El crepúsculo de la era social

El crepúsculo de la era social
La reivindicación de los derechos culturales se impone en el nuevo mundo globalizado

La incendiaria revuelta de los jóvenes desheredados de las banlieues de Francia ha dado la razón al sociólogo Alain Touraine, quien hace solo un año teorizó con proverbial lucidez sobre el fin de lo social y la afirmación del individuo en clave cultural, forzado a intentar constituirse en sujeto agente de su propia vida para poder sobrevivir en el marasmo global. Esta tesis, expuesta en su último ensayo Le nouveau paradigme,ha cobrado inusitada dimensión tras el áspero otoño francés y ha aterrizado en el tenso debate interno español con la aparición de la obra en castellano, a caballo de los sucesos acaecidos al norte de los Pirineos.

El profesor Touraine, explorador incansable de las prácticas sociales, desarrolla en su obra las claves que explican el cambio de paradigma en la representación de la vida colectiva y personal, la consumación del tránsito de un lenguajesocial sobre la vida colectiva a un lenguaje cultural."El punto de partida -concluye como premisa-es la globalización, concebida no sólo como la mundialización de la producción y los intercambios, sino, sobre todo, como una forma extrema del capitalismo, como separación completa de la economía y las demás instituciones, particularmente sociales y políticas, que ya no pueden controlarla". El rastro de este escenario humea sin duda entre las brasas de la revuelta, que en realidad ha sido una expresión local y episódica de las complejas mutaciones que se están desarrollando en la sociedad occidental.

Touraine sostiene que todas las observaciones sobre el nuevo paradigma que en su opinión rige y explica el mundo actual convergen en el mismo punto: "La caída y desaparición del universo que hemos denominado social, juicio que no debe sorprender puesto que millones de personas deploran la ruptura de los lazos sociales y el triunfo de un individualismo desorganizador". El sociólogo francés parte del hecho consumado de la "destrucción de todas las categorías sociales, desde las clases sociales y los movimientos sociales hasta las instituciones o agentes de socialización,nombre que se ha dado a la escuela y la familia al definir la educación como factor de socialización". La revuelta juvenil de banlieues ha sido de algun modo la abrupta afloración y puesta en escena de los graves conflictos y tensiones que anidan en este formidable proceso de desestructuración y fragmentación de la antigua sociedad.

El debate sobre las causas del áspero otoño urbano francés ilustra el derrumbamiento de las categorías sociales de análisis y acción provocado por la globalización, ya que nadie ha podido explicar de modo convincente en términos estrictamente socioeconómicos los acontecimientos de Francia, país donde los movimientos sociales tienen desde hace siglos una probada vocación premonitoria. Al fin y al cabo, la interpretación y organización de la realidad social en términos políticos -o sea, el paradigma político-culminó precisamente con la Revolución francesa y el nacimiento del Estado moderno, hasta que, con posterioridad, la revolución industrial y el capitalismo se constituyeron en la base de la organización colectiva y dieron paso al paradigma económico y social. "Dos siglos después del triunfo de la economía sobre la política, las categorías sociales se han vuelto confusas y dejan en la sombra gran parte de nuestra experiencia vivida", escribe Alain Touraine al argumentar la necesidad de una nueva interpretación del mundo. "Los problemas culturales han adquirido tal importancia, que el pensamiento social debe organizarse en torno a ellos", afirma el profesor Touraine, alma de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales (EHESS) de París.

El ensayo del sociólogo francés, que a sus ochenta años prosigue su labor de dar forma teórica a los grandes cambios sociales, se estructura en dos apartados: el primero analiza el fin de lo social y todos los fenómenos de descomposición social o desocialización producidos en los últimos tiempos; el segundo aborda el nuevo escenario en el que "todos hablamos de nosotros en términos culturales" y abunda en las dos nociones esenciales que vertebran el nuevo paradigma: el individuo como sujeto y los derechos culturales. Touraine subraya que desde los años sesenta la lucha de clases ha dejado de ser definitivamente el motor de la historia y hoy la cuestión es la convivencia entre culturas distintas y la armonía entre la identidad cultural y los derechos individuales. La desafección hacia los partidos y sindicatos tradicionales ilustra los desajustes provocados por la convulsión de las pautas y referentes sociales.

Más allá del gregarismo litúrgico de la quema de vehículos, los airados jóvenes de las banlieues clamaban por su reconocimiento como individuos de pleno derecho y sujetos con su propia particularidad identitaria y cultural. El otoño francés no sólo corrobora la tesis de la necesidad de un nuevo paradigma para entender el mundo, sino que lo ilustra con la contundencia de los hechos.

La Vanguardia, 23/01/06