Niall Ferguson: La despedida de los "neocons"

Niall Ferguson: La despedida de los "neocons"

Como dice la canción de Elton John, lo siento parecen ser las palabras más difíciles. Requiere valor reconocer que uno se ha equivocado o que no tiene razón. De modo que resulta tentador elogiar al politólogo norteamericano Francis Fukuyama por el ataque de sentido autocrítico que le aqueja en la actualidad. Tanto en su nuevo libro como en pleno frenesí de artículos y tertulias que han acompañado su publicación, Fukuyama ha revocado sustancialmente su respaldo anterior a la invasión de Iraq. Se ha retractado. Se ha comido sus palabras. En el fondo, ha presentado excusas...

Aun cuando difícilmente cabría afirmar que se trate del hombre que ordenó el derrocamiento de Saddam Hussein, Fukuyama dejó bien claro antes del 2003 que apoyaba tal iniciativa. Incluso antes de la caída de la Unión Soviética, Fukuyama había empezado a indicar que el modelo estadounidense de democracia estaba listo para convertirse en una especie de modelo político global. "En el ámbito político y económico -señaló en La gran ruptura- la historia avanza de manera progresiva y direccional y a finales del siglo veinte ha culminado en la democracia liberal como última y definitiva opción viable en el caso de las sociedades tecnológicamente avanzadas".

Los dictadores que se agarraban a regímenes autoritarios obstaculizaban, por tanto, el progreso histórico. EE.UU., gozando como gozaba después de 1989 de una posición sin rival en el plano militar, se hallaba bien situado para propinar a la propia historia un solícito y amigable empujoncito... Plenamente consciente de que se hallaba en liza algo más que la decapitación del régimen baasista y el consiguiente regreso a casa, Fukuyama escribió entonces un libro sobre la construcción democrática del Estado, una especie de manual de instrucciones para la reconstrucción política de un Estado desmoronado y roto.

Tres años después, es un hombre escarmentado... y arrepentido. Gracias a la visión retrospectiva, comprueba ahora que tanto él como otros adalides neoconservadores del cambio de régimen en Iraq pecaron de ingenuidad. Si se conviene en que este país es actualmente un caos ingobernable - prostrado económicamente, presa de una violencia crónica y cuesta abajo hacia una guerra civil-, cabe afirmar entonces que cabe achacarlo en gran medida a la ingenuidad y candidez de los neocons.

Hay que señalar que en la receta neocon nunca constó el ingrediente de un gran conservadurismo -salvo el hecho de que en el curso de la guerra fría odiaron el comunismo-..., sólo que ello obedece a que muchos de sus mentores eran antiguos trotskistas. Los neocons estaban, como Trotsky, entusiasmados con la idea de la revolución mundial. Sólo que se trataría, en este caso, de una revolución norteamericana, capitalista y mundial que exportaría la libertad -si fuera menester, por la fuerza de las armas- a un mundo sumido en las tinieblas.

Los neoconservadores emergieron en la política norteamericana como voces críticas de la distensión con la Unión Soviética en los años setenta. En sus artículos en la prensa censuraron a Henry Kissinger por su cínico realismo que -según ellos- se limitaba simplemente a prolongar la vida de un imperio inicuo y perverso. Ronald Reagan, autodidacta llano y espontáneo, configuró y expuso sus puntos de vista de manera más clara y elocuente que todos ellos. Y entonces, en 1989, llegó su defensa y justificación histórica... La Unión Soviética cayó, derribada (juzgaban ellos) por la tensión y esfuerzo excesivo que suponía aspirar a mantenerse a la altura del gasto de defensa estadounidense. La revolución mundial estaba en marcha. Próxima parada: Oriente Medio.

Para su enfado y desazón, el sucesor de Reagan, George Bush padre, no llevó el plan hasta el fin tras expulsar a Saddam de Kuwait. Para su satisfacción, su hijo se avino a despachar el asunto aprovechando los atentados de las Torres

Gemelas y la vengativa reacción social consiguiente. Neoconservadores como Paul Wolfowitz y Dough Feith, que ocupaban puestos clave en el Departamento de Defensa, desempeñaron un papel esencial en la planificación (y justificación) de la invasión del 2003.

¿En qué se equivocaron los neoconservadores? En primer lugar -afirma Fukuyama- sucumbieron a la ilusión de que la hegemonía benevolente sería acogida positivamente allende las fronteras. En segundo lugar, se fiaron excesivamente de su capacidad de alcanzar sus objetivos mediante una acción unilateral. En tercer lugar, suscribieron una doctrina de la acción preventiva dependiente, en mayor grado de lo posible, del conocimiento del futuro. Y, por encima de todo, no supieron ver los riesgos de la democracia en el Gran Oriente Medio; esto es, que Iraq podría fragmentarse o que los islamistas podrían ganar las elecciones. Fukuyama no es el primer partidario de la guerra que se arrepiente. Por otra parte, hace tiempo que los intervencionistas progresistas, que justificaban el derribo de Saddam por razones humanitarias, mordieron el polvo (uno de ellos, Michael Ignatieff, ha tratado incluso de expiar sus errores pasados convirtiéndose en diputado canadiense, una poco frecuente forma de penitencia). Sea como fuere, el de Fukuyama es el giro más oportuno y tempestivo que coincide además con un perceptible cambio de talante social. La decepción por la cuestión iraquí ha empezado a permear la en otro tiempo tierra fértil, leal a Bush, del norteamericano medio.

