Guillermo Jaim Etcheverry: ¿Qué universidad necesita la Argentina?

Guillermo Jaim Etcheverry: ¿Qué universidad necesita la Argentina?

No resulta tarea sencilla intentar responder en tan breve espacio un interrogante de la trascendencia y complejidad del que se formula. Para comenzar habría que preguntarse si la Argentina necesita universidad. Aunque resulte ocioso, tal vez convenga reiterar la importancia central de las universidades para el desarrollo social. Lo ha expresado muy bien el escritor Luis Britto García cuando afirmó: “El lugar que una sociedad asigna a sus universidades coincide misteriosamente con el que esa sociedad ocupa en el mundo.”

Para enmarcar algunas reflexiones – necesariamente esquemáticas – acerca de la situación actual de la universidad, resulta oportuno aproximarse, aunque más no sea brevemente, a sus fines. Hoy nos interrogamos si la universidad es una institución destinada a la formación profesional para satisfacer las demandas de un mercado laboral en transformación; si su objetivo prioritario es la producción de conocimiento de avanzada; si debería seguir cumpliendo la función de introducir a la cultura e insertar en problemáticas más amplias a los jóvenes dirigentes; si está llamada a influir más directamente en la evolución social.

Posiblemente el núcleo de esta discusión acerca de la función social de la universidad consista en determinar si la institución debe adaptarse a la sociedad o si ésta debe hacerlo a la universidad. Parecen contraponerse dos concepciones que, en realidad, se articulan, complementándose. De lo que se trata no es sólo de modernizar la cultura universitaria, sino también de culturizar la modernidad social. Es que la universidad tiene la función irrenunciable de cultivar y proponer hacia afuera ciertos valores que le son propios. Su misión hoy es civilizar el nuevo milenio y, para lograrlo, es preciso que emprendamos un esfuerzo destinado a convencer a la sociedad de que la educación encierra valores propios y que no es solo la clave de valores económicos.

Debemos reconocer que la Argentina está lejos de asignar ese papel de liderazgo a sus instituciones de educación superior. Ello se pone claramente de manifiesto en la magnitud de los fondos que el Estado asigna para su funcionamiento. Si bien es evidente que en los últimos tiempos se advierte una clara y auspiciosa preocupación por incrementar el apoyo a la ciencia y a la educación en todos sus niveles, debemos convencer a la sociedad argentina de que resulta preciso animarse a dar un osado salto hacia el futuro, duplicando o triplicando la inversión educativa, como lo han hecho los pueblos que avanzan. La gravedad de nuestra situación queda demostrada con elocuencia por la comprobación de que una sola universidad del Brasil, la de San Pablo, recibe del Estado un presupuesto que representa la mitad del que la Argentina asigna a sus 38 universidades nacionales. En un mundo en el que los investigadores y docentes pueden desplazarse sin dificultades, es ilusorio pensar que tendremos buena ciencia y buenas universidades sin realizar una generosa inversión. Es un espejismo imaginar que tendremos una universidad seria y competitiva – y, por lo tanto una sociedad que comparta esas características – sin docentes dedicados a la tarea de investigar y enseñar recibiendo una retribución decente, sin bibliotecas actualizadas y laboratorios bien provistos, sin estudiantes motivados, capaces y apoyados, sin personal entrenado y sin ámbitos apropiados para el trabajo.

El hecho de tener que enfrentar serias restricciones económicas, está impulsando a las universidades a emprender cualquier tarea que les permita sobrevivir. La ideología de la década de 1990 causó estragos en muchos de los protagonistas de la vida de nuestras universidades, que recurren a lo inimaginable para subsistir. Desde competir con los profesionales que forman hasta enseñar tango, todo resulta válido en la lucha feroz por hacerse de algunos fondos. Se enseñorea en nuestras universidades un canibalismo suicida, una lucha egoísta de todos contra todos, reflejo a su vez de una alarmante mediocrización de nuestras clases dirigentes. Se pierde de vista el sentido último de la universidad que, en su realidad cotidiana sigue debilitada pero milagrosamente activa, desvinculada de sus instancias de gobierno empeñadas en la mezquina contienda por un poder inexistente.

