Oskar Lafontaine: "Hay que romper con el espíritu neoliberal de nuestra época. Entrevista"

Oskar Lafontaine: "Hay que romper con el espíritu neoliberal de nuestra época. Entrevista"

"En la era neoliberal, Alemania necesita tener de nuevo una izquierda, reconocible y distinguible. Una izquierda que pueda llegar a ofrecer una alternativa a los jubilados y a los asalariados que ahora votan a quienes recortan pensiones y salarios, una alternativa que les permita decidirse con confianza por una fuerza política que esté claramente en contra de los recortes de pensiones y de salarios"

Los Congresos que este fin de semana han de celebrar la Linkspartei [Partido de la izquierda] y la WASG [Coalición electoral para la justicia social] en Halle y en Ludwigshafen, respectivamente, se enfrentan a problemas serios y a decisiones graves. La fusión entre ambos partidos de izquierda parece haber entrado en vía muerta, después de que la presidencia federal de la WASG no consiguiera la mayoría necesaria para impedir que el próximo otoño su agrupación berlinesa concurra a las elecciones por separado. Motivo de más para que Oskar Lafontaine [principal dirigente de la WASG] apremie a no jugar tácticamente con castillos de arena y a concentrarse en contenidos políticos, siguiendo el mandato de los electores el pasado 18 de septiembre de 2005: la oportunidad de construir una nueva izquierda no debe desperdiciarse. Lutz Herden y Hans Thie le entrevistaron para el semanario alemán de izquierda Freitag.

FREITAG: La República Federal se halla desde hace años en una situación absurda. Prácticamente todas las encuestas serias dicen que la mayoría de la población se mantiene firme en la idea directriz de la justicia social. Pero esa voluntad política no tiene oportunidad de realizarse, porque, elección tras elección, aparece –o se fabrica— un obstáculo objetivo que aconseja poner por obra todo lo contrario. ¿Cómo se explica Usted que ese vértigo no estalle?

OSKAR LAFONTAINE: Resulta en efecto llamativo observar que la mayoría de los jubilados votan a los partidos de los recortes de pensiones y que la mayoría de los asalariados votan a los partidos favorables a la prolongación del tiempo de trabajo sin compensación salarial, favorables, pues, a recortes al salario por hora trabajada. Sólo puedo explicármelo por los veinte años que llevamos de lavado de cerebros neoliberal. Se ha llegado a una situación en la que hombres y mujeres han llegado a creer que hay que recortar las pensiones, porque no podemos permitirnos otra cosa; que los salarios han de bajar, porque si no dejaremos de ser competitivos internacionalmente. Ha calado, además, en el pueblo la muy extendida opinión, según la cual todos los partidos cometen los mismos errores, todos estarían cortados por el mismo patrón. Así, una y otra vez, la mayoría vota contra sus propios intereses.

Pero el problema empieza ya con la elección de los candidatos, parcialmente determinada por los medios de comunicación. Asi la SPD [partido socialdemócrata], con gentes como Schröder y Clement, o ahora Müntefering y Steinbrück, queda prisionera de una política que considera como su punto intocable y evidente de partida el punto de vista de los costes empresariales. Otras voces, apenas son oídas. ¿O acaso tiene Usted otras experiencias.

En todas las sociedades existe una gran presión para adaptarse a eso, de manera que también la clase política de nuestra sociedad se adapta a las relaciones de poder con las que tiene que ver. Dicho de otra manera: yo no creo que los medios los elijan. La opinión predominante es en nuestro tiempo tan unilateral e inequívoca, que la clase política apenas si hace otra cosa que repetir palabreramente –uso muy conscientemente esta palabra, a riesgo de que más de uno se enoje— lo que oye en los círculos empresariales. Así en el caso de la señora Merkel, con su idea de introducir en la seguridad social una cantidad fija por persona.

Según eso, la política en sentido propio ha dejado de existir.

Ahora mismo, puede verse así. Una política que conserve su prioridad ante la economía, ya no la hay, porque la coalición de todos los partidos se ha plegado a las pretensiones de los círculos empresariales. Por eso es tarea de la nueva izquierda mostrar su programa y dejar claro que hay otra política.

