Arundhati Roy, la voz que no calla

Arundhati Roy, la voz que no calla
La escritora india explica su relación con la fama, el dinero y el activismo social.

La han querido convertir en un icono glamuroso del altermundialismo y de la crítica radical al sistema. Pero Arundhati Roy, la celebérrima autora de El dios de las pequeñas cosas (Anagrama, varias ediciones) ha huido siempre de los estereotipos y lo sigue haciendo. Sus diatribas contra el sistema de castas en la India o contra la política imperial de Estados Unidos no menguan. Al revés, su indignación parece crecer por momentos conforme se enfrenta a las grandes injusticias. Pero asimismo no ahorra críticas a algunas fuerzas alternativas de raíz tradicionalista que marginan a las mujeres o que rechazan a los homosexuales. Sus maestros son Nelson Mandela, Gandhi y Martin Luther King, los tres apóstoles de la no violencia del siglo XX. A ellos se aferra cuando participa en grandes movilizaciones como la habida durante años, y que aún continúa, en la India contra el embalsamiento del río Narmada, que ha inundado ya una gran extensión de terreno y que está desplazando a cientos de miles de personas. O su liderazgo durante las grandes manifestaciones de 2003 contra la guerra en Irak. Arundhati Roy no se calla, aunque sus adversarios, cuando no enemigos, no paran de crecer. Ni quiere ser la «famosa» antiglobalización ni formar parte de ese olimpo moderno de gente con éxito.

Usted me dijo una vez que la India necesitaba un Noam Chomsky y poco después me precisó que usted no se consideraba una activista. ¿Qué significa, pues, esa idea de tener un Chomsky en un contexto como el de India?

Hasta hace poco, todos creíamos que lo esencial era exponer hechos, hacer pública la información que tuviéramos, porque una vez la gente entendiera lo que estaba sucediendo, las cosas cambiarían. La conciencia del pueblo entraría en juego y todo se arreglaría. Lo vimos, en nuestra inocencia, como una cuestión de hacer pública la información. Pero sacar la historia a la luz no es más que una pequeña parte de la batalla. Por ejemplo, antes de las elecciones norteamericanas, la película de Michael Moore [Fahrenheit 9/11] estaba en los cines de todas las ciudades en Estados Unidos; era un documental basado en pruebas reales, no se trataba en absoluto de una expresión de pensamiento político radical, sino la exposición del escándalo político de la familia Bush, con pruebas, y aun así Bush volvió a ganar, con una mayoría aún mayor que en las elecciones anteriores. Los hechos están ahí. Personas como Noam Chomsky han hecho una enorme contribución, en ese sentido, pero ¿qué significa la información? ¿Qué son los hechos? Hay tanta información que casi toda pierde su sentido y su fuerza. ¿Dónde ha ido a parar? ¿Qué significa hoy el Foro Social Mundial? Son grandes cuestiones del momento. Al final, millones de personas se manifestaron contra la guerra de Irak. Pero la guerra siguió; la ocupación es completa. No quiero quitar importancia en absoluto al hecho de que revelar los hechos ha supuesto una gran movilización de la opinión pública contra la ocupación de Irak; ha hecho que los trapos sucios de Estados Unidos hayan salido a la calle, pero ¿ahora qué? Exponer las cosas es muy diferente a poder plantear una resistencia efectiva. Me interesa más saber si hay nuevas estrategias de resistencia. Debatir entre las estrategias de violencia y no-violencia…

Una opción es seguir investigando, aunque siempre está el peligro del estancamiento, de volverse dogmático o moralista, de perder el sentido del humor, las canciones. Llega un momento en que los activistas dejan de reírse. Como si los pobres no se rieran…

En eso tiene toda la razón. En India, especialmente, aunque no sólo, las pretensiones de superioridad moral son la maldición de los activistas o de los defensores del pueblo. También es consecuencia de una especie de poder que empiezas a acumular. Algunos activistas tienen una cantidad de poder injustificado sobre la población de sus «circunscripciones», reciben adulación, gratitud,yeso puede acabar subiéndose a la cabeza si no mantienes una actitud crítica y distante. Empiezan a comportarse como los demás políticos. Una persona como yo corre un grave riesgo de pensar que es más importante de lo que es en realidad. Porque la gente me pide cosas constantemente, quiere que intervenga en asuntos graves… Y por supuesto la intervención tiene un efecto momentáneo; empiezas a creer que tienes realmente poder para hacer algo. ¿Es cierto o no? Es difícil de decir. Al fin y al cabo, la fama también es una truculenta modalidad de capitalismo: puedes acumularla, invertirla y vivir de ella. Pero también puede asfixiarte, obstruirte los vasos sanguíneos del cerebro, aislarte, hacer que pierdas el contacto con la realidad. Te empuja hacia la superficie y te olvidas de mantener los pies en el suelo. Por eso creo que es importante retirarse de vez en cuando. Porque puedes acabar quedando atrapado en los hechos y los detalles y olvidarte de pensar conceptualmente, y eso es una especie de prisión. En mi caso, estoy dispuesta a escaparme de esa cárcel.

