Martí Batres Guadarrama: Los ricos también corrompen

Martí Batres Guadarrama: Los ricos también corrompen

Con la revelación periodística de Lydia Cacho en relación con las actuaciones, conductas, negocios, redes, tráficos, dádivas e influencias ilegales de Jean Succar Kuri, Kamel Nacif y otros empresarios, se ha dado un golpe certero y frontal a uno de los grandes mitos dogmáticos del neoliberalismo: la idea que tiende a polarizar entre el empresario honesto y el político corrupto, la idea que tiende a colocar el espacio público en la ineficiencia, el deterioro y la corrupción, y el espacio privado como de limpieza, eficacia, calidad, transparencia y futuro.

Con el escándalo de Kamel Nacif se muestra que no toda la iniciativa privada comparte los atributos del empresario moderno, emprendedor, civilizado, libre que se ha difundido como un modelo ideológico en el mundo actual, sino que una parte de la clase empresarial ha construido fortunas sobre la base de actos de corrupción que tanto se han criticado al poder político: al Estado.

La oleada neoliberal que comenzó en los años ochentas en el mundo entero ha promovido un programa económico feroz, con graves consecuencias sociales y un altísimo y prolongado impacto polarizador. Es muy difícil convencer de los beneficios supuestos o reales que el ciclo neoliberal ha aportado a la humanidad. Lo que la gente común siente son sus repercusiones negativas. En consecuencia, para mantener el proyecto los grandes poderes económicos del mundo han construido un discurso ideológico que acompaña al programa económico neoliberal. Se ha dicho así que los costos de hoy traerán beneficios para el mañana. Se ha afirmado también que la gran pobreza de los últimos 25 años se debe al modelo populista de hace 50 años. Se ha dicho también que los países que han aplicado de manera ortodoxa el modelo han salido adelante y han pasado al primer mundo. Pero ninguno de estos mitos ideológicos ha podido distraer la atención sobre el asunto central: pasan los años y las desigualdades se profundizan; un solo hombre tiene una fortuna mayor que el producto interno bruto de 10 países africanos; en Europa se gasta más en un día en compra de perfumes de lo que se consume en alimentos en todo el continente africano; mil 200 millones de personas en el mundo viven con un dólar al día.

En aras de mantener el modelo económico y sostenerlo a lo largo del tiempo, los grandes poderes financieros han seguido construyendo sus nuevos mitos ideológicos. En ese sentido el principio del siglo XXI se vio invadido de una gran ofensiva mediática profundamente ideológica, más que informativa. A lo largo de estos últimos años se ha buscado denostar, desprestigiar, descalificar todo lo que suene a poder público. Se dice que la empresa pública es ineficiente y costosa, se afirma que los grandes abusos vienen de los servidores públicos, se apunta la atención hacia las grandes desigualdades en la pirámide de la administración pública y se ataca al político como sinónimo de algo negativo. Así, si hay inseguridad es culpa de los políticos, si te roban en la calle es culpa de los políticos, si las grandes ciudades del mundo se deterioran es culpa de los políticos; si hay embotellamientos es culpa de los políticos. Sin negar la parte de verdad que hay en todo esto, también es preciso señalar que estamos ante una descarada estrategia ideológica que tiene como propósito debilitar al máximo el poder político del Estado nacional para elevar al máximo la fuerza de los poderes privados.

Por eso han tratado de dibujarnos la imagen de un empresario fresco, independiente, buen padre de familia, honesto, emprendedor, responsable, solidario. Cierto, así son muchos de los empresarios mexicanos y del mundo, pero no todos. Pero lo que es más importante aún: es falsa la bipolaridad maniquea que hace del espacio público un infierno y del espacio privado el cielo. Hay Succar Kuri, Kamel Nacif, Cabal Peniche, El Divino, Lankenau y otros más que son muestra de ineficiencia, de corrupción, de perversión, y resumen todo lo negativo de una sociedad. Por eso es mejor rescatar el sano equilibrio entre lo público y lo privado, limpiar un espacio y el otro también, transparentar a unos y a otros, poner límites a políticos y a empresarios, y hacer a un lado las imágenes distorsionadas de una realidad que sólo existe en la mente de los ideólogos neoliberales.

La Jornada, 23/02/06