Ibrahim Warde: La Universidad americana vampirizada por los mercachifles

Ibrahim Warde: La Universidad americana vampirizada por los mercachifles
Matrimonio de dinero a la moda liberal

University, Inc.

Actualmente incluidas en el ámbito público, la educación y la salud suscitan las mayores codicias de las empresas privadas. El asalto de una lógica de beneficio se despliega con un vigor particular en la universidad. Al amparo del "mercado de las ideas", las disciplinas que "atraen dinero" han multiplicado en los Estados Unidos los conflictos de intereses entre la investigación y el mundo de los negocios. En Francia, la tendencia al eufemismo que caracteriza a un gobierno de "izquierda plural" exigía que el vocabulario de "partenariado" y de "profesionalismo" tuviera el mismo tipo de evolución. Una tal invasión de las lógicas de mercado, que conducen a una división entre "investigadores-emprendedores" y currantes de la enseñanza, pone en peligro la unidad de la universidad.

En noviembre de 1998, la Universidad de California, Berkeley, cerró un acuerdo con la empresa suiza Novartis: una donación de veinticinco millones de dólares fue concedida al Departamento de Microbiología (Plant and Microbial Biology). En contrapartida, la gran potencia suiza de la farmacia y de la biotecnología recibió de la universidad pública el derecho a apropriarse de hasta un tercio de los descubrimientos hechos por los investigadores del departamento (incluso los financiados por el Estado de California o por el gobierno federal), así como la concesión de negociar patentes de las invenciones derivadas de las investigaciones. Además de eso, la universidad concedió a Novartis el control de dos de las cinco sillas de la Comisión de Investigación del Departamento, que tiene la tarea de distribuir los fondos de investigación.

El acuerdo Berkeley-Novartis levantó un clamor de indignación. Mas de la mitad de los profesores del referido departamento mostraron su inquietud, pues tanto el principio de la "investigación para el bien público" como el libre intercambio de ideas dentro de la comunidad científica estaban amenazados [1]. Tom Hayden, senador por el Estado de California, se preguntaba "si la investigación biotecnológica no quedaría, en adelante, dominada por el interés de las empresas y si los eventuales críticos de tales prácticas en el seno del mundo universitario no correrían el riesgo de ser amordazados".

Ese es, sin embargo, el nuevo modelo de cooperación entre las universidades y el sector privado. Desde el inicio de la "revuelta fiscal" que se originó en California en 1978 con la "Propuesta 13", que congelaba los impuestos inmobiliarios, los Estados, privados de impuestos, no cesaron de reducir sus presupuestos educativos. En 1980, con el fin de restaurar la competitividad de la industria americana, la ley Bayh-Dole (nombre de sus dos padrinos, uno demócrata y el otro republicano), autorizó a las universidades, por primera vez, a patentar las invenciones financiadas por el gobierno. Otras leyes vinieron a continuación a impulsar a las universidades a comercializar sus patentes, concediendo exenciones fiscales a las empresas que financiaran la investigación universitaria.

Por otra parte, el fin de la guerra fría trajo consigo una nueva reducción de los fondos destinados por el gobierno federal a la investigación. La Universidad de Berkeley, que era casi totalmente financiada por el Estado de California, vió reducido su porcentaje de financiación pública al 50% en 1987, y al 34% en 1999. Las grandes inversiones realizadas en el curso de los últimos diez años fueron posibles gracias a las donaciones privadas. Así, para construir su nueva business school, la Universidad procedió a una frenética captación de fondos. La familia Haas (heredera del fabricante de pantalones Levi-Strauss), que efectuó la donación más importante, consiguió que la business school llevara su nombre. Grandes empresas financiaron cátedras. El decano de la facultad, por ejemplo, ostenta el título de Bank of America dean. Los nuevos edificios están adornados con multitud de logotipos de empresas. Todas las salas - e incluso las mesas y las sillas - están decoradas con placas conmemorativas de su benefactor (empresa, individuo o promoción de antiguos alumnos).

Conflictos de intereses, estudios sesgados

Es eso lo que los profesores James Engell y Anthony Dangerfield, de Harvard, denominaron "universidad mercantil" (market-model university): los departamentos que "ganan dinero", "estudian dinero" o "atraen dinero" son los grandes beneficiarios [2]. Los otros son olvidados, e incluso abandonados.

Los partidarios de esas alianzas entre universidades y empresas, como el Business-Higher Education Forum, lobby que reúne a empresarios y profesores, hacen propaganda de las ventajas del nuevo sistema: la financiación por las empresas, en momentos de recortes por parte del sector público, posibilitará la construcción de modernos laboratorios y la financiación de las investigaciones más avanzadas; el partenariado permitirá que los descubrimientos científicos, por ejemplo en el dominio de la biotecnología, sean inmediatamente comercializados; el público - y el propio Estado - se beneficiarían de la prosperidad inducida por las nuevas tecnologías bajo la forma de crecimiento económico, de descubrimientos útiles para la sociedad, del aumento de los ingresos fiscales o de las repercusións de prácticas filantrópicas.

