Tortura a ritmo de rap y heavy

Tortura a ritmo de rap y heavy
Las fuerzas de EE.UU. usan música pop contra detenidos en cárceles militares

Te estrangulé hasta la muerte (...) luego te rompí las putas piernas", rapea Eminem en su elepé Slim Shady. Es una letra que cobró una relevancia inesperada el lunes pasado al trascender que este álbum de Eminem, así como canciones del rapero Doctor Dre, se ha utilizado en técnicas de privación de sueño, componente de la tortura sistemática llevada a cabo en una cárcel miltar estadounidense en Afganistán. Según un informe de Human Rights Watch, "los detenidos fueron encadenados a la pared durante semanas en la oscuridad" y a veces "colgados en el aire". Todo ese tiempo "fueron sometidos a música rap y heavy metal puesta a todo volumen".

Es la nueva música tortura, que deja fritos a los detenidos, según los interrogadores. En la cárcel de Guantánamo usó a Eminem, Britney Spears, Limp Bizkit, Rage Against the Machine, Metallica y hasta Bruce Springsteen, según explica Moustafa Bayoumi, investigador del Brooklyn College en un artículo en la revista The Nation. La canción Bodies (cadáveres), del conjunto de metal Drowning Pool, fue usada en Afganistán y en Guantánamo. Haj Ali, el iraquí torturado en cárcel de Abu Ghraib en Iraq, protagonista de la infame foto del detenido encapuchado obligado a mantenerse en forma de cruz, tuvo que oír hora tras hora, día tras día, la canción rockera de David Gray Babylon, transmitida a todo volumen en su celda. Ya en libertad, después de su calvario, el periodista Donovan Webtser le dejó su I-Pod para oír de nuevo la canción:

Haj Ali "se arrancó los auriculares y se deshizo en sollozos", recuerda Webster. "Con la música tortura nuestra cultura ya no es un medio de expresión individual sino un arma", comenta Bayoumi. Si los británicos en Irlanda usaron el llamado white noise en sus interrogatorios a republicanos irlandeses, los estadounidenses prefieren la música de su país. "Esa gente jamás ha oído heavy metal. No lo soporta", dijo un interrogador de Guantánamo en Newsweek. "Eminem les resulta tan extraño que se vuelven locos", añadió otro en Afganistán, citado por ABC anteayer.

"Es irónico porque muchas canciones de Eminem y Doctor Dre instan a las víctimas de injusticias sociales a aguantar y rebelarse", según explicó a La Vanguardia Marcyliena Morgan, especialista en hip hop de la Universidad de Stanford.

Curiosamente, ninguno de los artistas estadounidenses utilizados en la tortura con música ha protestado. James Hetfield, cantante de Metallica, hasta se mostró "orgulloso" de que su música resultara "culturalmente ofensiva" para los iraquíes. Del nihilismo patriotero del heavy metal norteamericano, las apologías de la tortura pasan a las facultades de Derecho y Filosofía de Harvard y Chicago. Charles Krauthammer, columnista de The Washington Post, premio Pulitzer, doctor por Harvard, eminente psiquiatra y ex integrante del comité presidencial sobre bioética, escribió en el semanario neoconservador Weekly Standard que "colgar a un hombe de los pulgares no sólo es permisible sino un deber moral" si se puede obtener información sobre un atentado con armas de destrucción masiva. Coinciden con esta tesis de sadismo utilitario otras eminencias grises como Alan Dershowitz, catedrático en Derecho de Harvard y autor de The case for Israel, partidario de un marco legal dentro del cual se permita infligir "dolor atroz" siempre que no deje secuelas, o de Fritz Allhoff, filósofo de la Universidad de Western Michigan. Allhoff sugiere en su artículo Terrorism and torture diferentes técnicas "desde lo banal -privación de comida- hasta lo creativo, por ejemplo, arrancar las uñas de los dedos". Incluye "cargas eléctricas y asfixia o ahogamiento" entre los métodos de "tortura física y psicológica que deben ser permitidos".

Por supuesto, muchos intelectuales en Estados Unidos han protestado contra la normalización de la tortura. El mes pasado el Pen American Center en Nueva York convocó a 17 escritores -desde Paul Auster y Salman Rushdie hasta David Eggers, Walter Mosley, Sandra Cisneros y Rick Moody- para leer fragmentos literarios en protesta contra la tortura. "Hacía años que luchábamos contra la tortura de escritores en el extranjero, así que estamos muy preocupados de que Estados Unidos sea ya culpable también porque debilita nuestro argumento", dijo Rushdie, quien pidió apoyo al proyecto de ley antitortura del senador John McCain, que reinvidica los tiempos anteriores al 11-S, "cuando éramos diferentes de nuestros enemigos (...) jamás cometíamos abusos".

En el mismo sentido, otro participante en el acto del Pen Center, Phil Gourevitch, escritor del semanario The New Yorker, leyó un discurso de Lincoln de 1838.

Pero el pasado sin tortura es otra falacia. Estados Unidos, como otros países occidentales, ha colaborado en torturas en varias ocasiones, desde El Salvador hasta Vietnam. La diferencia, explica en The Nation Naomi Klein, es que esta Administración "exige el derecho a torturar sin vergüenza, de manera legítima, con nuevas definiciones y leyes".

La Vanguardia, 22/12/05