Jesse Jackson: El año vergonzoso de Bush

Jesse Jackson: El año vergonzoso de Bush
De la Administración republicana sólo florecen la corrupción, el amiguismo y la falta de escrúpulos

Viendo lo que nos venía de Washington, uno deseaba que el 2005 hubiera acabado antes. Un año que se inauguró con el anuncio del presidente de Estados Unidos, George Bush, de que su prioridad consistiría en privatizar la Seguridad Social y en recortar posibles beneficios. Por suerte, una mayoría abrumadora de norteamericanos, detectada la hipocresía del tema, rechazó ese plan.

Un año que finaliza con la aprobación por el Senado de un recorte de unos 40.000 millones de dólares en programas para la gente trabajadora y pobre --incluido el recorte más importante en programas de préstamos para universitarios de la historia--. Y que acaba con los republicanos empeñados en aprobar otra rebaja de unos 100.000 millones de dólares en impuestos que beneficiarán casi exclusivamente a la gente adinerada. El déficit aumentará. Los recortes en Medicaid, Medicare, calefacción para la casa y préstamos universitarios no cubrirán todos los impuestos rebajados a los ricos.

Pero el gran tema de finales del 2005 fue la convicción de Bush de que él tiene el poder para autorizar el espionaje y vigilancia a los americanos, sin leyes ni autorizaciones. Este presidente se arroga ahora el poder de espiar a su conciudadano para arrestarle sin cargos, para encerrarle sin la asistencia letrada, para detenerle sin vista judicial. Estas increíbles manifestaciones avergüenzan a los fundadores del país, quienes elaboraron una Constitución expresamente pensada para crear a un presidente sujeto a la ley, y no a un rey por encima de la ley.

ÉSTE FUE el año en el que descubrimos el auténtico coste de la corrupción. El líder republicano de la Cámara de Representantes, Tom DeLay, sobre quien pesa una acusación de blanqueo de dinero, vivió a lo grande jugando a golf en hoteles de lujo y en viajes a cuenta del contribuyente en aviones privados a exóticas islas extranjeras mientras recababa dinero para la causa republicana. Pero la factura la tuvimos que cubrir nosotros. Obtuvo millones de dólares de empresas farmacéuticas y mutuas, y después miles de millones en subvenciones por la ley del medicamento, que de hecho prohibía a Medicare negociar un precio más bajo para las medicinas. ¿Quién paga? Nosotros. Y las compañías petroleras obtuvieron miles de millones en subvenciones incluso en épocas de beneficios récord; a cambio subió el precio de la gasolina y creció nuestra dependencia del petróleo exterior. Y sigue y sigue. Esta política desmiente toda noción de servicio al bien común.

Fue también el año en el que descubrimos el auténtico coste del amiguismo descarnado, con el nombramiento presidencial de un ayudante de campaña como jefe de la Agencia Federal de Emergencias, un hombre que fracasó como organizador de salones hípicos. Y cuando el Katrina golpeó a Nueva Orleans, miles de personas pagaron las consecuencias con dolor y con sus vidas. La ciudad está en bancarrota y despoblada. Los pobres andan dispersos e ignorados. Un fracaso que viola la promesa de que este Gobierno se hacía responsable de la seguridad de la nación.
En el 2005 presenciamos cómo una mezcla letal de directores generales sin escrúpulos y políticos inhábiles fueron capaces de arruinar el sector norteamericano de la fabricación. General Motors roza la bancarrota. Detroit está cerrando fábricas y despidiendo a trabajadores. Los buenos empleos --con sindicatos, sueldos decentes, Seguridad Social y pensiones-- están desapareciendo, y se sustituyen por trabajos sin sindicatos, inseguros, mal pagados, con una Seguridad Social imposible de costear y sin pensiones. ¿Quién paga todo eso? La clase media norteamericana, que se va encogiendo a medida que suben los costes y los sueldos se estancan.

El 2005 fue el año, en fin, en que los costes de la arrogancia imperial continuaron subiendo. Llevamos perdidas ya más de 2.000 vidas norteamericanas, y hay millares de ciudadanos mutilados y marcados por cicatrices. Hemos gastado ya más de 250.000 millones de dólares en una guerra de libre elección contra Irak, declarada bajo intenciones y promesas falsas, y que ha continuado como una ocupación para la que nuestras tropas nunca han sido ni entrenadas ni debidamente equipadas. La valentía, habilidad, fidelidad y sacrificio de los hombres y mujeres que arriesgan su vida constituyen una sombría condena de quienes les guiaron de forma tan patética.

SÍ, TAMBIÉN florece la promesa entre tanto dolor. Y sabemos que tras la larga noche apuntará el alba. Pero ni la promesa ni el alba nos vendrán de Washington. La nueva esperanza surgirá más allá de los cinturones que rodean las grandes ciudades, lejos de la corrupción, del amiguismo y de la ausencia de escrúpulos, que se han convertido en la enseña de la marabunta que ahora nos gobierna.

El Periódico, 04/01/06