¿Por qué la SPD se deja atrapar más que nunca por ese tutelaje que Usted describe?

La causa principal es la tendencia al caminar gregario, que ya se daba en otras épocas y que ahora resulta también muy notoria. Y el espíritu de los tiempos es inequívocamente neoliberal. Por eso debería la izquierda apuntar primariamente, no a escaños parlamentarios o a cargos de gobierno, sino a quebrar la hegemonía neoliberal: una tarea sobre todo espiritual-cultural. En cambio, la SPD está completamente imbuida del mainstream neoliberal. Una persona capaz de pensar por cuenta propia, simplemente, no puede llegar a entender cómo un partido que siempre estuvo por la paz y la justicia social, se pronuncie ahora en favor de guerras incompatibles con el derecho internacional y haga propaganda favorable al desmontaje del estado social.

En tales circunstancias, la nueva izquierda debería gozar de buenas oportunidades para ganar el terreno que la SPD ha abandonado. Y sin embargo, se ve paralizada por querellas internas. Tras el excelente resultado de un 8,7% en las pasadas elecciones al Parlamento federal [del 18 de septiembre de 2005], ¿no debería haberse acelerado el proceso de fusión entre la Linkspartei y la WASG, en vez de ir a una fatigante aproximación paulatina?

Esa era mi opinión, y también la de los demás dirigentes de la nueva izquierda, pero hubo que tener en cuenta la opinión de los militantes de base, y ahí predominaban las fuerzas partidarias de retrasar la fusión. Con independencia de las necesidades de clarificación programática. Piense sólo en los sectores de la Linkspartei corresponsables de la venta de pisos y apartamentos en Dresden, lo que llevó también a grandes discusiones en la WASG. Además, siempre hay dificultades cuando dos organizaciones distintas confluyen. Sin embargo, habría sido mejor sin duda fusionarse rápidamente y formar el nuevo partido, porque el mandato de los electores en las elecciones al Parlamento federal fue inequívoco. Las disputas más recientes no cambian eso: los órganos dirigentes y las agrupaciones de la WASG tienen que cumplir con el mandato de los electores y de sus miembros.

El que al proyecto de la nueva izquierda le falte la ilusión de hace unos meses tiene posiblemente también una razón interna: la izquierda sabe lo que no quiere, pero carece de una visión global de lo que conviene a la República Federal. ¿Tienen la Linkspartei y la WASG madurez política e intelectual suficiente para un desarrollo programático alternativo?

Sí, estoy convencido de eso. Y le diré por qué. A menudo se me pregunta: ¿Cuál es el programa alternativo de la nueva izquierda? Y entonces señalo a los países escandinavos, con sus cuotas y gravámenes fiscales, su espesa red social, sus tasas de crecimiento económico, sus elevadas tasas de empleo y sus éxitos en materia de política educativa. Por eso digo, una y otra vez, también en los debates parlamentarios: nosotros lo tendríamos relativamente fácil a la hora de cambiar la política en Alemania; deberíamos limitarnos a copiar lo que nuestros vecinos hacen mejor. Si hiciéramos nuestro el modelo escandinavo, con sus elevadas tasas y gravámenes fiscales, dispondríamos en Alemania de cerca de 330 mil millones de euros más en las cajas públicas. Y con un servicio público acorde con el modelo escandinavo, tendríamos 5 millones más de empleos (una magnitud, por cierto, que debería resultarnos conocida [coincide con el número de desocupados actualmente en Alemania]).

Pero no quiero reducir el proyecto alternativo a la política económico-social y educativa, sino que quiero muy expresamente incluir en él la política exterior. Hay aquí también claras diferencias con la política de la coalición de todos lo partidos exceptuada la izquierda: nosotros estamos por el respeto del derecho internacional; el resto de partidos defiende intervenciones contrarias al derecho internacional. Nosotros creemos que todos los Estados están obligados al desarme nuclear. No es posible que haya países que se arroguen el derecho de disponer de armas nucleares y las prohíban a otros: también aquí tenemos una posición singular. Nosotros creemos que las guerras en Oriente Próximo no tienen nada que ver con la libertad y la democracia, sino que se trata de campañas imperiales clásicas por la conquistas de fuentes de materias primas. Por eso decimos que un cambio de signo ecológico en la política energética de los Estados industriales es condición necesaria de un mundo más pacífico. Sólo nosotros entendemos por terrorismo el asesinato de personas inocentes a fin de lograr objetivos políticos. Por eso sólo nosotros condenamos como actos terroristas los bombardeos de ciudades y aldeas por parte de los EEUU y sus aliados.