Como también nos han despojado de la perspectiva histórica, olvidamos que, en su esencia, la universidad es una institución de “ideas”: una creación europea que surgió como expresión formal de la convicción acerca del poder transformador, revolucionario, que tienen las ideas. Al declinar la trascendencia social de las ideas, la universidad decae como espacio que las representa. Vivimos en un mundo que es cada día más de cosas que de ideas, y por eso, la amenaza externa a la universidad está representada hoy por el impulso a cosificarse, la tentación de convertirse exclusivamente en parte del mundo de las cosas – en alguna medida siempre lo será – renunciando a su misión básica de crear conocimiento, cultivando el pensamiento que funda la praxis y de transmitirlo a las nuevas generaciones. Signos de ese peligro son las características actuales de la formación, la especialización precoz, un claro debilitamiento del rigor científico a pesar de lo que se declama, el desinterés por todo aquello que no se considera económicamente útil. Nos asedian los valores que prevalecen en el conjunto social y, lo que es más grave, convencidos, nos mimetizamos con ellos y salimos en su defensa.

Tal vez una de las características que mejor define la situación de la universidad actual sea esta acelerada incorporación a la lógica empresarial y comercial que hoy domina todas las esferas del quehacer humano. Se instala con fuerza avasalladora la concepción que, para justificar su existencia, la universidad debe exhibir resultados mensurables y comercializables. De allí que se apliquen a la institución y a sus “productos” los mismos criterios con los que se juzga la productividad y la eficiencia de las empresas que trafican bienes, en este caso la educación.

La lógica empresarial dominante ha conquistado de manera acelerada un territorio que, hasta no hace mucho, estaba ligado a valores culturales y académicos y no a los puramente materiales y comerciales. Parecería que no se advierte que resulta imposible aplicar la lógica de las empresas a un “producto” tan difícil de definir como “un estudiante educado”, un “profesor talentoso” o un “conocimiento significativo”.

El análisis de cualquier aspecto de la actividad universitaria actual, descubre ese tránsito acelerado hacia la comercialización. Las universidades se ven forzadas y estimuladas a intentar “venderse” de una manera atractiva para las corporaciones, insistiendo en la “relevancia económica” que tiene la tarea que en ellas se lleva a cabo. Con frecuencia se termina por realizar acciones e investigaciones que solo son importantes para esos negocios.

Desesperadas por conseguir fondos, las universidades estructuran carreras y cursos pensando en satisfacer las “necesidades de la empresa”. De este modo terminan imponiéndose los criterios de la gestión empresarial por sobre las actividades propias de la universidad. Se afirma la tendencia a establecer la calidad de los docentes en base a su “productividad”. Esta visión ha hecho surgir estructuras burocráticas de control propias de la “universidad empresa” pero absurdas para la “universidad cultural”. Al desarrollo y mantenimiento de esas estructuras se asignan fondos que, no pocas veces, superan a los que reciben las tareas consideradas hasta ahora como razón de ser de la universidad.

La acción de las modernas elites burocráticas, que están tomando aceleradamente el control de todas las actividades sociales – incluyendo las educativas, científicas y culturales – amenaza con dejar exánimes a nuestras débiles instituciones mediante la aplicación de criterios que poco tienen que ver con la realidad y tradición argentinas. Avanza aceleradamente el proyecto de generar entre nosotros "MacUniversidades" o "Universidades S.A.". Como dice el historiador Richard Hofstadter: “La mejor razón para apoyar la educación superior no reside en los servicios que esta puede prestar, por más vitales que sean, sino en los valores que representa. El sitio que ocupe la universidad dependerá de que sea valorada, no como un instrumento necesario para concretar fines externos a ella, sino como un fin en si mismo”.

El supuesto interés de los estudiantes, convertidos en clientes todopoderosos, está ejerciendo una influencia decisiva sobre la orientación de la labor universitaria. Ante el avance del credencialismo, no dudamos en extender certificados de todo tipo, en expandir los estudios de posgrado – arancelados – a costa de la secundarización de las carreras de grado. De esta manera, la universidad se convierte en un servicio más en la era de los servicios. Una más entre las empresas, persigue como principal objetivo la satisfacción de sus “clientes”, alumnos y potenciales proveedores de fondos. Si los clientes rehuyen las disciplinas que requieren mayor rigor y esfuerzo, no se duda en alivianar sus planes de estudio. Aceptamos vivir en la sociedad del conocimiento, siempre que este sea “light”.

Al entrar en el ocaso la idea de que la sociedad toda progresa cuando se eleva su nivel cultural, es lógico que se piense que quien ahora se concibe como beneficiario exclusivo de la universidad, el alumno, sea este quien afronte el pago de sus estudios. De la tradición de la educación como inversión social, estamos pasando a la concepción de que se trata de un beneficio personal. Esto hace que la contribución del estado a la educación universitaria sea vista como un factor de desigualdad, idea que reaparece con fuerza en periodos de grandes restricciones de los fondos afectados a las inversiones sociales.