Lo peor de todo es que todos aquellos que desde el principio se opusieron a la guerra de Iraq ahora se ven justificados por dudosos y problemáticos que pudieran ser sus argumentos. Y así es como retrocedemos apresuradamente al error de partida de la izquierda democrática que dice que es preferible dejar que los tiranos se agarren al poder a mancillar y corromper la república con la mancha del imperialismo. Mejor, pues, una multitud de Atilas allende las fronteras que Roma en casa...

Coincido en que los neocons han errado, pero mis razones son distintas de las de Fukuyama y no me llevan a concluir que la izquierda estuviera enteramente en lo cierto. El primer error neocon fue prescindir de una perspectiva realista. No captaron, sobre todo, las implicaciones de derribar y borrar del mapa a Saddam en el contexto del equilibrio de poder de Oriente Medio. Kissinger tenía razón al decir, a propósito de la guerra Irán-Iraq: "¡Qué lástima que no resulten ambos perdedores!". EE.UU., al librarse de Saddam, ha propiciado sin caer en la cuenta la victoria tardía de Irán. Y ahora nos encaramos con la posibilidad de que el futuro político de Iraq se decida en Teherán... Washington se ve reducido a negociar con los iraníes justamente sobre esta cuestión.

En segundo lugar, ha mediado una lastimosa ausencia de conocimiento y visión histórica. Demasiada gente en Washington comulgó con la idea de que la reconstrucción de Iraq en la fase de la posguerra se asemejaría a la reconstrucción de la Polonia poscomunista. Nadie prestó atención a las dificultades que Gran Bretaña había experimentado al intentar gobernar Iraq tras la Primera Guerra Mundial.

Sin embargo, el tercer y tal vez más grave yerro por un fallo de omisión de los neocons fue una falta de conocimiento de sí mismos. Dando por sentado que EE.UU. gozaba de una posición de supremacía total (concepto que incluye el control total sobre países ocupados) y, en consecuencia, se hallaba en condiciones de actuar a placer en Iraq, los neocons no supieron apreciar los notablemente enraizados tres puntos flacos estadounidenses (razoné en su momento esta cuestión en mi libro Coloso y no se ha producido desde entonces ningún nuevo elemento que me haga cambiar de opinión).

Ante todo, EE.UU. padece un déficit económico crónico que motiva su creciente dependencia de capital extranjero y le hace andar mal de recursos a la hora de promover la construcción democrática de un país o la reconstrucción política de un Estado desmoronado y roto. En segundo lugar, EE.UU. padece asimismo un déficit crónico de tropa, lo que significa que no puede mantener suficientes efectivos para garantizar la ley y el orden en territorio ocupado. Y, en tercer lugar, EE.UU. ha padecido un déficit crónico de atención por la sencilla razón de que, tras un par de años de sufrir bajas aun no excesivas, lo cierto es que se ha enfriado el entusiasmo de los electores estadounidenses por guerras localizadas en puntos distantes del planeta.

Existe, sin embargo, un cuarto déficit que he olvidado mencionar y es el déficit crónico de legitimidad que queja actualmente a EE.UU. Las conclusiones más recientes del Pew Global Attitudes Survey -compendio de sondeos de opinión internacionales- revela el grado de caída libre de EE.UU., a ojos de otros países, a lo largo de los últimos seis años.

Pese a todo ello, la conclusión lógica no es que EE.UU. deba liar el petate, volver a casa y sonreír, como decía la canción de George Henry Powell (1880-1951). Porque, ¿cuál es la alternativa viable a la hegemonía norteamericana: benevolencia o yerro? Así las cosas, Fukuyama deposita sus esperanzas en un nuevo multilateralismo, tratando de insuflar aliento vital en el cadáver de laONUy organismos afines en tanto que los franceses fantasean pensando que Europa debería actuar como contrapeso de la potencia estadounidense.

Pero, cuando a los ciudadanos de otros países se les pregunta: "¿Sería el mundo más seguro si otro país fuera tan poderoso como EE.UU.?", por regla general responden: "No". Convengamos en que nosotros y los turcos estamos divididos a partes iguales sobre la cuestión, pero una mayoría de rusos, alemanes e incluso jordanos, marroquíes y pakistaníes consideran que el mundo sería menos seguro si existiera una segunda superpotencia. Me pregunto cuál es ese otro país que les inquieta. ¿Tal vez su nombre empieza por C?

Cuanto antecede no nos está diciendo que la hegemonía estadounidense haya llegado a su fin y debiera rebobinar la película..., nos dice que no existe opción viable mejor. Con permiso de Fukuyama, EE.UU. no necesita decir lo siento a la hora de librarse de Saddam Hussein. Necesita, por el contrario, ser un país más realista, mejor informado a nivel histórico y menos despilfarrador desde el punto de vista económico y fiscal, aparte de mantener y subrayar su propia presencia.

Soy el más firme partidario de reconocer los errores. No obstante, mejor será corregirlos.

Niall Ferguson, profesor de Historia Laurence A. Tisch de la Universidad de Harvard y miembro de la junta de gobierno del Jesus College de Oxford

La Vanguardia, 03/04/06