No todo el mundo está de acuerdo con esa opinión [3]... Así, para Ronald Collins, director del proyecto de integridad científica del Center for Science in the Public Interest, "la ciencia pierde su credibilidad": "Los estudios sesgados y el secreto comprometen la reputación de la ciencia así como su objetivo de investigación de la verdad. Los profesores de universidad remunerados por la industria actúan como expertos en el Congreso y en los organismos de reglamentación sin revelar sus relaciones con el mundo de los negocios. Los departamentos científicos de las universidades públicas tejen, en el mayor de los secretos, lazos con las empresas. Las revistas médicas no revelan los conflictos de intereses de sus autores." [4]

Del mismo modo, M. Robert Reich, que fue ministro de trabajo durante el primero mandato del presidente William Clinton, deplora en su última obra el impacto de la "era del buen negocio" sobre el mundo de la educación [5]. La búsqueda del saber, la investigación desinteresada y la curiosidad intelectual se encuentran relegadas a un segundo plano. Los rectores de las universidades, cuyo papel parece reducirse al de viajantes de comercio, son valorados sobre todo en función de su capacidad para captar fondos. Los estudiantes de las escuelas más prestigiosas consideran sus estudios como una inversión con la perspectiva de "networking" y de salarios maravillosos.

Por otro lado, mientras que en el pasado se presuponía que las donaciones se hacían sin restricciones ni deberes, los mendigos de ayudas deben actualmente, parafraseando una fórmula célebre, utilizar simultaneamente el plato de limosnas y el incensario [6]. La lógica de la "universidad mercantil" supone que las empresas consideren sus donaciones como inversiones: publicidad gratuita, elogios y respetabilidad, forman parte, conjuntamente con los descubrimientos comercializables, de los beneficios que se justifican por el gasto [7]. Y toda infracción es digna de sanciones: Nike, recientemente, suspendió el apoyo financiero a tres universidades (Michigan, Oregon y Brown) porque los estudiantes habían criticado algunas de sus prácticas en países pobres, en particular en relación con el empleo de mano de obra infantil.

Veinte años después de la aprobación de la ley Bayh-Dole, las sumas consagradas por el sector privado a la investigación universitaria se multiplicaron por ocho, y el número de patentes registradas por las universidades se multiplicaron por veinte. Todas las facultades en las que se realiza investigación poseen un "centro de gestión de patentes", destinado a maximizar sus royalties. Varias grandes universidades crearon filiales de capital de riesgo cuyo objeto es invertir en proyectos lucrativos. Y, en el momento en que la enseñanza tradicional se encuentra alterado por las novedades  técnicas de la "e-ducación" (enseñanza a distancia, en línea, etc.), las universidades se apresuran a establecer alianzas con el sector privado. Como señala David Kirp, profesor de función pública en la Universidad de Berkeley, "el viejo ideal de un 'mercado de ideas' (marketplace of ideas) se transforma en un grotesco juego de palabras" [8]

En los campus aparecen personajes de un tipo nuevo: los profesores-empresarios, a los que su pertenencia a la universidad les ofrece la promesa de un enriquecimento rápido. Estos personajes dedican la mayor parte de su tiempo a sus labores comerciales. La afiliación universitaria les proporciona credibilidad científica, un colchón en caso de fracaso y, sobre todo, la posibilidad de privatizar los beneficios socializando los gastos (los servicios administrativos de la institución hacen el papel de secretaría; los doctorandos o investigadores sirven de esclavos). Esas prácticas, muy extendidas, son raramente criticadas, dado que esos empresarios son con frecuencia también los superstars reputados que pueden beneficiar a la universidad, por lo menos indirectamente, (bajo la forma de legados o donaciones), por las repercusións de sus iniciativas.

Más allá de consideraciones éticas, el modelo de la universidad mercantil suscita cuestiones de orden político. La reflexión sobre la cosa pública está cada vez más formada (y deformada) en función de los intereses financieros de los "expertos". Organismos de investigación sin fines de lucro sirven con frecuencia como la fachada que necesitan los grupos industriales. Así, en el pleito Microsoft, por ejemplo, institutos de investigación "independientes", pero en realidad financiados por el gigante del software, produjeron una gran cantidad de "estudios" destinados a influenciar al público y a los jueces [9].

¿Morder la mano que os da de comer?