¿Quiere decir que hasta el anti-conformismo puede convertirse en una trampa conformista?

Existe el peligro, especialmente para un autor de ficción, de convertirse en alguien que hace lo que se espera de él. Yo podría acabar aburriéndome mortalmente. En India, el movimiento anti establishment puede ser muy conservador socialmente y puede ejercer una gran presión sobre ti para que te conviertas en algo que no tiene por qué ser necesariamente lo que quieres ser: quieren que te vistas de un modo particular, que seas virtuoso, que te sacrifiques; es una especie de extrapolación imaginaria y en muchos casos errónea de lo que la clase media presupone que quiere y espera «la gente», «las masas». Es algo que puede volverte loco. Hay muchas cosas que funcionan para abotargar, para lastrar el alma… para hundirte…

El intelectual Jean Paul Sartre decía que el dinero no debe dejar de circular. Solía gastarse todo el dinero en taxis, sin ningún objetivo. También en bebida. El dinero debería «eterizarse». Yo no estoy de acuerdo con el término «intelectual». Cualquiera con habilidad e inteligencia puede ser un intelectual. Un zapatero remendón es un intelectual.

No quiero elaborar definiciones. Es justo lo contrario de lo que hacen los novelistas. En realidad intentan liberar el pensamiento de esas definiciones. En cuanto al dinero, he intentado tomármelo con calma. A decir verdad, he intentado dar dinero, pero hasta eso es difícil de hacer. El dinero es como los residuos nucleares. Lo que hagas con él, dónde lo eches, los problemas que cree, lo que cambie… son cosas increíblemente complicadas. Y al final, puede estallarte en las narices. Yo habría sido más feliz con menos. Menos dinero, menos fama, menos presión. Odio la responsabilidad que en ocasiones me ha supuesto una obligación. Me pasé mis primeros años tomando decisiones que me permitieran evitar las responsabilidades; y ahora… La gente busca constantemente ídolos, héroes, malos, sirenas… en busca de individuos, en busca de ruido. Les sirve cualquiera en quien puedan fijar sus mediocres aspiraciones y sus confusas ideas. Cualquiera que tenga un éxito convencional y moderado se convierte en una celebridad. Se ha convertido casi en una especie de profesión –tenemos famosos profesionales–; quizá las universidades deberían empezar a ofrecer cursos. Es algo indiscriminado: puede ser Miss Universo, un escritor, o el protagonista de una ridícula teleserie: el requisito mínimo es el éxito. Hay un tipo particular de público que se me acerca con una sonrisa encantada sin importarles realmente quién soy: sólo saben que soy famosa; porque he ganado el premio Booker de literatura o porque soy la protagonista de una comedia grotesca; eso es lo de menos. En este desfile de monstruos, este espectáculo de celebridades, no hay espacio para la derrota o el fracaso. En cambio a mí, como escritora, el fracaso me interesa. El éxito es muy encorsetado y aburrido. Todo el mundo se esfuerza mucho por promocionarse.

Usted donó el importe del premio Booker a la NBA [Narmada Bachao Andolan, federación de grupos locales que se oponen a la presa de Narmada]. El importe del premio Sydney lo dio a grupos aborígenes. El de otro premio lo donó a 50 organizaciones que están haciendo una labor ejemplar. Las financió. Dio su dinero, bueno, no era dinero suyo, el dinero procedía de otra parte, pero lo cedió. Muy pocas personas hacen eso en el mundo. Nadie lo hace. De modo que no puede evitar que la sociedad la mire de un modo determinado.

