Panorama científico: Ciencia, mentiras y dinero

Panorama científico: Ciencia, mentiras y dinero
De la promesa al fraude
El escándalo protagonizado por Hwang Woo Suk, cuando se descubrió que su investigación sobre la clonación terapéutica había sido fraguada, dejó al descubierto las tensiones en el escenario científico.

Cuando esta semana el comité de la Universidad de Seúl que investigaba el trabajo sobre clonación terapéutica dirigido por el científico coreano Hwang Woo Suk anunció que no había pruebas de que hubieran desarrollado células madre a partir del material genético de pacientes, quedó un único logro fuera de duda: la clonación de un perro afgano, Snuppy.

El dictamen confirmaba que los dos artículos publicados en la respetada revista Science en 2004 y 2005 sobre clonación de células humanas formaban parte, en realidad, de un elaborado fraude destinado a alimentar una carrera heroica, encumbrada a fuerza de votos humanitarios, orgullo nacionalista y brillantes expectativas financieras. El informe confirmaba también una acusación previa, pero que apenas había afectado a la imagen del científico coreano: que se había valido de medios no éticos para obtener los óvulos necesarios para sus experimentos y que había utilizado un número muy superior al informado: fueron más de 2000 y no alrededor de 400.

La cura de diabéticos, enfermos de Parkinson y paralíticos, o, en términos más generales, la obtención de tejidos -hechos a la medida del paciente- para reparar o reemplazar cualquier órgano enfermo: tales son las últimas promesas de la medicina regenerativa, cuya herramienta privilegiada parecía ser la clonación terapéutica.

No por ahora, dice el informe de la Universidad de Seúl. Con su dictamen, caen o se demoran muchas expectativas médicas. Pero también muchas expectativas financieras.

La mentira de Hwang, con sus especificidades técnicas y su aparente carácter local, en realidad deja en evidencia las contradicciones de un escenario en el que coexisten el altruismo de investigar para mejorar las perspectivas de vida de la población y una compleja trama de intereses. En última instancia, el episodio desnuda el conflictivo contexto en el que se hace en el presente la gran ciencia, la de los grandes presupuestos y las curas inéditas, que cotiza en bolsa mientras se habla en los medios del bien de la humanidad; la ciencia para la que revelar un nuevo conocimiento -siguiendo el mandato de "publicar o perecer"- no es un fin en sí mismo, sino un medio para acceder a lo que importa: inversiones.

Algunas precisiones son necesarias. La clonación terapéutica es una técnica basada en la producción de un embrión a partir de la transferencia del núcleo de una célula adulta a un óvulo. Se produce así un embrión clon, que nunca pasará de los primeros días de desarrollo. En lugar de ser transferido a un útero -donde seguiría su camino hasta convertirse en un bebe-, sus células son colocadas en un medio de cultivo. Si se estabilizan, se dice que se logró una línea de células madre embrionarias, capaces potencialmente de dar origen a cualquier tejido del organismo. Más importante: los tejidos que se logren a partir de ellas son perfectamente compatibles con el paciente "clonado", ya que tienen su material genético.

Dos puntos críticos asoman en este tipo de trabajo: la creación de un embrión para ser utilizado como materia prima, y la necesidad de disponer de óvulos. A diferencia de la obtención de esperma, la extracción de óvulos no está exenta de riesgos, ya que implica un procedimiento invasivo. Incluso existe un pequeño riesgo de muerte.

En marzo de 2004, en Science, Hwang había comunicado su logro de crear una línea de células madres embrionarias a partir de 242 óvulos donados. El primer trabajo de Hwang, sin embargo, era insuficiente: la cantidad de óvulos utilizados hablaba de una técnica muy ineficiente. Además, se habían utilizado óvulos de la propia mujer clonada, lo que ponía en duda que la técnica pudiera usarse para tratar a hombres, o a mujeres fuera de su edad fértil. Por eso su segundo trabajo, publicado en mayo de 2005 también en Science, fue celebrado como un hito. Hwang y su equipo -al que se había integrado un prestigioso investigador norteamericano de la Universidad de Pittsburg, Gerald Schatten? informaban que habían logrado 11 líneas de células madres embrionarias utilizando sólo 185 óvulos. Y algo más importante: las líneas estaban hechas, supuestamente, a la medida de nueve pacientes con problemas tales como daños en la médula espinal, diabetes y una grave enfermedad del sistema inmunitario. La clonación terapéutica parecía una realidad.

