Boaventura de Sousa Santos: Las escalas del despotismo

Boaventura de Sousa Santos: Las escalas del despotismo

Un grupo de menores ha maltratado sádicamente, apedreado y apaleado hasta a la muerte al transexual brasileño Gisberto, una persona sin techo de 45 años. Ha ocurrido en Oporto. Hace pocos años, el líder indígena Guadino Pataxó había ido a Brasilia a participar en una marcha en favor de la reforma agraria. La noche era buena y decidió dormir en el aparcamiento del coche. De madrugada, un grupo de jóvenes se acercó a él mientras dormía, le roció de gasolina y le quemó vivo. Ante la policía, confesaron que lo habían hecho para divertirse y pidieron disculpas por no saber que se trataba de un líder indígena; pensaban que era "uno de tantos sin techo".

¿Qué tienen en común estos dos casos de violencia gratuita con las caricaturas danesas? La misma incapacidad para reconocer al otro como un igual, la misma degradación del otro hasta el punto del transformarle en un objeto sobre el que se puede ejercer la libertad y la diversión sin límites, la misma conversión del otro en un enemigo perturbador pero frágil que se puede abatir ahorrándose las reglas de la civilidad, ya sean las que gobiernan la paz o las que gobiernan la guerra.

Las sociedades modernas se basan en el contrato social: la idea de orden social se basa en la limitación voluntaria de la libertad para hacer posible la vida en paz entre iguales. Las ideas de ciudadanía y de derechos humanos son la expresión de este compromiso. Las tensiones entre el principio de libertad y el principio de igualdad, y las contradicciones entre ellos y las prácticas sociales que los desmienten, constituyen el núcleo de la política moderna. Como el grupo social de los reconocidos como iguales era inicialmente muy restringido (los burgueses de sexo masculino), la amplia mayoría de la población (mujeres, trabajadores, esclavos, pueblos colonizados) quedaba fuera del contrato social y, por lo tanto, sujeta al despotismo de los que tenían poder sobre ella. Las luchas sociales de los últimos doscientos años han sido luchas por la inclusión en el contrato social. Con el tiempo, las luchas por la igualdad socio-económica, protagonizadas por los trabajadores, han sido complementadas por las luchas por el reconocimiento de las diferencias por parte de las mujeres, de las minorías étnicas y religiosas, de los homosexuales, etc.

Este movimiento ascendente de inclusión y de civilidad está hoy bloqueado por una combinación perversa entre capitalismo neoliberal y sus consecuencias (exclusión social, migraciones) y la teología política conservadora hoy dominante en las tres religiones abrahámicas (cristianismo, judaísmo e islamismo). Paulatinamente, la solidaridad políticamente organizada está siendo sustituida por el individualismo; y la filantropía y la celebración de la diversidad, por la intolerancia: en vez de ciudadanos, consumidores y pobres; en vez de justicia social, la salvación; en vez del ecumenismo, el dogmatismo; en vez de la hospitalidad, la xenofobia; en vez de conflictos institucionalizados, la violencia del crimen y de la guerra.

El despotismo pre-moderno, así, está siendo reinventado en la sociedad y en los individuos, tanto en las macro-relaciones entre países o religiones como en las micro-relaciones en la familia, en la empresa o en la calle. Los poderosos y los desposeídos se degradan por igual, aunque con consecuencias muy diferentes. Los desposeídos recurren a la violencia ilegal, tanto contra los poderosos como contra los aún más desposeídos. Los poderosos recurren a la violencia que legalizan al invocar principios que, nada sorprendentemente, están siempre de su parte. Santo Tomás de Aquino diría de ellos lo que dijo de los cristianos de su tiempo. Que padecen del habitus principiorum: el hábito de invocar obsesivamente los principios para poder dispensarse de su observancia en la práctica.

Mientras tanto, Número 34, Marzo de 2005