Eulàlia Solé: Vidas sin valor

Eulàlia Solé: Vidas sin valor

Unas personas se mueven sin cuita por una calle pakistaní cuando de pronto un ataque con cohetes les envía una carga mortífera y 18 de ellas pierden la vida. La mayoría civiles, entre ellos niños, y mueren porque una maquinaria todopoderosa pretende acabar con un terrorista. Ni siquiera se consigue este objetivo, aunque de hecho nada puede agravar aún más el cambalache de vidas. No importaba cuántas vidas, las que fueran, como precio para triunfar en el empeño. Al fin y al cabo se trataba de gente sin nombre, sin patrimonio importante, sin peso alguno en el engranaje global. Será debido a estas circunstancias por lo que Condoleezza Rice, secretaria de Estado de EE.UU., no ha pedido disculpas por la acción de su Gobierno; es más, ni tan sólo la ha lamentado.

Los derechos humanos se respetan o no se respetan. No es extraño que el Gobierno que se arroga la potestad de declarar la guerra cuando le place sea el mismo que mantiene la pena de muerte en la mayoría de los estados que componen el país, este que se adjudica el calificativo de avanzado.

Una parte de la humanidad se ha civilizado lo suficiente para establecer que en su territorio no es legal matar a nadie, ni siquiera a un delincuente. En Europa, sólo Bielorrusia admite la pena capital. En cuanto a EE.UU., había sido derogada, pero en 1976 resucitó en 38 de sus 50 estados. Dicen las estadísticas que la mitad de los estadounidenses aboga por ejecutar en lugar de encerrar a perpetuidad. No se conoce bien por qué. Si fuera por razones económicas, podría solventarse poniendo a trabajar al preso. De todas maneras, es terrible imaginar que se puede enviar a morir por no dar un plato de lentejas. Mejor atribuirlo a desdén y soberbia, la de creerse dioses.

EE.UU. se alinea así con países tan atrasados en derechos humanos como China, Arabia Saudí o el mismo Irán. Y entre los hombres que ajustician sin piedad destaca Arnold Schwarzenegger, gobernador que está haciendo de California un lugar más famoso por las ejecuciones de reos que por la filmación de películas. Y algo semejante le ocurre como persona, ya que de actor popular ha pasado a que sus compatriotas retiren su nombre del estadio de fútbol de la ciudad austriaca de Graz.

Sin embargo, no hay que fijarse sólo en los arrogantes e insensibles. En EE.UU. crecen las protestas contra la pena máxima, en tanto que el número de ejecuciones desciende desde el año 1998, habiendo pasado de 1.999 muertes a 57 en el 2005. Por otra parte, entre los estados que aceptan la pena capital, hay cinco en los que no se aplica desde que el Gobierno la reinstauró. Esto ocurrió hace 30 años, siendo presidente el republicano Gerald Ford, y habría que preguntarse los motivos. Está comprobado que esta amenaza no disuade de cometer crímenes. ¿Consiste, pues, en alimentar instintos primarios, como sucedía con las ejecuciones públicas llevadas a cabo siglos atrás? Tendríamos que creer que la civilización occidental ha superado esta etapa, pero tal parece que no es así. No se trata sólo de que se pueden cometer errores judiciales, sino del concepto de considerarse ungido para eliminar a otra persona.

Eulalia Solé, socióloga y escritora

La Vanguardia, 20/01/06