Edgar Morin: Por una política de la humanidad

Edgar MorinEdgar Morin: Por una política de la humanidad

¿No se necesitaría tirar por la borda el término desarrollo, incluso en su versión reformulada o convertida en desarrollo durable, sostenible o humano?

La idea de desarrollo comportó siempre una base tecnoeconómica, medible a través de indicadores de crecimiento y de ingresos. Supone implícitamente que el desarrollo tecnoeconómico es la locomotora que arrastra consigo un “desarrollo humano” cuyo modelo realizado y exitoso es el de los países considerados desarrollados, es decir occidentales. Esta visión supone que el estado actual de las sociedades occidentales constituye la meta y la finalidad de la historia humana.

El desarrollo “durable” sólo mitiga el desarrollo por consideración hacia el contexto ecológico, pero sin cuestionar sus principios; en el desarrollo “humano”, la palabra humano carece de cualquier sustancia que no sea la del modelo humano occidental, que ciertamente comporta rasgos esencialmente positivos, pero también esencialmente negativos.

La noción aparentemente universalista de desarrollo también constituye un mito típico del sociocentrismo occidental, es un descontrolado motor de occidentalización, un instrumento de colonización de los “subdesarrollados” (el Sur) por el Norte. Como dice Serge Latouche, “esos valores occidentales (del desarrollo) son precisamente lo que es necesario poner en cuestión para encontrar una solución a los problemas del mundo contemporáneo”.

El desarrollo sin cualidades

El desarrollo ignora aquello que no es calculable ni medible. Concebido únicamente en términos cuantitativos, ignora las cualidades: las cualidades de la existencia, de la solidaridad, del medio, la calidad de la vida, las riquezas humanas no calculables y no monetizables; ignora el don, la magnanimidad, el honor, la conciencia. El desarrollo ignora que el crecimiento tecnoeconómico también produce subdesarrollo moral y físico: la hiperespecialización generalizada, las compartimentaciones en todos los ámbitos, el hiperindividualismo, el espíritu de lucro, que implican la pérdida de solidaridades. La educación disciplinada del mundo desarrollado aporta no pocos conocimientos, pero engendra un conocimiento especializado que es incapaz de aprehender los problemas multidimensionales y determina una incapacidad intelectual de reconocer los problemas fundamentales y globales.

El desarrollo considera benéfico y positivo todo lo que es problemático, nefasto y funesto en la civilización occidental sin necesariamente asumir lo que tiene de fecundo (derechos humanos, responsabilidad individual, cultura humanista, democracia).

Riesgo de desolación

El desarrollo trae por cierto avance científicos, técnicos, médicos, sociales, pero también trae destrucción de la biosfera, destrucción cultural, nuevas desigualdades, nuevas servidumbres que sustituyen a las viejas. El propio desarrollo de la ciencia y de la técnica trae el riesgo de la desolación (nuclear, ecológica) y temibles poderes de manipulación. El concepto de desarrollo durable o sostenible puede enlentecer o atenuar, pero no modificar ese curso destructor. No se trata tanto de enlentecer o atenuar como de concebir otra salida.

Finalmente, el desarrollo, cuyo modelo ideal y finalidad es la civilización occidental, ignora que esta civilización está en crisis, que su bienestar implica malestar, que su individualismo implica enclaustramientos egocéntricos y soledades, que sus extensiones urbanas, técnicas e industriales implican estrés y daños y que las fuerzas que ha desencadenado su “desarrollo” conducen a la muerte nuclear y a la muerte ecológica. No necesitamos seguir, sino emprender un nuevo comienzo.

Un gobierno para la Tierra-patria

La política de civilización tendría por misión desarrollar lo mejor de la civilización occidental, rechazar lo peor y realizar una simbiosis de civilizaciones que integre los aportes fundamentales de Oriente y del Sur. Esta política de civilización sería necesaria para el propio Occidente. Éste sufre crecientemente el dominio del cálculo, la técnica, el beneficio sobre todos los aspectos de la vida humana, la dominación de la cantidad sobre la calidad, la degradación de la calidad de la vida en las megalópolis, la desertificación de los campos dedicados a la agricultura y la ganadería industriales, que ya han producido no pocas catástrofes alimentarias. La paradoja es que el mismo corazón de esta civilización occidental, que triunfa en el mundo, está en crisis, y su realización es la prueba de sus propias carencias.

