Carlos de la Isla: Responsabilidad social y Universidad [*]

Carlos de la Isla: Responsabilidad social y Universidad  [*]

Siempre es saludable una reflexión crítica sobre la educación, es decir, una reflexión de filosofía educativa. Tengo la convicción de que buena parte de los problemas sociales en su dimensión nacional y hasta internacional tienen su origen en el estilo y práctica de la educación superior actual. Muchos graves problemas son el resultado de la confusión, obscuridad y falta de ordenamiento de medios y fines, falta de un análisis filosófico sereno. No me refiero a la filosofía que asciende hasta las nubes y en ellas se queda, sino a la verdadera filosofía que parte de la realidad, la analiza, la explica y desciende para comprometerse con la solución de los problemas.

Hace apenas unos meses expresaba mi desconcierto por el silencio de las universidades después del 68. Me preguntaba si ese silencio era el silencio consciente y fecundo de la Universidad que piensa a la sociedad y se piensa a sí misma y cumple su misión analítica y crítica o era el silencio de la Universidad debilitada, indiferente o sometida.

Los acontecimientos recientes parecen mostrar que muchas universidades tienen zonas obscuras de difícil diagnóstico y claras debilidades.

Me propongo hacer unos comentarios sobre la salud de la Universidad y la expresión de sus debilidades, sobre todo en lo que se refiere a su compromiso social.

Pienso que la educación superior, institucionalizada o no, debe ser el refugio permanente de la humanitas, es decir, de lo más noble y defendible del hombre, de su derecho a ser persona antes que meramente ilustrado o profesional de algún quehacer elaborado en los entornos de la división del trabajo para el engorde de cerebros, de cuentas bancarias o del poder público.

En el ambiente contemporáneo de temerosa incertidumbre y obscuridad, hay que conservar la luz que genera lucidez, que ilumina los caminos arriesgados que hay que recorrer, si no con certidumbre, al menos con dignidad. Corresponde a la Universidad ser luz intelectual e iluminar.

Por otra parte, se ha dicho con coherencia que para que el hombre disfrute el tiempo libre debe él mismo ser libre. No cabe la esquizofrenia del hombre enajenado en el trabajo y libre en los tiempos y espacios aledaños al trabajo. El mismo planteamiento es válido para la Universidad; si ha de educar en la libertad y para la libertad debe ser ella misma libre. Así el compromiso ineludible de la Universidad es ser conciencia crítica de la sociedad y por tanto, elucidante y liberadora.

Por eso, la Universidad traiciona su compromiso social cuando deja de ser el baluarte en contra de la dominación y termina ella misma dominada y aún dominadora. Esto sucede cuando, de conciencia crítica de la sociedad, de inteligencia lúcida que analiza, cuestiona, denuncia y anuncia se convierte en apéndice enfermo del sistema. Lo que resulta más grave cuando el sistema enferma.

La dictadura más implacable es la del pensamiento, y la Universidad hace este papel de dictadora en forma totalitaria cuando dicta o impone las ideas, lo que equivale a la dictadura de la existencia; porque todo hombre irremediablemente vive de ideas. Así como detrás de cada idea está toda una existencia, así todo acto está jalado por ideas vivas.

Si nuestras vidas están hechas de ideas y las instituciones educativas dictan paquetes inviolables de ideas (piénsese en los programas cerrados de carreras en las que la única opción radica en elegir el atajo de la unidimensionalidad) esto significa programación de vidas.

Y no sólo se define el paquete inviolable que hay que tomar así, porque lo definen los expertos, sino que también se impone el modo de asimilación total e incuestionable: método receptivo, bancario,vertical, que produce al estudiante dócil, sumiso, moldeable, repetidor, loro y hombre-rebaño. Producto acabado a imagen y semejanza del dictador, es decir, del que dicta las ideas del sistema: sacrificio de la persona o venta de la personalidad en el mercado de las acciones intelectuales públicas o privadas.

¡Qué contrario a la libertad se presenta la carrera como paquete inviolable! y nótese que a este proceso universitario no se le llama camino, senda, paseo o al menos trote. No, ha de ser “carrera” porque es una carrera contra el espacio de imaginación, contra el tiempo de asimilación y contra los resquicios de percepción por donde penetra la libertad, porque así lo mandan las técnicas psicoanalíticas que conducen al sometimiento de la existencia por la imposición de las ideas de las carreras a la carrera.

Así es como muchos jóvenes ingresan a la Universidad con la ilusión de explorar la universalidad para entender, crear y elegir, afirmar su personalidad e imaginar para construir una sociedad más libre y más justa, pero imperceptiblemente van siendo trans- formados en productos especializados con sello y precio de la casa productora. Productos ni siquiera elaborados de acuerdo a las fórmulas estéticas de la casa matriz, sino de acuerdo a las prescripciones precisas, rigurosas e incuestionables de los demandantes y consumidores, llámense empresas nacionales, transnacionales u oficinas estatales. Salto cualitativo: de la educación para la libertad (compromiso de la Universidad) a la educación para el atontamiento, el funcionamiento y el empleo, en expresión de Papini.

