Juan Gelman: 518.739

Juan Gelman: 518.739

El número de militares norteamericanos que participaron en la guerra contra Irak de 1990-91 y que hoy padecen el llamado “síndrome del Golfo” es exactamente ése: 518.739 (Preventive Psychiatry E-Newsletter Nº 169, 21-12-05). En las tres semanas que duró ese conflicto bélico apenas 467 efectivos estadounidenses resultaron heridos. De los que retornaron, 11 mil han muerto de enfermedades varias de las que el síndrome da cuenta. Arthur Bernklau, director ejecutivo de Veteranos por la Constitución, señaló que un 56 por ciento de los que volvieron entonces sufría “algún tipo de problema médico crónico” en el año 2000, una década después. Se trata de una proporción más que extraordinaria, tomando en cuenta que esa tasa fue del 5 por ciento promedio como consecuencia de las guerras bélicos del siglo pasado, aunque llegó al doble en Vietnam (San Francisco Bay View, 21-1-06).

Las tropas de EE.UU. utilizan, precisamente desde la Guerra del Golfo I, armamentos con uranio empobrecido (UE) –el desecho del proceso de enriquecimiento del uranio que se emplea en los reactores nucleares– y ése es el origen del síndrome. El Pentágono lo niega, claro. Es que las balas o bombas con UE “son ideales para penetrar blindados... estos sólidos proyectiles de metal gozan de la velocidad, la masa y las propiedades físicas que permiten un rendimiento excepcionalmente alto contra los blancos blindados” (Federation of American Scientists, Military Analysis Network, noviembre de 2002). También permite logros tristes.

Fuentes médicas locales o de visita en Irak han revelado que las taras congénitas y los cánceres de los niños del país se han multiplicado de 5 a 10 veces desde la Guerra del Golfo I y hasta por 30, en algunas zonas del sur. “Más del 50 por ciento de los pacientes de cáncer iraquíes son actualmente niños menores de 5 años... particularmente vulnerables porque acostumbran a jugar en áreas muy contaminadas con uranio empobrecido” (News-Miner, 21-1-06). Después de la explosión, el UE se fragmenta y buena parte se convierte en un polvillo que se deposita en la tierra o los vientos diseminan en el aire y el agua: ataca los pulmones y los huesos y, sobre todo, el ADN de las personas expuestas, provocando una serie de enfermedades mal definidas todavía. Su radiactividad se prolonga 4500 millones de años. Los efectos del uranio empobrecido no son nada pobres.

Los militares norteamericanos los trajeron a casa. Un estudio sobre la situación de 251 soldados que participaron en esa guerra mostró que el 67 por ciento de los hijos que procrearon –después de regresar– se asomaron al mundo con graves malformaciones congénitas. “Algunos nacieron sin piernas, sin brazos, sin determinados órganos, sin ojos, o con enfermedades sanguíneas y del sistema inmunológico”, señaló la notable científica estadounidenses Leuren Moret (Depleted uranium: Dirty bombs, dirty missiles, dirty bullets, flybynews.com, 30-8-04). Tampoco salieron indemnes sus madres: mujeres de 20 o 30 años de edad fueron dañadas por los depósitos de UE en el semen de sus parejas y no pocas debieron someterse a una histerectomía. Antes habían tenido hijos normales, los únicos sanos de la familia ahora.

Las fuerzas armadas de EE.UU. usan esa clase de proyectiles en ciudades densamente pobladas como Bagdad y Basora. Según cálculos conservadores, emplearon, al menos, 300 toneladas de UE en la Guerra del Golfo I y 1700 toneladas hasta ahora en la II –es decir, unos 70 gramos de veneno radiactivo por habitante iraquí– sembrando muerte hoy y muerte por venir. Tal vez sea la forma que la Casa Blanca eligió para que se encuentren finalmente armas nucleares en Irak. No sin costo para las tropas norteamericanas: un estudio reveló que 8 de 20 soldados de una unidad que participó en la invasión del 2003 presentaron el síndrome del Golfo 16 meses después (shininglight.us, 22-1-06). El 40 por ciento, vamos.

El Pentágono insiste en que el UE carece de toxicidad, pero el informe de la Dra. Moret no deja dudas al respecto: los 20 efectivos examinados sólo recibieron vacunas, que no causan cáncer que se sepa, y estuvieron expuestos al UE, pero nunca a pesticidas, productos químicos y otros agentes que podrían haber provocado sus males. Por lo demás, Washington viola la Carta de las Naciones Unidas y, al menos, seis convenciones internacionales de la que es Estado Parte al utilizar un material que la Comisión de Derechos Humanos de la ONU incluyó en el rubro “armas de destrucción masiva e indiscriminada”.

La escritora canadiense Mónica Jensen cita en Kiss the Boys Goodbye: How the United States Betrayed Its Own POW’s in Vietnam (William Stevenson Publisher, 1990) una frase memorable de Henry Kissinger: “Los militares sólo son animales torpes y estúpidos que se usan como instrumentos de la política exterior”. Será por eso que los “halcones-gallina” de la Casa Blanca siempre quisieron, y lograron, librarse de oler pólvora en un campo de batalla.

Página 12, 29/01/06