En una etapa de programado descrédito de lo público, la universidad de gestión estatal – sobre la que recae el peso de la imprescindible investigación científica que define a la universidad – corre el riesgo de convertirse en “universidad de segunda” en un contexto en el que la gestión privada no está dispuesta a realizar las inversiones necesarias para conformar instituciones de “primera”. Es lógico anticipar que en la educación universitaria se operará el mismo fenómeno que ha llevado al desprestigio de la educación básica o media de gestión estatal, la mayor parte de las veces sin fundamento concreto.

En la nueva realidad creada por la constelación de altisonantes términos de moda, que adoptamos sin análisis, se destaca nítidamente la apelación a la "salida laboral". Si bien la inserción de los jóvenes en el mundo del trabajo constituye un objetivo importante de la educación, no debemos perder de vista que las grandes universidades del mundo pretenden formar “personas” completas, integrantes de una dirigencia social que comparta una visión de la complejidad del mundo. Lo hacen proporcionando a sus alumnos las herramientas intelectuales apropiadas para comprender los grandes cambios que hoy se producen velozmente y para intentar encauzar el destino social. Son esas cualidades, por otra parte, las que permiten que esos alumnos trabajen.

Con culpa, hoy se justifica a la educación como un instrumento útil para lograr otros fines: es buena para los negocios o para las carreras profesionales. Rara vez alguien dice que es buena para la persona. Esa mujer, ese hombre, son los encargados de transformar la realidad. No deberíamos perder de vista que estamos formando personas que, sin duda, además deben ser empleables.

Este desinterés por la dimensión humana de la tarea del educar, explica que las universidades estén cambiando hasta volverse irreconocibles. Solo si conseguimos reinstalar la idea que la educación pertenece a la esfera del ser y no a la del tener, podremos revertir la tendencia actual que busca convertir a la educación superior en un sector más del mercado de bienes y servicios, con la ingenua complicidad de muchos de nosotros.

Es evidente que, de continuar evolucionando en esta dirección, a las instituciones que conocíamos como universidades, de tales solo les quedará el nombre. No parece lejano el día en el que las universidades dejen de cultivar e inculcar los estándares morales y el rigor intelectual necesarios para mantener la cohesión de nuestra sociedad así como las aptitudes imprescindibles para la creación de conocimiento original mediante la investigación y la transformación de la realidad. Para ser dueños de nosotros mismos y también de nuestro futuro porque, como decía Whitehead, “la tarea de la universidad es la creación de futuro.”

En síntesis, aunque el problema de la relación de la universidad con la sociedad sea sumamente complejo, hay que resistirse a las tendencias que ganan hoy espacio impulsadas con vigor por los determinantes económicos del mercado. Es preciso confrontar a quienes sostienen que la universidad tiene que ser una parte más de ese mercado y que su único destino es aceptar dócilmente sus valores. No sólo estrecharemos la concepción que del mundo se forman los jóvenes sino que nos quedaremos sin ámbito para analizar críticamente la situación de ese mundo.

Cuando querramos identificar las palancas del cambio social sobre las que puede operar la universidad, no deberemos mirar afuera y lejos como ahora nos incitan a hacerlo. Bastará con volver nuestra atención hacia nuestras modestas aulas y laboratorios. El actor del cambio posible está allí: es la mente de nuestros jóvenes. A ellos deberemos proporcionar las herramientas intelectuales que les permitan trascender el injusto mundo de inmediatez en el que vivimos. Si los jóvenes no adquieren experiencia en el análisis crítico, en la percepción de lo que hoy sucede – experiencia que parecería poder dar sólo una universidad que sea tal y no la suerte de academia profesional en que se está convirtiendo entre nosotros – corremos el riesgo de perder nuestras reservas de capacidad, calidad y hasta de indignación humanas, esenciales para el análisis crítico y la transformación de la realidad.

Del modo como transitemos por el riesgoso desfiladero que supone enfrentar la necesidad de modernizar a la universidad sin adherir ciegamente a los criterios eficientistas del mercantilismo predominante, sin compartir el desprestigio suicida de lo público al que nos quieren sumar mediante el elogio, muchas veces injustificado, de lo privado y, sobre todo, sin dejarnos tentar por las expresiones vacías y grandilocuentes hoy de moda, depende no sólo el destino de la educación superior argentina sino, sobre todo, la supervivencia de nuestra amenazada cultura.

Palabras pronunciadas por el Rector de la Universidad de Buenos Aires, Guillermo Jaim Etcheverry, durante el “ciclo Politicas de estado para el desarrollo de la Argentina. Educacion” organizado por el diario Clarin con motivo del 60º aniversario de su fundacion. Buenos Aires, 17 de agosto de 2005.

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