Ya se trate de la nocividad del tabaco, del efecto invernadero, de las prótesis mamarias o de las virtudes de tal o cuál medicina, habrá siempre un experto dispuesto a "retorcer los números" hasta conseguir una conclusión satisfactoria para su patrocinador [10]. Un incidente ilustra las derivas de la investigación patrocinada. Charles Thomas, profesor de Criminología de la Universidad de Florida, se hizo con una fama de gran especialista en la privatización de cárceles. En testimonios delante de comisiones senatoriales y en editoriales publicados en la gran prensa defendió ardientemente el principio de privatización, y sus consejos fueron frecuentemente adoptados, tanto en Florida como en otros lugares [11]. Con posterioridad se descubrió que ese eminente experto era remunerado por las principales empresas penales privadas, siendo incluso accionista de algunas de ellas. Su actividad como consultor le permitió embolsarse, en enero de 1999, la coqueta suma de tres millones de dólares de la Corrections Corporation of America. La comisión de ética del Estado de Florida abrió un expediente. El criminólogo ofreció pagar una multa de... dos mil dólares.

Aquellos que, en el seno del mundo universitario, por lo menos teóricamente tendrían que haberse interesado por esas cuestiones, tienen otras preocupaciones - y mezquinamente evitan morder la mano que los alimenta. En las facultades de educación se habla una jerga ininteligible, en una búsqueda frenética de las últimas modas pedagógicas. Las humanidades se hundieron en el "multiculturalismo" o en la búsqueda de la "identidad". Y la pasión "deconstruccionista" implica que el propio principio de la búsqueda desinteresada de la verdad ya no sea reconocido. En las ciencias sociales sólo parecen valer la cuantificación, las grandes abstracciónes o los debates metodológicos. Por lo que se refiere a las business schools, es obvia su adhesión al principio de la universidad mercantil.

El debate sobre la relación entre la industria y la investigación se da, sobre todo, entre la comunidad científica y médica - en revistas como Lancet o New England Journal of Medicine (NEJM). Una investigación de Los Angeles Times reveló que 19 de los 40 artículos publicados en los últimos tres años sobre el tema "drug therapy", de la prestigiosa revista médica New England Journal of Medicine, habían sido elaborados por médicos pagados por los fabricantes de las medicinas que evaluaban. Algunos han señalado la casi imposibilidad de encontrar especialistas que de alguna manera no estuvieran "atados" por la industria farmacéutica. La redactora jefe saliente de la NEJM fustigó constantemente esa epidemia de conflictos de interés [12].

Se puede apuntar un paralelismo entre el actual interés de la comunidad científica por los debates éticos y el "boom ético" que ocurrió en las escuelas de administración hace unos quince años. Un profesor de la business school de Stanford recuerda: "En el inicio de la década de los 80, nosotros sufríamos los sarcasmos de los colegas de otros departamentos, que nos reprochaban que habíamos contribuido a la rapacidad de Wall Street y que habíamos formado modernos piratas y bucaneros. Llegó un momento en que ya no podíamos ignorar esas críticas. Los profesores de la business school dijeron entonces: 'Añadamos cursos de ética al currículo. Eso va a callar la boca a todo el mundo'." De ahí vinieron los códigos de deontología, los seminarios y los cursos de ética. No impidieron las prácticas más dudosas, pero garantizaron la supervivencia de una indispensable buena conciencia...

* Profesor en la Universidad de California, Berkeley.

[1] Eyal Press y Jennifer Washburn, "The Kept University", The Atlantic Monthly, Boston, marzo de 2000.
[2] James Engell y Anthony Dangerfield, "The Market-Model University: Humanities in the Age of Money", Harvard Review, mayo-junio de 1998.
[3] David Weatherall, "Academia and Industry: increasingly uneasy Bedfellows", Lancet, Londres, 6 de mayo de 2000.
[4] Ronald Collins, "Assuring truth in science, a must", The Baltimore Sun, 29 de agosto de 2000.
[5] Robert B. Reich, The Future of Success, Alfred A. Knopf, New York, 2001, 289 pages.
[6] El día 3 de mayo de 1973, Maurice Druon, que por entonces ocupaba el cargo de ministro de Cultura y era miembro de la Academia, dijo que quien quisiera obtener una subvención "con el plato de limosnas en una mano y un cóctel Molotov en la otra, deberá elegir".
[7] Leer el artículo "Les riches entre philantropie et repentance", Le Monde Diplomatique, diciembre de 1997.
[8] David L. Kirp, "The New U", The Nation, Nueva York, abril de 2000.
[9] The New York Times, 18 de setiembre de 1999.
[10] Marcia Angell, Science on Trial: The Clash of Medical Evidence and the Law in the Breast Implant Case, ed. W.W. Norton, Nueva York, 1997; y, de Ross Gelbspan, The Heat Is On: The Climate Crisis, the Cover-up, The Prescription, ed. Perseus Press, Los Angeles, 1998.
[11] Loïc Wacquant, "Aux Etats-Unis, boom des pénitenciers privés", Le Monde Diplomatique, julio de 1998.
[12] The New England Journal of Medicine, Boston, 24 de febrero, 22 de junio y 13 de julio de 2000.

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