La política humana y la política civilizatoria deben abordar los problemas vitales del planeta. La nave espacial Tierra es propulsada por cuatro motores vinculados entre sí y al mismo tiempo autonomizados: ciencia, técnica, industria, capitalismo (lucro). El problema consiste en establecer un control sobre esos motores. Los poderes de la ciencia, de la técnica, de la industria deben ser controlados por la ética, que sólo puede imponer su control a través de la política; la economía no solamente debe ser regulada, sino que también debe ser plural, lo que comporta mutualistas, asociaciones, cooperativas, intercambio de servicios.

El planeta necesita simultáneamente una política humana y una política de civilización. Pero por eso mismo se necesita un gobierno. Un gobierno democrático mundial está actualmente fuera de nuestro alcance; sin embargo, las sociedades democráticas se preparan por medios no democráticos, es decir a través de reformas impuestas. Es de esperar que ese gobierno se realice a partir de las Naciones Unidas que así se confederarían creando instancias planetarias dotadas de poder sobre los problemas vitales y los peligros extremos (armas nucleares y biológicas, terrorismos, ecología, economía, cultura) Pero el ejemplo de Europa nos demuestra la lentitud de un proceso que exige un consenso de todos los socios. Haría falta un súbito y terrible aumento de los peligros, la llegada de una catástrofe para que se tome conciencia y se tomen decisiones.

A través de la regresión, la dislocación, el caos, los desastres, la Tierra-patria podría surgir de un civismo planetario, de la emergencia de una sociedad civil mundial, de una extensión de las Naciones Unidas que no sustituya a las patrias sino que las incluya.

El enorme obstáculo de la propia humanidad

Pero no se podrían ocultar por mucho tiempo los enormes obstáculos que se oponen a ello. En primer lugar está el hecho de que la tendencia a la unificación de la sociedad-mundo suscita resistencias nacionales, étnicas, religiosas, que tienden a la balcanización del planeta y que la eliminación de esas resistencias implicaría ejercer un dominio implacable. Hay, sobre todo, inmadurez de los estados-nación, de los espíritus, de las conciencias, es decir fundamentalmente inmadurez de la humanidad para realizarse a sí misma.

Es decir que lejos de estar forjándose una sociedad-mundo civilizada, se forjará, si es que logra forjarse, una sociedad-mundo grosera y bárbara. No abolirá por sí misma las explotaciones, las dominaciones, las carencias, las desigualdades existentes. La sociedad-mundo no resolverá ipso facto los graves problemas presentes en nuestras sociedades y en nuestro mundo, pero es la única vía que eventualmente le permitirá a la humanidad progresar.

Si los aspectos más perversos, bárbaros y nefastos del ser humano no pueden ser inhibidos, o al menos regulados, si no adviene no solamente una reforma del pensamiento sino una reforma del propio ser humano, la sociedad-mundo sufrirá todo lo que hasta el presente ensangrentó y torturó a la humanidad, imperios, naciones. ¿Cómo ocurriría esa reforma, que supone una reforma radical de los sistemas educativos, que supone una gran corriente de comprensión en el mundo, un nuevo evangelio, nuevas mentalidades?

La superación de la situación exigiría una metamorfosis totalmente inconcebible. Sin embargo, esta constatación desesperante supone un principio de esperanza; se sabe que las grandes mutaciones son invisibles y lógicamente imposibles antes de que ellas aparezcan; se sabe también que ellas aparecen cuando los medios de los que dispone un sistema ya no son capaces de resolver sus problemas. Así, el surgimiento de la vida, es decir de una nueva organización más compleja de la materia físicoquímica y dotada de cualidades nuevas, le hubiera resultado a un eventual observador extraterrestre mucho más inconcebible que si aquélla hubiera surgido de las tempestades, las tormentas, las erupciones, los terremotos.


E. Morin es sociólogo, uno de los últimos "maîtres à penser" franceses vivos. Pionero en los estudios sobre complejidad que expuso en su monumental obra El método, reunida en varios libros. Inspira la Iniciativa de Ética y Capital Social de las Américas. Publicado por Brecha, viernes 24 de febrero 2006, Montevideo.

Globalización, s.d.

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