Sami Näir: Dos guerras a la vez

Sami Näir: Dos guerras a la vez
Con la invasión de Irak se ha entrado en la doble batalla neocolonial y de las vivilizaciones

Hay pueblos que, no se sabe por qué aberrante ley de la historia, están condenados a sufrir. Hay verdugos que a menudo se benefician, por efecto de esta misma ley, de la impunidad de sus contemporáneos. Desde siempre, nos preguntamos por qué y cómo son posibles estas cosas. Para todo ser razonable, está claro que hoy vivimos un momento particularmente aberrante de la historia, en el corazón mismo de lo que se presenta como la panacea universal: la democracia. En nombre de la democracia, americanos e ingleses han invadido y desmantelado Irak, han provocado una guerra civil interreligiosa, han fomentado el racismo étnico entre comunidades con revanchas pendientes entre sí, han creado condiciones para que surgiera el terrorismo fundamentalista y, finalmente, han hecho de Al Qaeda una organización: héroes para unos centenares de millones de musulmanes humillados y ofendidos. En el nombre de la democracia, las tropas de ocupación en Irak han torturado en Abu Graib. Por no decir nada de esos centenares de prisioneros sunís librados al odio de las milicias shiís armadas por los ocupantes, que aterrorizan a todo el pueblo iraquí.

Es bien conocido que las tropas americanas en Irak están hechas de reclutas y voluntarios. Los reclutas parten hacia la guerra muertos de miedo. Muchos se oponen a esta matanza provocada por George Bush, por el vicepresidente Dick Cheney y por Paul Wolfowitz, el ideólogo de esta operación, ahora convertido en respetable presidente del Banco Mundial. Y los voluntarios, en general, son golfos o parados, delincuentes, y a menudo, prisioneros a los que se les ofrece un sueldo y una remisión de condena si aceptan servir durante algún tiempo en Irak.

FINALMENTE, están los mercenarios, empleados por el Ejército de EEUU, y también centenares de sociedades privadas que hacen negocios en Irak con la complicidad de los iraquís colaboracionistas de los ocupantes. El resto de las tropas de ocupación están para reforzar a las americanas, excepto las británicas, consideradas como coocupantes, invitadas a repartirse el contrato de la reconstrucción y el petróleo. Se ha querido presentar a las tropas británicas como "los buenos", los "conocedores" del mundo árabe, en contraposición a la bestial brutalidad de los americanos.

Pero el News of the World, un suplemento de The Sun, periódico de gran tirada en Gran Bretaña, acaba de dinamitar esa leyenda que no engañaba a nadie. El suplemento ha publicado fotos de un vídeo en el que se ve a soldados británicos azotar a jóvenes iraquís de menos de 15 años, con más de 42 golpes en menos de un minuto, en un campamento del Ejército británico. Este crimen se suma pues a los ya cometidos por los mismos británicos con torturas y abusos sexuales a prisioneros. Aunque denunciados, estos comportamientos ya no levantan ninguna indignación. Las autoridades de los países implicados declaran que van a investigar, pero no se sabe qué están haciendo, las torturas y los malos tratos siguen sucediéndose en la oscuridad, hasta la próxima revelación. Y Tony Blair no cesa de perorar sobre los beneficios de exportar por la fuerza la "democracia". El pueblo mártir iraquí no sabe ni cuándo ni cómo cesará esta sangrienta caída hacia el infierno.

Mientras, en Europa, unos caricaturistas extremistas la toman no contra estos verdugos, sino contra el profeta Mahoma, a quien representan con un turbante y bomba en mano. Libertad de expresión, de acuerdo. En Oriente Medio, y por todo el orbe musulmán, multitudes encolerizadas desfilan por las calles y en algunos lugares pasan a la acción. Se atacan embajadas, y el diario danés que publicó las caricaturas ve en estos actos la confirmación del fanatismo que atribuye al profeta.

Resumiendo, con la invasión de Irak se ha entrado en dos guerras a la vez: la de la rapiña neocolonial y la de las "civilizaciones", como deseaba tan neciamente Samuel Huntington. Dos guerras, una militar y otra cultural. ¿Me atreveré a afirmar que las dos fueron provocadas por potentes poderes de Occidente? ¿Estaré loco si añado que estas guerras sólo benefician, por un lado, a los ocupantes occidentales y, por otro, a los extremistas fanáticos, títeres de un integrismo religioso que va camino de triunfar en el mundo musulmán? ¿Quién cobra los dividendos de estas dos guerras? ¿Los defensores de un occidente laico dispuestos a morir por la libertad de expresión y el derecho de imponer la democracia por la fuerza? ¿Quién decidió que esta libertad se tenía que ejercer sin ningún freno, sin tener en cuenta la dignidad del prójimo? ¿Quién decidió que, por encima del derecho internacional y del respeto a la soberanía de los pueblos, estaba el principio democrático concebido por el imperio americano?

NO LO decidieron los millones de manifestantes que se opusieron a la invasión de Irak, y que hoy ven que sus peores temores se confirman. Ni tampoco las decenas de millones de árabes y de musulmanes que rechazan el integrismo, que quieren la democracia creada por ellos mismos y para ellos y que, hoy en día, ya no se atreven ni a abrir la boca por miedo a ser acusados, en sus países y por los más extremistas, de ser los cómplices de los que insultan al profeta y que ocupan Irak. ¿Y quién se frota las manos de alegría? Bin Laden. Puesto que lo que está pasando refuerza su discurso demagógico, según el cual Occidente aborrece al islam y a su profeta. Lo que es seguro es que los aprendices de brujo de la "injerencia democrática", los mediocres ideólogos de la guerra de las culturas y los integristas fanáticos van camino de ganar: ellos nos han abocado a una espiral infernal que nadie puede controlar.

Sami Näir, Profesor de Ciencias Políticas de la Universidad París-VII

El Periódico, 16/02/06