueño jacobino de la uniformidad. El número de católicos practicantes se achica mientras el de musulmanes aumenta a diario. La consecuencia principal de esto es un debate alucinante de más de 10 años acerca de qué hacer con las niñas musulmanas que desean llevar el pelo cubierto cuando van a la escuela. La derecha racista consideró el uso del foulard una afrenta a lo francés, y si se dijera la verdad, a la cristiandad. La izquierda clásica (o al menos parte de ella) consideró este uso como un desafío a la sacrosanta laicité. Ambos lados se conjuntaron para prohibir el foulard (y para que el orden se equilibrara, también los "grandes" símbolos cristianos y judíos). Así que expulsaron de la escuela a cierto número de niñas musulmanas. Y se suponía que el asunto se había resuelto, de alguna manera.

Lo extraordinario de esta rebelión en este momento en Francia es que no se enfocó en aspectos religiosos. Por ejemplo, no resultó en actitudes antisemitas. Debido a que Francia cuenta con un gran número de judíos pobres que viven en los mismos complejos habitacionales, ha habido durante los últimos 20 años tensiones musulmano-judías o más bien palestino-israelíes. Pero ese aspecto quedó oculto. La rebelión francesa fue un espontáneo levantamiento de clase. Y como casi todos las rebeliones espontáneas, no pudo sostenerse por mucho tiempo. Pero como casi todas las revueltas, la posibilidad de que ocurran de nuevo no desaparece a menos que se remonte el grueso de las inequidades. Y no parece que las autoridades estén haciendo muchos esfuerzos (o para el caso las autoridades de otras partes del mundo) para remontar las inequidades. Estamos en una época en que no se alivian, sino que se acentúan, las inequidades. Y como tal, en una época de incremento, no disminución, de rebeliones.

Traducción: Ramón Vera Herrera

© Immanuel Wallerstein

La Jornada, 17/12/05