En la Conferencia Rosa Luxemburgo del pasado enero, dijo Usted que incluso los dos partidos en cuyo nombre está Usted hoy hablando aquí están parcialmente infectados de neoliberalismo. ¿Hasta qué punto?

Lo que ha ocurrido en Dresden es un ejemplo. Los concejales municipales que votaron allí, en contra de las claras líneas programáticas de la Linkspartei, a favor de la venta de pisos y apartamentos de titularidad pública, lo que hicieron fue apuntarse a la tesis neoliberal, según la cual la tarea primordial del estado es retirarse y desendeudarse...

... lo que hacían era en buena medida reaccionar a las urgencias financieras de su ciudad, a fin de recuperar margen de maniobra para lograr subvenir con la venta a necesidades inmediatas de los ciudadanos.

Es posible. Pero si se piensa consecuentemente hasta el final, la inferencia reza así: toda la propiedad pública debe ponerse en almoneda, pues de este modo podremos librarnos de las deudas a corto plazo y ganar margen de maniobra. A la postre, lo que ocurre es que la mano pública se ve de todo punto despojada de las tareas que le son propias, lo que redunda en una enorme pérdida democrática. Por décadas, yo desempeñé con ilusión un mandato como diputado municipal –podíamos decidir sobre arbitrios de estacionamiento, tarifas eléctricas, precios del agua y del gas, impuestos de circulación, alquileres inmobiliarios, etc.—. Si el ejemplo de Dresden hace escuela –y pienso, por ejemplo, en la privatización parcial de las empresas del agua en Berlín en 1999, impuesta en el senado berlinés por los socialdémocratas y los cristianodemócratas, con los votos en contra de la PDS [el partido de que procede la Linkspartei], por mencionar un caso de graves consecuencias para los consumidores, que vieron incrementarse los precios del servicio en un 30%—, entonces la democracia a escala municipal quedará más o menos desmedulada. En Dresden es sólo cuestión de tiempo el que un inversor americano haga valer sus expectativas de rentabilidad.

Muchos municipios se ven confrontados a alternativas igualmente malas, porque la mezquina política fiscal roji-verde vació las arcas públicas.

Por eso es tan importante la tarea que tenemos por delante en el Parlamento federal, y en la que ya hemos empezado a cosechar éxitos parciales. Los partidos que, hasta las elecciones al Parlamento federal, habían preconizado programas de recortes fiscales –obviamente, no sólo los liberales de la FDP—, han tenido que distanciarse de eso. La CDU [unión democristiana] introdujo, por así decirlo, el cambio con el aumento del impuesto al valor añadido, aunque, obvio es decirlo, no se pensó en aumentar los impuestos sucesorios, los impuestos patrimoniales ni las tributaciones empresariales.

Pero los otros partidos están aprendiendo rápidamente –y eso es un éxito de nuestro grupo parlamentario—, que Alemania tiene un nivel de presión fiscal absolutamente por debajo de la media. Acaba de confirmarlo el recién designado presidente de la SPD, Beck. La cuota fiscal alemana está seis puntos por debajo de la media europea, lo que significa, por lo poco, una recaudación de 130 mil millones de euros menos al año. Si Usted los empleara en Berlín, Dresden u otros municipios, ganaría de inmediato grandes márgenes de maniobra, y duraderos. Esa es la diferencia decisiva con resoluciones de corto aliento respecto del tesoro municipal, resoluciones ajenas a cualquier consideración estructural. En cambio, una acrecida presión fiscal es una decisión estructural duradera. Venderse la bandeja de plata de la abuela, nunca es solución de nada.

Es interesante que nuestra pregunta –"¿A qué niveles de presión fiscal aspira Usted, en relación con nuestros vecinos?"— le resulte tan problemática a nuestra canciller: nunca se había hecho esa pregunta.