Bueno, no lo he dado todo. Aún tengo más de lo que necesito. Si lo diera todo, podría convertirme en un tipo de persona que me aterra: «la que lo ha sacrificado todo» y que, sin duda, en algún momento del camino se cobrará un precio terrible de los que le rodean. Yo he aprendido que dar dinero puede servir de ayuda, pero también puede ser muy destructivo, por muy buena que sea la intención del que lo da. Es imposible saber siempre qué es lo correcto. Lo que hagas puede crear conflicto en lugares curiosos y sorprendentes. No siempre me siento cómoda con lo que hago con mi dinero. Hago de todo. Hago donaciones extravagantes. Lo gasto de forma extravagante. No le tengo ningún apego al dinero: me conforta, me preocupa, agradezco constantemente poder pagar mis facturas. Me tiene obsesionada su increíble capacidad de destrucción. Pero una cosa de la que me alegro es que no es heredado. Creo que el dinero heredado es una maldición.

¿Tanto?

Donar dinero es peligroso y complicado y, en cierto sentido, va en contra de mis convicciones políticas –yo no apoyo las políticas de beneficencia– pero, ¿qué puedo hacer? ¿Sentarme encima e ir acumulándolo? Muchas de las cosas que hago no me resultan cómodas, pero no veo un modo mejor de hacerlo: voy tirando. Es un problema peculiar, este problema del exceso, y resulta embarazoso incluso hablar deello en una tierra donde abundan tanto el dolor y la pobreza. Pero ahí está…

Una última pregunta: sobre el conflicto interior o si lo prefiere sobre las contradicciones. Sobre la coherencia de posiciones, compromisos, conocimiento. Posturas que dejan zonas de penumbra con las que se va lidiando.

Creo que todos vamos intentando abrirnos paso por la vida. La gente, los ideólogos que creen en una especie de redención, en alcanzar una sociedad perfecta, son temibles. Hitler y Stalin creían que, con una pequeña dosis de ingeniería social, con el asesinato en masa de unos cuantos millones de personas, podrían crear un mundo nuevo y perfecto. La idea de perfección en muchos casos ha sido en realidad precursora de genocidio. John Gray ha escrito bastante sobre el tema [politólogo, catedrático de la London School of Economics y autor de Las dos caras del liberalismo. Una nueva interpretación de la tolerancia. Paidós, 2001]. Pero, por otra parte, mostramos un plácido conformismo ante el karma que sin duda sienta muy bien a las clases y castas privilegiadas. Algunos de nosotros nos movemos en el espacio entre estos dos colosos intentando, aunque sea ocasionalmente, abrir pequeñas brechas de luz.

La mujer que no se permite ser infeliz

Nació en 1961 en la provincia india de Bengala y creció en una comunidad sirio-cristiana de Kerala. No fue a la escuela hasta que tuvo 10 años y lo hizo en un centro educativo fundado por su madre, una mujer independiente, divorciada en una sociedad fuertemente tradicional, que le enseñó a abrirse paso con determinación. Y Arundhati Roy aprendió bien la lección. Nunca se ha permitido ir de víctima ni ha cedido a la tentación de la infelicidad. Estudió arquitectura, trabajó de instructora de aeróbic y vendió zumos en la playa hasta emigrar a Delhi, donde sobrevivió con las 500 rupias que le dieron por empeñar un anillo. Allí empezó otra vida. Durante cuatro años y medio estuvo trabajando (de 9a15 h) en la novela que le dio fama mundial y dinero: El dios de las pequeñas cosas, que ganó el prestigioso premio Booker en 1997. Hoy está traducido a más de 40 idiomas y lleva vendidos millones de ejemplares. Pero ni la fama, ni su belleza ni el dinero han podido con su rebeldía y su fe en la felicidad.

La ciudadana Arundhati Roy

El hermoso valle del río Narmada está cambiando ante los ojos asombrados y asustados de sus habitantes. A finales de los años 80 se programaron para encauzar sus aguas y generar electricidad 30 grandes presas, 135 medianas y 3.000 pequeños embalses, que obligan a realojar a millones de personas, la mayoría campesinos y adivasi (miembros de las tribus originarias de la India). El proyecto ha continuado pese a la oposición masiva a este despropósito, una oposición que ha encontrado en Arundhati Roy su voz. Es una de las facetas de esta escritora que no ve diferencias en los dos aspectos de su vida: la literaria y la militante que escribe claros y polémicos artículos sobre la actualidad. «Nunca hago algo por ser una celebridad –asegura–. Lo hago por ser una ciudadana».

Integral, 01/02/06