Editorial de La Jornada: España: los vuelos de la tortura

Editorial de La Jornada: España: los vuelos de la tortura

Amnistía Internacional dio a conocer en Londres un informe sobre algunos de los vuelos en los que la Agencia Central de Inteligencia estadunidense trasladó a través de Europa a cientos de personas que fueron secuestradas y llevadas a países en los que fueron interrogadas con violencia, lo que se ha denominado un programa de "entregas extraordinarias", por medio del cual el gobierno de George W. Bush subcontrató los servicios de tortura de regímenes como los de Marruecos y Afganistán. De acuerdo con la bien documentada denuncia, algunas de las aeronaves involucradas, rentadas a empresas civiles, hicieron escala decenas de veces en territorio español, concretamente en los aeropuertos de Barcelona, Málaga, Baleares y Canarias.

Anteriormente, en un informe al Congreso, el ministro español del Exterior, Miguel Angel Moratinos, había omitido los operativos efectuados en las primeras dos ciudades y había asegurado que "en ningún caso se infringió la legalidad española", pero ayer se vio obligado a admitir que el reporte del organismo humanitario "es más exacto y aporta datos que en aquel entonces el gobierno no poseía". El funcionario justificó la inacción de las autoridades españolas argumentando que "cuando se produjeron esas escalas eran aeronaves civiles y nadie podía sospechar que eran de otro tipo, y por eso el gobierno no tuvo ninguna capacidad de intervenir".

Los datos referidos consolidan y amplían la información disponible sobre la red delictiva montada por Washington en diversos puntos de Asia, Africa y Europa para secuestrar, torturar, mantener en cautiverio y posiblemente asesinar a sospechosos de simpatizar con organizaciones terroristas islámicas, una red que incluye cárceles clandestinas en países no especificados de Europa, acuerdos con gobiernos caracterizados por sus violaciones sistemáticas a los derechos humanos y un sistema de transporte aéreo para trasladar a las víctimas. Recientemente, en una gira por Europa, la secretaria de Estado, Condoleezza Rice, admitió tácitamente la existencia de este dispositivo, aunque aseguró ­pese a las pruebas en contrario procedentes de Abu Ghraib­ que "Estados Unidos no tortura". El cinismo de la funcionaria estadunidense se complementa con la hipocresía de los gobiernos europeos, los cuales optaron por el silencio y por minimizar los informes sobre esta atrocidad, uno de los cuales fue presentado a finales de enero al Consejo de Europa por el fiscal suizo, Dick Marty: "Numerosos indicios coherentes y convergentes ­dijo­ apuntan a la existencia de un sistema de 'deslocalización'o 'subcontratacion de la tortura' por parte de Estados Unidos; se probó y nunca se desmintió que se secuestró a individuos, se les privó de su libertad y se les transportó a Europa para ser entregados a países en los que sufrieron torturas".

En el caso de España, es curioso que Moratinos piense que la escala en territorio español de un avión que transporta a un secuestrado sea una acción acorde con la legalidad de ese país. Pero es por demás inverosímil que tales escalas hayan podido efectuarse sin el conocimiento de las autoridades aeroportuarias, migratorias y policiales de España. Cualquiera que haya estado en años recientes en un aeropuerto de Estados Unidos, de Europa o de América Latina, habrá podido percibir en carne propia la intensificación ­con frecuencia excesiva, en ocasiones francamente paranoica­ de las medidas de control, verificación y seguridad de cargas, pasajeros y equipajes. A partir del 11 de septiembre de 2001, el propio gobierno de Washington se ha encargado de imponer al resto de las naciones ­a México, para empezar­ mecanismos de seguridad desmesurados en el transporte aéreo, y en ese contexto resulta difícil imaginar que los responsables de los aeropuertos españoles hayan autorizado aterrizajes y despegues sin efectuar inspección alguna de las aeronaves involucradas.

Lo anterior pone de manifiesto la generalizada degradación ética producida por la "guerra contra el terrorismo" que lleva a cabo la Casa Blanca. Por lo que puede verse, esa degradación ha alcanzado a las naciones europeas, tan orgullosas de sus compromisos verbales con la vigencia de los derechos humanos, y tan dispuestas a encubrir, al mismo tiempo, los vuelos de la tortura.

La Jornada, 06/04/06