Joan Barril: El jersey de Evo

Joan Barril: El jersey de Evo

Cada vez que veo el anuncio de ese tipo de Hugo Boss que sale de la ducha y se viste con un magnífico traje oscuro y una camisa elegantísima pienso en los muchos años en los que como niño mimado esperaba la ropa limpia y doblada a los pies de mi cama. Incluso durante mis primeros años de casado una broma doméstica con mi joven esposa consistía en decirle: "¿Qué ropita me pongo?". El diminutivo referido a la ropa era una manera de dar un poco de humor al dramatismo del vestuario. Nunca he sido como Petronio, "arbiter elegantiarum", ni tampoco como lord Brummel en la Inglaterra del XIX. Gracias a amigas y a amigos que me regalan zapatos y atuendos, he conseguido ir por la vida imitando a Machado, aquel poeta que decía "conocéis mi triste aliño indumentario".

Pero de pronto me he sentido más acompañado. Evo Morales, que si el ángel de la guarda existe será proclamado presidente de Bolivia, ha llegado a España y me ha enternecido. El futuro presidente Morales no tiene a nadie a quién preguntarle: "¿Qué ropita me pongo?". Hacía frío en el altiplano boliviano y el hombre se subió al avión con su jersey a rayas, llegó a Madrid y le preguntó a Zapatero si era en realidad Zapatero. El presidente español no tuvo ninguna duda de encontrarse ante el líder campesino de Bolivia: su jersey le delataba. Y de tal guisa fue a ver al rey de España, traje gris y colorines de campesino. Evo Morales ha demostrado que no es el hábito el que hace al monje ni es el terno el que hace al presidente. Un jersey a rayas es, para el futuro presidente Morales, un uniforme de la diversidad doliente de un Tercer Mundo que quiere que el mundo le reconozca. Los dictadores africanos lo primero que hacen cuando llegan al poder es vestirse a la europea. Pero la ropa es, para algunos personajes, una manera de enfrentarse al mundo. El sincorbatismo resistente de Antoni Gutiérrez Díaz en el Gobierno de Tarradellas o la aparente informalidad de Josep Bargalló son un manifiesto textil. Como lo es la guerrera de Fidel Castro, el traje regional de Rigoberta Menchú, la falda escocesa de Carlos de Inglaterra, el pasamontañas de Marcos, la kufia de los gobernantes árabes, la capa del presidente afgano Hamid Karzai o las rastas del ministro de cultura brasileño Gilberto Gil.

No es nada extraño. También Aznar se quitó la americana mientras paseaba con los Reyes por La Habana y en algún museo de la transición española debe encontrarse la americana de pana de Felipe González. Evo Morales ha ido un poco más allá y ha querido lucir en la lana de su jersey de mercadillo la piel de su gente. Tal vez estas conferencias de estadistas en la cumbre deberían celebrarse a puerta cerrada. Entonces los gobernantes dejarían sus ropas en el vestidor y, cubiertos con una hoja de parra, discutirían de sus cosas con la confianza de hablar a calzón quitado y se sentirían iguales entre iguales, sin más poder que el resto de la gente. Evo Morales no ha llegado desnudo, pero su jersey ha sido una bandera valiente. Si tiene ocasión de sobrevivir a los que esperan eliminarle, que no olvide jamás que ese jersey no es un vestido del cuerpo sino del alma.

El Periódico, 06/01/06