Carlos Nadal: La doble cara de la era mundializada

Carlos Nadal: La doble cara de la era mundializada

Nuestro tiempo se mueve entre extremos contrarios: derribar muros o levantarlos; abrir fronteras o cerrarlas; multiplicar hasta el infinito los nexos de comunicación o someterlos a control para seguir la pista de quién dice qué a quién. Se multiplican las voces en favor de la creación de puentes, de redes de interrelación a fin de que nadie quede en el aislamiento de su rincón. Fuera torres, muros. Cuantas más banderas ondeen juntas, mejor. Cuantos más concurrentes consigan unirse en torno a inmensas mesas de las más variadas e imaginativas formas en conferencias internacionales, miel sobre hojuelas. Es el "mundo mundializado" para quien lo vocea con el orgullo de haber llegado al glorioso fin de la historia. O el temor de estar entrando en una selva enmarañada y oscura donde todo mal puede salir al paso, inesperadamente.

Concentración y dispersión, agregación o disgregación están a la orden del día. Vale la presunción de que entre todos lo haremos todo. O, al revés, que cada cual guarde su propia ropa. Cooperación o rapiña. Provechosa solidaridad o sano egoísmo. El empeño ultraliberal de regular la desregulación.

En lo que va del jueves al viernes pasados, este juego de ir con el corazón en la mano o esperar hábilmente a poner las cartas sobre la mesa en el último momento para desgracia de incautos o confiados ha mostrado sus muchas y divergentes posibilidades en dos grandes reuniones multinacionales. La de la Organización Mundial del Comercio en Hong Kong y la del Consejo de la Unión Europea en Bruselas.

Países reunidos en la primera: ciento cuarenta y nueve. En la segunda: veinticinco. Entre una y otra existía una evidente relación. Lo que se decidiera o no en Hong Kong constituía un contexto que tener en cuenta para lo que se consiguiera, o no, en Bruselas. Yen ambas, el tema predominante venía a ser el mismo: quién consigue recibir más; quién dar menos. Todos de acuerdo en que el dinero ha de circular equilibradamente, que el intercambio de mercancías ha de ser fluido y justo para el bien general. Pero a la hora de la verdad, aparece el afán de sacar el mayor provecho y el miedo a ser el pagano de la abultada cuenta.

En el frontispicio de entrada del lugar de reuniones de la OMC parece estar escrita con letras de oro la palabra mágica: globalización. Pero dentro, cada cual se guarda bien de dejarse llevar por el espejismo de un nombre de tanto relumbrón. Hay fuertes y débiles, ricos y pobres, aposentados y carentes de dónde echar raíces. Unos están en su casa, cabe el fuego del hogar; otros, a la intemperie. Existen la hartura y el hambre. Y esto ahora no es aceptado con la resignación de hace unos años, cuando Estados Unidos se proclamaba campeón de la libertad de comercio como fuente de todos los bienes, mientras subvencionaba sus propias exportaciones y colocaba barreras arancelarias para las ajenas. Y la Unión Europea seguía el ejemplo, considerando vigente la inercia de las antiguas relaciones de colonizador a colonizado.

Actualmente, las cosas están tomando otro rumbo. La teoría de que cuanto más intercambio, mejor para todos, empieza a levantar ampollas en quienes la convirtieron en el sacrosanto dogma de la economía de mercado libre. Porque ocurre que algunos países que ejercían de comparsas se disponen a desempeñar papel de protagonistas. Y juegan a fondo, dentro de sus respectivas posibilidades. En la producción, en las nuevas tecnologías. Sin las trabas de una mano de obra bien nutrida, protegida por la condición de ciudadanía de pleno derecho. China es el paradigma de esta nueva situación. El insólito régimen de comunismo de mercado hace prodigios. Es la criada respondona. ¿Queríais libre mercado? Aquí lo tenéis. Invasión de productos baratos, resultantes de un trabajo casi esclavo, de diferencias sociales amparadas en el "enriquecerse es bueno" que proclamó el fallecido mandarín rojo Deng Xiaoping, mientras ordenaba al ejército que aplastara sin contemplaciones las manifestaciones a favor de la libertad y la democracia en la plaza pequinesa de Tiananmen.