Muchas universidades dicen fomentar la paz y generan la competencia de todos contra todos; claman desde algunas cátedras la justicia social y en la práctica favorecen a los que ya son favorecidos y privilegiados, como quedó denunciado por el Dr. Carpizo respecto a la  UNAM y no necesita evidenciarse sobre algunas universidades privadas. Y cuando quiere la Universidad comprometerse con el servicio a la sociedad confunde, tantas veces, el servicio con el servilismo: Sirve a la sociedad cuando es fiel a su misión de inteligencia que razona, estudia, analiza, discute, propone, defiende, latiga... inteligencia activa que entiende a todos a favor de todos.

Pero se somete servilmente cuando con gesto de justicia genera sus programas curriculares o de investigación de acuerdo a las especificaciones y exigencias de los monopolios empresariales para los que la producción universitaria resulta un subsidio que les ahorra la inversión para producir sus propios funcionarios. (Léase “instrumentos humanos” que hacen posible con sus conocimientos técnicos y prácticos y con su actitud dócil y moldeable el funcionamiento perfecto de la gran estructura que no admite interferencias o modificaciones y que se pone a funcionar, se controla y maneja desde las altas cumbres del rascacielos lejano o tal vez cercano, pero en todo caso cima incuestionable que da órdenes en cascada irresistible).

¿A quién sirve la Universidad cuando cumple las demandas y hasta los detallados deseos de esos rascacielos que dictan la técnica convertida en poder llamada tecnocracia? ¿A quién sirve la Universidad cuando emplea sus recursos escasos en reuniones de alto costo económico en las que están presentes algunas estrellas de nombre y lenguaje incomprensible y que sólo gratifican el narcisismo de muy pocos intelectuales o tal vez más bien pseudointelectuales de candelero circunstancial? Y las fuertes inversiones en estudios de especialización en el extranjero sobre técnicas extranjeras negativas para nuestra realidad, ¿a quiénes benefician?

La Universidad se corrompe cuando su voz de conciencia crítica se debilita y es tibia en la denuncia de la injusticia social, sobre todo en países como México en que esta injusticia es hiriente y llega a los extremos del derroche sin límites y del hambre mortal. Y no sólo debilita su voz hasta el silencio, sino que fortalece su discurso para defender y custodiar; tiende su manto de racionalizaciones a aquellos pocos, demasiado pocos, que ni siquiera necesitan ser defendidos porque ya han generado innumerables recursos de defensa. Es la Universidad convertida ella misma en instrumento de injusticia y dominación.

Pienso que uno de los ámbitos de mayor compromiso elucidante de la Universidad es el de la ciencia, de la filosofía en la búsqueda de luz sobre la verdad y los valores humanos. Y no aporta luz la Universidad cuando confiesa neutralidad o exclusiva dedicación a resultados prácticos y útiles o cuando considera la ciencia como mera herramienta sin sello, ni signo, ni valor. Sabemos que no puede existir la neutralidad de la ciencia ni del científico. Lo que existe es escape o encubrimiento. La ciencia, si lo es, es verdadera y universal, no neutral. Bien saben el maestro, el político, el científico, el poder que significa la ciencia como arma de dominación. Me parece más honesta la confesión del inventor de la bomba de uranio por cínica que parezca cuando afirma, “es fascinante el invento de mi bomba para destruir enemigos sin destruir la propiedad”, que la actitud de técnicos y científicos que tratan de negar su responsabilidad con la falsa neutralidad. Así, la ciencia verdadera, liberadora por naturaleza, se convierte en un instrumento más en la lucha de poderes.

Muchos científicos expertos en tecnología y cibernética se lamentan de que la técnica se juzgue enemiga de la humanitas. Sólo un demente podría pensar que la técnica en si y por sí es enemiga del hombre. La técnica en sí y por sí, es decir, neutral y abstracta, no puede concebirse. La queja es contra los empleadores que la manejan con tanta frecuencia para la deshumanización o, lo que es lo mismo, la destrucción del hombre. Si los recursos que se emplean en la técnica militar y de dominación en la que están involucradas algunas universidades se emplearan en la técnica de salud social, física y mental, qué diferente mundo y sociedad tendríamos.

Resulta muy significativo que en las universidades se vaya reduciendo tanto el ámbito de la filosofía y a veces se limite a especialistas encerrados en el mundo de cristal de sus propios pensamientos o en su re-creación o en los pensamientos de su recreación.

No se fomenta la filosofía. En el mejor de los casos se le deja subsistir. Tal vez porque la verdadera filosofía por impulso intrínseco genera y acrecienta el pensamiento analítico y crítico, la imaginación creadora, la inventiva, la pluralidad; aunque se comprende que el quehacer de la filosofía si se toma en serio, resulta muy estorboso, como son estorbosas las personas, las personalidades en los sistemas que quieren convertir a la sociedad o ya la han convertido en un juego de marionetas.