La guerra de las patentes

Los promisorios resultados comunicados por Hwang lo convirtieron en un héroe en Corea, con un estipendio anual de 3 millones de dólares y el calificativo de "científico supremo" de la nación. Se inició una campaña -"grotesca y bizarra", según una feminista local- para conseguir óvulos donados. También se puso en marcha una impresionante maquinaria científico-financiera: en octubre pasado se anunció la creación de una Fundación Mundial de Células Madre, donde se esperaba crear unas cien líneas celulares por año.

Con base en la Universidad de Seúl y filiales en San Francisco y el Reino Unido -de donde llegarían óvulos y financiación-, esta fundación internacional representaba para los norteamericanos la posibilidad de sortear las restricciones del presidente George W. Bush al trabajo con embriones, que impiden el uso de fondos federales en este tipo de investigaciones.

"Para avanzar, los científicos necesitamos un refugio seguro", justificó Schatten en declaraciones al New England Journal of Medicine. "Las implicancias legales y éticas son importantes, pero lo más importante es hacer descubrimientos que sean confirmados de manera independiente." Haciendo una comparación con la historia de los trasplantes de órganos, Schatten contaba con que la oposición a la clonación terapéutica se diluiría frente a los resultados médicos.

El gobierno coreano, que ya había otorgado 65 millones de dólares al laboratorio de Hwang, prometió otros 11 millones para este emprendimiento. Estos números, sin embargo, son migajas: dadas las expectativas generadas, es difícil estimar cuánto podría haber recaudado la fundación con el aporte de filántropos e inversores, o, más correctamente, de filántropos inversores, en particular provenientes de los Estados Unidos. Porque si hay en ese país un Bush que se opone a la investigación con embriones, también hay dos Reagan que la apoyan: Nancy y Ronald Junior, viuda e hijo del ex presidente norteamericano, que murió de Alzheimer. Ronald Junior definió la clonación terapéutica como un "kit personal de reparación biológica".

Sólo como referencia, en las elecciones de 2004 en el estado de California los ciudadanos votaron a favor de una enmienda, la Proposición 71, para otorgar 3.000 millones de dólares en diez años a la investigación con células madre, a través de la creación del Centro para la Medicina Regenerativa de California.

Y por si los fondos tardaran en llegar por cuestiones legales, Robert N. Klein -padre de un joven con diabetes y gestor de la iniciativa- estimaba que antes de marzo de 2006 podría recaudar unos 50 millones de dólares de particulares. En California hay muchos millonarios que temen el paso del tiempo. Entre ellos se cuenta el entrepreneur de los sistemas de audio Ray Dolby, que ya donó 5 millones.

Claro que las ganancias no serían sólo humanitarias: se estima que estas investigaciones podrían dar al estado de California ingresos por royalties de entre 500 y 1200 millones de dólares en 35 años.

¿Cómo se hace ciencia en la actualidad? La imagen del científico solitario, encerrado en su laboratorio haciéndose preguntas y tratando de responderlas para el bien de sus semejantes, utilizando recursos provenientes de fondos públicos -imagen tan cara a cierta retórica propagandística- no se corresponde con la realidad.

Si bien es verdad que la ciencia siempre estuvo ligada a intereses militares y económicos de las naciones, dos circunstancias recientes cambiaron sustancialmente el escenario. La primera es el ingreso masivo de fondos privados a la investigación en institutos y universidades. La segunda es la entrada de la ciencia en la bolsa. Las dos son consecuencia de la preocupación del gobierno norteamericano, a mediados de los setenta, por la caída de la productividad y de la competitividad de sus empresas en el mercado global, atribuida a la falta de innovación. El problema, como explicó Paul Gray, del Instituto Tecnológico de Massachussets, era la falta de transferencia: las innovaciones académicas no llegaban a la industria.