El ejemplo cunde. Detrás vienen las economías llamadas emergentes de acuerdo con la jerga neoliberal. India, Brasil, México, los países del Sudeste Asiático. Y proliferan las agrupaciones supranacionales que en la OMC exigen ser oídas. Estados asiáticos, hispanoamericanos, africanos cuya enumeración resultaría aquí fatigosa. La consigna unánime de cara al primer mundo es "abrid". Y la respuesta, evasiva o prepotente, consiste en prometer que habrá ayudas, dinero. En cuanto al mercado, cautela. Soluciones parciales, insuficientes.

En el llamado Occidente hay miedo a un mundo que empuja contra las barreras y que puede acabar derribándolas con la fuerza devastadora de un tsunami. Un mundo con movimientos migratorios que afectan a 15 o 18 millones de personas; de hacinamientos en campos de refugiados, sin patria; de pueblos enteros consumidos por la miseria; de población infantil diezmada por el hambre y la enfermedad, utilizada como fuerza armada o prostituida. De poblaciones que reclaman visibilidad para su indigenismo marginado. De inflamados fanatismos religiosos.

En este contexto, la Unión Europea ha reunido su cumbre de fin de año con ánimo desvaído. Deshilvanada y laxa. Mirándose al ombligo de los intereses nacionales. Necesitaría hacerse a la idea de que tendrá que enfrentarse a un mundo en rápida transformación, sabiendo muy bien lo que quiere y cómo conseguirlo. Poner a prueba la disposición común y la capacidad para aplicarla.

Es natural que cada gobierno calibre cuidadosamente la proporción entre ganancias y pérdidas en el montante y reparto del presupuesto comunitario. Aunque sin perder de vista que la razón de ser de la UE exige un plus de solidaridad. Vista la evolución de la globalidad, tal como se muestra en el foro cada vez más tenso de la OMC, los debates intercomunitarios europeos parecen de vuelo raso. Mínimas variaciones de un presupuesto a la baja; el cheque británico; regateos por quién es contribuyente neto y quién es receptor y en qué cantidades; recortes por aquí, compensaciones por allá. Y las disputas de la PAC cuando tantos productos agrarios extracomunitarios necesitan entrar en nuestros mercados.

Blair ha encabezado el semestre británico hasta con un punto de calculada astucia. Distanciado y oportunista. Dicen que la UE siempre funciona así, sin por esto dejar de ser una realidad de peso mundial. No es bueno acomodarse a esta confiada interpretación. Y que cada jefe de gobierno vuelva a casa diciendo, con razón o sin ella, que ha salvado los muebles. Si no, con la frustración de las manos vacías. O, por el contrario, exhibiendo orgullosamente un lucido y astuto debe y haber.

En los comienzos del siglo XXI quedan atrás el horror de las "soluciones finales" y el equilibrio de la "disuasión nuclear", mantenido al borde de la hecatombe. Se va desvaneciendo la creencia en el orden unipolar. Conflictividad y acercamientos, ruptura y continuidad se hacen progresivamente poliédricos y de difícil aprensión, dispersos. Tanto en múltiples localizaciones regionales como de alcance mundial. Afirmación y renuncia, seguridad e inseguridad, avance y repliegue sacan a la luz su doble cara, a veces simultáneamente. Y, en consecuencia, se abre espacio para la descarada agresividad de quién más puede frente a las múltiples voces que advierten que el verdadero egoísmo sólo puede ser concebido como un proyecto común. ¿Realista fatalidad o ilusión idealista? Por ahora, la balanza parece inclinarse hacia la primera opción.

La Vanguardia, 18/12/05