Noam Chomsky: La ficción democrática de Irak

Noam Chomsky: La ficción democrática de Irak
La coalición debe retirarse, tal como lo desean los iraquís, en lugar de crear un régimen títere

El presidente George W. Bush ha afirmado que las elecciones del mes pasado en Irak han sido "un trascendental hito en la marcha hacia la democracia". Han sido, realmente, un hito. Pero no del tipo que habría agradado en Washington. Repasemos la historia. Cuando Bush y el primer ministro del Reino Unido, Tony Blair, ordenaron la invasión de ese país, su pretexto, reiterado con insistencia, era que Irak debía eliminar sus armas de destrucción masiva. Luego, al cabo de unos meses, la razón real de la invasión pasó a ser, con mucha rapidez, la misión mesiánica de Bush para llevar la democracia a Irak y a todo Oriente Próximo. Pero el camino de la democratización no es el de Estados Unidos que, en la práctica, ha intentado evitar unos comicios libres.

Ya las elecciones para la Asamblea constituyente, celebradas en enero del 2005, se realizaron debido a la resistencia no violenta de las masas, para las cuales el gran ayatolá Alí Sistani se convirtió en un símbolo. Ése fue un movimiento popular que nada tiene que ver con la insurgencia violenta.

Es difícil que un observador competente pudiese discrepar del editorial publicado poco después por el Financial Times, que reconoció que "la razón de que hubiese elecciones fue la insistencia del gran ayatolá Alí Sistani, quien vetó las maniobras de las autoridades de ocupación para archivarlas o diluirlas".

Si se toman en serio unas elecciones, eso significa que se presta algo de atención a la voluntad de la población. Y si un Ejército invasor la quiere conocer, la pregunta crucial es: "¿Nos quieren aquí?".

No falta información sobre cuál sería la respuesta. Una fuente importante es una encuesta del Ministerio de Defensa británico divulgada el agosto pasado y llevada a cabo por investigadores universitarios iraquís. Este sondeo estableció que un 82% de los iraquís estaban "totalmente en contra" de la presencia de soldados de la coalición y menos de un 1% creían que éstos habían contribuido a lograr alguna mejora en la seguridad. En noviembre, los analistas del Instituto Brookings de Washington informaron de que un 80% de los iraquís estaban a favor de una "retirada rápida" de los soldados norteamericanos. En lo principal, las demás fuentes coinciden.

Por lo tanto, los soldados de la coalición deben retirarse, tal como lo desea la población, en lugar de intentar de manera desesperada crear un régimen títere, con fuerzas militares que puedan controlar.

PERO Bush y Blair siguen negándose a establecer un calendario de retirada, limitándose a evacuar a algunos soldados a medida de que sus objetivos se vayan alcanzando. Hay una buena razón por la cual Estados Unidos no puede tolerar un Irak soberano y más o menos democrático. Se nos quiere hacer creer que Irak hubiera sido invadido igualmente si hubiese sido una isla en el océano Índico cuyo principal producto de exportación fuesen los pepinillos en vinagre. Pero, como resulta obvio para cualquiera que no esté comprometido con el partido gobernante en Estados Unidos, controlar Irak refuerza el poder sobre los recursos energéticos globales, lo que supone una palanca crucial en el control del mundo.

Supongamos que Irak se convierte en un país soberano y democrático. Imaginemos qué pautas políticas seguirá. La influencia predominante sería la de la población shií del sur, donde se hallan los mayores recursos petroleros del país. Esos sectores seguramente preferirán unas relaciones amistosas con Irán, nación de mayoría shií.

Los contactos ya son estrechos. La Brigada Badr, la milicia que controla la mayor parte del sur del país , fue adiestrada en Irán. Los clérigos, que cuentan con una gran influencia, tienen relaciones con Irán que vienen de largo. Eso incluye a Sistani, que nació en ese país. Y el Gobierno interino, de mayoría shií, ha comenzado a establecer relaciones económicas, y posiblemente militares, con Irán. Además, la región donde se halla la mayor parte del petróleo de Arabia Saudí resulta ser también de mayoría shií. Cualquier acción en favor de la independencia iraquí posiblemente aumentará los esfuerzos por obtener algún grado de autonomía también en ella.

El resultado podría ser una alianza que comprenda Irak, Irán y las principales regiones petroleras de Arabia Saudí, independiente de Washington y que controlaría la mayor parte de las reservas mundiales de crudo. No es inverosímil que un bloque de ese tipo siga el ejemplo de Irán y colabore con China y la India. Y China no puede ser intimidada. Por eso Estados Unidos está tan asustado por el régimen de Pekín.

China ya ha establecido relaciones con Irán. Existe una red de energía asiática, centrada en China y Rusia, pero que posiblemente atraerá a la India, a Corea y a otros. Si Irán se desplaza en esa dirección, podría convertirse en un factor vital de esa red energética. Irak y Arabia Saudí pueden ir detrás. Este guión puede convertirse en la peor pesadilla para Washington.

MIENTRAS, la Casa Blanca insiste en mantener las leyes antisindicales de Sadam Husein, pero el movimiento de los trabajadores sigue organizándose, aunque sus militantes son asesinados. Nadie sabe por quién: quizá insurgentes, quizá exmiembros del partido Baaz, quizá representantes de algún otro sector. Pero esos activistas persisten. Constituyen una de las principales fuerzas democráticas que tienen profundas raíces en la historia de Irak.

Éstas pueden resurgir, para el horror de las fuerzas de ocupación. ¿Cómo reaccionarán los occidentales? ¿Intentarán impedir la democracia y la soberanía o se pondrán del lado del pueblo iraquí?

El Periódico, 15/01/06