La administración de Jimmy Carter puso en marcha la maquinaria legislativa, que comenzaría a funcionar durante el gobierno de Ronald Reagan. En 1980 se sancionó el Acta de Transferencia de Tecnología de Stevenson-Wydler, pensada para facilitar la cooperación entre laboratorios públicos, universidades y grandes y pequeñas empresas. Ese mismo año, la Enmienda Bayh-Dole a las leyes de patentes otorgó a las universidades y centros de investigación la posibilidad de percibir derechos de propiedad intelectual por trabajos realizados con fondos públicos. Una tercera medida fundamental fue permitir, en 1986, que los científicos pudieran establecer acuerdos cooperativos con empresas para comercializar descubrimientos realizados con fondos públicos.

Las patentes en poder de universidades crecieron significativamente ya que, además, la legislación sobre propiedad intelectual acompañó estos cambios: en 1980 la Corte Suprema de los Estados Unidos otorgó la primera patente sobre un organismo vivo, una bacteria modificada genéticamente para degradar petróleo.

Prácticamente todo producto biológico acabó pudiendo ser patentado: desde un gen a un ratón. Era el inicio de la industria biotecnológica. Y de la presión internacional para que todos los países pagaran royalties. Como explica el investigador en temas de ciencia y sociedad Sheldon Krimsky: "Las patentes y la protección a la propiedad intelectual se convirtieron en la solución elegida para proteger la posición competitiva de los Estados Unidos en una economía global."

En este contexto, los científicos de todo el mundo se vieron sometidos a un nuevo mandato: además de buscar y difundir nuevos conocimientos -su tarea tradicional-, ahora debían también ser capaces de "usar ese conocimiento para el desarrollo de productos comercializables", como lo describe Krimsky.

Los países en desarrollo, en particular, enfrentaron enormes dificultades para adaptarse a estas nuevas reglas de juego. Corea fue uno de los que mostraron reflejos más rápidos -podría especularse con que la mentira de Hwang fue una "sobreadaptación", en términos psicoanalíticos-. En comparación, la Argentina despertó bastante tarde a esta nueva realidad: sólo recientemente se iniciaron esfuerzos sistemáticos para proteger la propiedad intelectual de los desarrollos locales.

Porque esta nueva obligación de patentar no llegaba sin recompensa: los principales accionistas de las nuevas empresas biotecnológicas eran los propios científicos. Herbert Boyer, creador de la técnica Cohen-Boyer de ADN recombinante -el primer procedimiento para transferir genes de un organismo a otro, recurso fundamental de la industria biotecnológica- fue el fundador de la empresa Genentech en 1976. Como tal, en apenas cinco años el valor de sus acciones sumaba 40 millones de dólares, mientras que su salario en la Universidad de California era de 50.000 dólares anuales.

Un ejemplo más reciente y más impresionante: la empresa Celera, fundada por el científico norteamericano Craig Venter para secuenciar el genoma humano privadamente. Su creación fue la "tormenta perfecta", según el consejero el inversiones Tom Jacobs. Cuando quedó claro que el método de secuenciamiento desarrollado por Venter era mucho más veloz que el que estaba usando el proyecto público y que Celera podría quedarse con las patentes sobre gran parte del genoma humano, las acciones subieron de 7,34 dólares en junio de 1999 a 247 dólares el 6 de marzo de 2000: 35 veces en 9 meses.

Después llegó el anuncio conjunto de los dos proyectos que hicieron Bill Clinton y Tony Blair en 2000 y la burbuja se desinfló: en junio de 2005 las acciones de Celera costaban 10 dólares. La empresa acumuló capital para trabajar durante cinco años, aunque muchos inversores quedaron en el camino. Pero, claro, de esto se trata al hablar de "capitales de riesgo".

Estos nuevos horizontes de financiamiento, en apariencia ilimitados, representan posibilidades y riesgos para la ciencia. Por supuesto, amplían significativamente los recursos disponibles. Pero, por otro lado, han introducido valores, procedimientos e intereses muy diferentes a los tradicionales de la comunidad científica.

Si el mandato para los investigadores ha sido siempre "publicar o perecer", las patentes introducen el secreto. Los resultados de las investigaciones con posible valor comercial no son publicados hasta ser protegidos por patentes: ¿dónde está el "comunitarismo" de la ciencia?

