Arnoldo Kraus: Darwin y Bush

Arnoldo Kraus: Darwin y Bush

¿Que diría Charles Darwin ante el embate surgido por los inventores de la teoría del diseño inteligente, el nuevo rostro del creacionismo estadunidense? Diría lo que todos sabemos: que las derechas religiosas, sean del color que sean, católicas, judías o musulmanas, intentan avanzar a través de cualquier intersticio sin importar lo que esto signifique, lo que cueste o lo que devenga. El resumen de "signifique, cueste y devenga" se denomina intolerancia.

El Discovery Institute, principal lobby del diseño inteligente, pretende "derribar no sólo el darwinismo, sino también su legado cultural". De acuerdo con sus teorías y con sus científicos, los seres vivos son demasiado complejos como para haberse creado por los mecanismos evolutivos propuestos por Darwin, por lo que sugieren que existe un "diseñador inteligente", capaz de explicar y sostener la complejidad de los sistemas biológicos que definen la vida y la evolución.

Aunque taimadas y disfrazadas, las recientes declaraciones (1/8/05) de George Bush, quien propone que ambas nociones -la del diseño inteligente y la de la evolución- deben enseñarse, apoyan o por lo menos abren las puertas al Discovery Institute, que ya ganó en noviembre la batalla en Kansas, donde se permitirá enseñar el creacionismo como una explicación científica de la vida.

El problema no sólo es si Darwin o los incontables científicos que han estudiado y dado validez a su teoría tienen o no razón. El problema va más allá y se engloba en las fauces de la intolerancia. Confrontar la idea de la evolución contra las habilidades de un "diseñador inteligente" implica confrontar ciencia contra religión. Aunque parezca lejana la época de Giordano Bruno e improbable que se queme a la gente por sus ideas, como sucedió al filósofo y astrónomo italiano, la realidad es distinta.

Ya que la intolerancia carece de límites no es Darwin el problema, sino lo que podría seguir después. Lo ideal sería permitir que las ideas antagónicas fluyesen sin necesariamente chocar con las otras. Dudo que los científicos que apoyan las ideas de Darwin se molesten porque en lugares ad hoc se enseñen las teorías que se deseen. Dudo, asimismo, que los médicos que tienen la idea de que el aborto y la eutanasia tienen lugar en determinadas circunstancias se perturben por las razones que aducen otros colegas en contra de esos procedimientos. Nadie ha asesinado a médicos que se oponen al aborto ni hay doctores encarcelados por considerar que la eutanasia es demoniaca. Lo contrario, en cambio, sí ha sucedido.

El corazón de la intolerancia late en esos dogmas fundamentalistas y, por supuesto, tiene el peligro de diseminarse ilimitadamente. Son muchas las redes que unen a quienes consideran que Darwin estaba equivocado con quienes rechazan la clonación terapéutica o la posibilidad de abortar, incluso, en el caso de menores de edad que fueron violadas.

La única forma de lidiar contra la intolerancia es por medio de la tolerancia. La primera carece de límites y eso la convierte en una presencia que se reproduce sin cesar y que amenaza la estabilidad de muchos tejidos sociales, no sólo desde el punto de vista de la educación, sino del mundo como tal. Buena parte de las heridas de la geografía contemporánea que sangra sin cesar proviene de las dagas de esa intolerancia, que, además, suele contar con las bonanzas que otorga el dinero. La palabra intolerancia no pueda tener matices diferentes para "los presos" torturados en Guantánamo que para los deudos de los civiles asesinados en las calles de Irak, ya sea por la intolerancia de Hussein o por la de Bush.

Hace pocos días un juez de Pensilvania prohibió enseñar en la escuela pública la teoría del diseño inteligente. La prohibió apoyado en la idea de que es inconstitucional y que no tiene cabida en los programas de biología. La censura es razonable, pues no excluye que ese ideario se difunda en otros sitios. No es Darwin quien amenaza las creencias religiosas de los ultras, ni son los médicos que entienden que el aborto puede ser una opción, ni son los pensadores que consideraron que Terry Schiavo tenía derecho a morir, ni son las personas que se oponen a la pena de muerte en Estados Unidos los responsables de poner en entredicho la paz social. No, la intolerancia no nace en ellos: nace en los grupos fundamentalistas que quieren imponer a toda costa su filosofía. Cueste lo que cueste. Menuda contradicción.

La Jornada, 04/01/06