Y no me refiero exclusivamente a los programas oficiales de filosofía, sino a la exclusión sistemática de las materias que se orientan a la afirmación de la persona por la reflexión, el descubrimiento y la adhesión libre a objetivos y valores. El agigantamiento del técnico, profesionista especializado o funcionario, se impone e impide el desarrollo de personas en una sociedad humana. Absurdo en el que el accidente desplaza a la substancia o en el que el atributo elimina al sujeto. Pero absurdo muy lógico para estructuras y sistemas (tan comunes en nuestro mundo) que prefieren la conducción de rebaños y por tanto emplean el proceso de sometimiento en vez de la educación que propicia la convivencia democrática.

Sin embargo, a pesar de estas debilidades y ocasionalmente traiciones de universidades, pienso que debe repetirse con energía que la universidad es la conciencia crítica de la sociedad y que debe conservar y acrecentar la luz y la libertad.

La educación superior, en una imagen similar, ha de existir como una inteligencia colectiva, pero no la inteligencia amputada del cuerpo social, sino aquélla que existe y obra en inmediata percepción de la realidad de ese hombre usado y angustiado en el ámbito social. Así, la inteligencia pronuncia al hombre y es el principio de su transformación a través de ese pronunciamiento que es conjunción de reflexión y acción. Inteligencia que no construye en abstracciones desposeídas de vida, sino desde la realidad lacerante o gozosa pero realidad humana total. En este sentido, la educación superior en la Universidad no sólo debe desembocar en la vida, sino ser vida.

Cuando una sociedad como la nuestra padece males que parecen insolubles, la Universidad es especialmente responsable de pensar, de imaginar, de construir utopía, de inventar, debe iluminar donde todo parece obscuro, debe tomar todos los datos de la realidad sin idealismos ni mistificaciones y someterlos a un muy serio análisis para poder, con autoridad y energía, denunciar los errores y vicios que deben evitarse y anunciar con conciencia lúcida los planos de solución. Apasionante reto para el universitario a pensar, aimaginar con entusiasmo y sensatez, a crear perspectivas que contemplen no sólo respuestas a los obsesivos problemas económicos, sino respuestas más permanentes al sentido total de una existencia más humana. La negativa a este deber universitario significa, una vez más, traicionar la misión de la Universidad, su misión de verdad y de compromiso social. Por eso resultan graves las actitudes de pesimismo, de autojustificación, de ficción de impotencia en las universidades. No hay mayor desesperanza que cuando los universitarios pierden la esperanza.

Muchas universidades consideran que su responsabilidad social termina cuando logran la exigencia y calidad académicas, producen un buen número de diplomas y grados, y hasta cultivan las destrezas y habilidades de sus consumidores. Pienso que éste es un razonamiento ilegítimo, aunque explicable como ideología de la clase que lo genera. El poder del saber y hasta el desarrollo de las destrezas mentales y volitivas pueden emplearse, y de hecho se han empleado en la mayoría de los casos, para la afirmación del individualismo, para la acumulación de privilegios de grupos que, lejos de propiciar la misteriosa distribución de la mano invisible, visiblemente han acentuado la diferencia de clases y la injusticia social.

Esta formación en la responsabilidad social no puede darse sólo por evidencias racionales, es necesaria la autoridad moral de los educadores y de la misma institución. ¿Cómo podrá hablar de justicia social la universidad que se confiesa defensora de las clases privilegiadas? ¿Cómo podrá hablar con autoridad de libertad la Universidad que es un apéndice del poder político? Por eso es legítimo repetir: para que la Universidad pueda educar para la libertad y la justicia, ella misma debe ser libre y autónoma.

Si la universidad decide ser fiel a su misión, independiente, libre y creadora, pienso que ya es hora de que abandone la prisión exclusiva del pasado y aún del presente para inventar el futuro; y si es cierto que los conocimientos técnicos del pasado ya son obsoletos en el presente y los del presente pronto serán caducos, parece evidente que ya es más importante la formación que la información; es decir, que debe dirigirse más a la afirmación de las destrezas mentales, a la capacidad analítica y crítica, a la habilidad para discernir, juzgar y elegir; en síntesis, a propiciar el desarrollo de personalidades que afronten con lucidez intelectual y calidad humana el futuro cada vez más impredecible. Formación de hombres que sepan construir con imaginación y sensibilidad a favor de todos los hombres. Difícil pero obligada tarea de la Universidad en este mundo irracional que prefiere las espadas a los arados, la guerra de las galaxias a la guerra contra las armas, la injusticia, la destrucción de su propia casa.

Hay quienes afirman que no se debe exigir demasiado a la Universidad que finalmente es una institución con todas las limitaciones de una sociedad real; pero si no es en la educación y en la Universidad, no veo dónde se pueda fincar la esperanza.

[*] Del libro: De la perplejidad a la utopía. México: Ediciones Coyoacán-ITAM, 1998

Carlos de la Isla, Profesor Emérito de ITAM, Departamento Académico de Estudios Generales (México)