Por otra parte, surge el problema de los conflictos de interés, a veces con consecuencias dramáticas. Un caso revelador ha sido el del joven Jesse Gelsinger, quien murió durante un ensayo clínico de terapia génica en 1999. Las autoridades norteamericanas comprobaron que durante el ensayo se había violado el protocolo de investigación varias veces. Quizás no casualmente, el director del estudio era fundador de la empresa que tenía las patentes del tratamiento que se estaba probando.

Hwang fue despojado de su título honorífico y podría ser condenado a diez años de cárcel por mal uso de fondos públicos: sólo Snuppy -Seoul National University puppy: el cachorro de la Universidad de Seúl? quedó para defenderlo. Mientras, la carrera por la clonación terapéutica se reabre: hay grupos en Gran Bretaña, China y Estados Unidos, que aspiran a llevarse alguna redituable patente. Por el bien de la humanidad, por supuesto.

Por Ana María Vara

¿Cómo pudo suceder?

Los indicios del engaño de Hwang estaban al alcance de los expertos, pero nadie los tomó en serio. Ya en mayo de 2004 el journal británico Nature -rival del norteamericano Science- había señalado problemas en el modo de trabajo de Hwang: que algunos óvulos provenían de investigadoras del equipo -con lo que no eran donantes espontáneas, sino bajo presión- y que las líneas celulares obtenidas se guardaban lejos de las miradas indiscretas.

El prestigio de Hwang y de su socio norteamericano y el prestigio de la revista Science son dos razones que seguramente conspiraron contra el esclarecimiento. También, sin dudas, el reconocimiento del secreto industrial y las expectativas económicas, que nadie cuestiona porque forman parte del modo de funcionamiento del sistema.

Frente a este blindaje corporativo, no es sorprendente que la historia de cómo se llegó a la verdad incluya todos los ingredientes de un thriller: insiders, periodistas ambiciosos, cámaras ocultas y hasta amenazas. Que hayan sido científicos y periodistas coreanos quienes desbancaron al héroe nacional agrega al relato un matiz shakespeareano.

El dictamen final de la Universidad Nacional de Seúl -que incluye el detalle de que los óvulos utilizados por Hwang no fueron 427 sino 2.061, provenientes de 129 "donantes"- invalida las conclusiones más importantes: no se crearon células madre clonadas. Sí acepta que se obtuvieron embriones, que no superaron la etapa de blastocisto, un logro alcanzado también en 2005 por un grupo británico de la Universidad de Newcastle upon Tyne. Pero el informe no lo acusa de haber cometido fraude, tarea que queda para la investigación judicial.

¿Cómo pudo Science no advertir el engaño? En un comunicado oficial, Science anuncia una "revisión sistemática" del proceso de evaluación de los dos artículos, para detectar formas de mejorarlo. Entre otras medidas, podrían pedir a los futuros autores que detallen su contribución específica al trabajo -una precaución ya adoptada por otros journals- y que firmen una declaración asegurando que apoyan las conclusiones. De esta manera, se evitaría que la publicación fuera utilizada para compensar otros favores -donación de óvulos o prestigio prestado, como en el caso de Schatten-. De todas formas, advierten, es poco probable que la posibilidad del fraude sea eliminada: "la verdad en ciencia, en última instancia, depende de la confirmación."

"Un conocedor competente de una rama del saber experimental puede inventar totalmente resultados que pasen el escrutinio del árbitro más competente. La única validación de las comunicaciones científicas es la capacidad de otros de reproducir los resultados. Todos los aspectos de la ciencia están basados en la buena fe", explica el investigador argentino Patricio Garrahan, miembro del comité editorial de la revista Ciencia Hoy. "El principal control es a posteriori. El que miente sobre los resultados debería dejar de pertenecer a la comunidad científica", sostiene.

En el mismo sentido se pronuncia Lino Barañao, experto en clonación -asesoró a la empresa BioSidus en la creación de la vaca clonada Pampa Mansa- y presidente del directorio de la Agencia Nacional de Promoción Científica. Barañao, sin embargo, también advierte que en esta área de investigación "hay más patentes que publicaciones", lo que pone de manifiesto el interés económico del tema y las dificultades para el escrutinio de los resultados.

IntraMed, 15/01/06