Por correcto que sea hacer esa pregunta, en nada ayuda a los políticos de izquierda de los Ländern o de las ciudades, que tienen que actuar aquí y ahora.

Desde luego. Pero precisamente el ejemplo de Berlín muestra que, a pesar del dilema en que hoy se hallan los políticos en los Ländern alemanes, poner acentos es de todo punto posible. En Berlín, la Linkspartei puede jactarse de haber prestado resistencia a la privatización de los hospitales y de los servicios de limpieza y obras en la vía pública que los demás partidos querían imponer. Puede decir con razón que, merced a las tasas para guarderías ha logrado crear una suerte de colchón social; puede decir que ha procurado superar parcialmente las escandalosas consecuencias sociales de la Ley Hartz-IV [de desmontaje de la asistencia social]. Así, los afectados pueden evitar un cambio forzoso de domicilio, porque reciben los fondos necesarios para cubrir los correspondientes costes. Pero –y aquí lleva Usted razón—, en los tiempos neoliberales de expolio de las arcas públicas, le resulta extraordinariamente difícil a la izquierda desarrollar, en las ciudades no menos que en los gobiernos autónomos, políticas satisfactorias.

Porque demasiado a menudo se hace lo contrario de lo que se tiene por correcto...

...y sin embargo hay que poner con claridad los acentos necesarios que permitan reconocer las líneas de fuerza de una perspectiva de largo plazo. Pongo otra vez el caso del Land de Berlín y su muy criticada desvinculación respecto de la comunidad tarifaria de los Ländern antes incluso del senado con mayoría roji-roja. Ese paso se vio contrapesado gracias al contrato tarifario firmado por el dirigente del sindicato Verdi, Bsisrke, en el que se acordó una disminución del tiempo de trabajo sin compensación salarial –escalonada según ingresos— para evitar recortes de personal. Una jugada política de izquierda clásica, que yo defiendo desde hace décadas, porque con arcas públicas vacías no se puede simplemente decir: reaccionamos como reaccionaría cualquiera, hacemos recortes de personal. En este caso, disminuir el tiempo de trabajo diferencialmente según los ingresos es un adecuado instrumento de izquierda. Ciertamente insatisfactorio, pero un instrumento.

Tras años de aislamiento precisamente en Berlín, ¿tiende la Linkspartei ahora a mostrar su capacidad para asumir sus responsabilidades de gobierno?

Sin duda eso juega un papel. Fue aquí, en Berlín, en la ciudad que está en primera línea del frente político, donde se tomó la decisión histórica de formar un senado de mayoría roji-roja [socialdemocracia + nueva izquierda poscomunista]. Sin embargo, la responsabilidades de gobierno no pueden pesar al punto de echar por la borda los propios principios. Tenemos una tarea que va más allá de Berlín y de Dresden. En la era neoliberal, Alemania necesita tener de nuevo una izquierda, reconocible y distinguible. Una izquierda que pueda llegar a ofrecer una alternativa a los jubilados y a los asalariados que ahora votan a quienes recortan pensiones y salarios, una alternativa que les permita decidirse con confianza por una fuerza política que esté claramente en contra de los recortes de pensiones y de salarios.

Ha descrito Usted al país tal como es ahora. Teniendo eso presente y echando la vista atrás, a la decisión de 1998 sobre la candidatura a canciller de la SPD, ¿no se dice Usted ahora: "Tendría que haber luchado, y no haberle dejado el paso libre a Gerhard Schröder"? Tendría Usted que haber intuido que este hombre era corruptible.

Hace mucho que me contesté a mí mismo esa pregunta: erré, en efecto, al dejarle el camino expedito a Schröder. Sólo que lamentarse no sirve ahora de nada. Traté entonces, con un programa de gobierno común que fijara las líneas al partido y al candidato a la cancillería, sentar las bases programáticas de futuro, sin calcular que, inmediatamente después de las elecciones de 1998, y por la vía de la adaptación oportunista al espíritu de los tiempos, ese programa iba a ser desnaturalizado hasta convertirse en su contrario.

Traducción para www.sinpermiso.info: Amaranta Süss

Sin Permiso, 28/04/06