Roger Jiménez: El efecto Rip Van Winkle

Roger Jiménez: El efecto Rip Van Winkle

Al inicio de la primavera, me reuní con varios amigos en una idílica aldea pastoril perdida en las montañas prepirenaicas. En una de las largas sobremesas junto al fuego saltó la figura de Rip Van Winkle, el granjero protagonista de un relato de Washington Irving quien, vagando por el monte, encuentra a un grupo de enanos jugando a los bolos y cae dormido después de beber con ellos un extraño licor. Al despertar, muchos años después, es un hombre viejo y comprueba que todo ha cambiado a su alrededor. Su mujer ha muerto, sus hijos se han marchado, y el retrato de George Washington cuelga en los lugares públicos en lugar del rey Jorge III. Entonces, el anciano Winkle se dedica a explicar a sus conciudadanos cómo eran las cosas en el periodo prerrevolucionario estadounidense.

Inspirados en esta historia, iniciamos una especie de juego onírico consistente en individualizar los cambios más impactantes de nuestro entorno tras una prolongada hibernación: la globalización, el proceso postindustrial, las nuevas tecnologías, los flujos inmigratorios, los efectos brutales de la televisión… Una contertulia rompió el ritmo de estas grandes generalizaciones y derivó hacia otro fenómeno que capturó el interés de todos: la inquietante pérdida de responsabilidad individual y colectiva en nuestra sociedad. Se observa en muchas actividades y en las distintas escalas, dijo. “El mundo presente es la expresión directa de un poder irresponsable, y son demasiados los poderosos que no escuchan otras voces que los ecos de las suyas. Cada vez quedan menos personas dotadas de capacidad para comprometerse con las causas y con los demás, aquellas personas que solían adoptar responsabilidades, que se esforzaban en mantener una visión ética de la vida y eran receptivas y afables en sus relaciones. Echo en falta esta dimensión responsable.”

El asunto nos mantuvo más de lo previsto en torno a la gran chimenea. Unas voces abundaron en el diagnóstico mientras que otras entraron en la relación de causa efecto. Hubo variedad de aportaciones sobre la definición de ciudadanos como seres responsables y solidarios. Los jóvenes crecen en la cultura de la impunidad disociada de cualquier noción de responsabilidad cívica porque los padres y enseñantes, la sociedad entera, cree en un poder superior, casi divino, que nos libere de responsabilidades, fue otra de las afirmaciones.

Un erudito citó a Jean Baudrillard cuando dice que se perfila cada vez más una realidad política perfectamente disociada. Por un lado, existe una clase política que evoluciona con plena impunidad y dedicada a la tarea única de reproducirse en una confusión endogámica de todas las tendencias y a través de una alianza incestuosa entre la derecha y la izquierda que provoca la patología y la degeneración que son características de la consanguinidad. Y de otra parte, está la sociedad real, desconectada de la esfera política, a la que sólo le queda el cordón umbilical de los sondeos y las encuestas. De tal modo que los escándalos, la corrupción y la degradación general no tienen la menor consecuencia, porque en una sociedad disociada la responsabilidad (la posibilidad de que las dos partes rindan cuentas) ya no forma parte de las reglas del juego. A partir de los 40 toda persona es responsable de su aspecto, decía Roosevelt. El verdadero drama se encuentra en el poder de los mecanismos sociales, en su implacable inercia, su conformismo letal que hacen que parezca inútil e invisible cualquier tipo de elección de individual y la proyección de los gustos, los sentimientos y la elección personal de cada individuo…

Sólo alentaban unas pocas brasas cuando levantamos la amigable aunque vivaz reunión, sorprendidos de lo mucho que había aportado un personaje de ficción de comienzos del siglo XIX. Nos retiramos todos a dormir sin el menor sentido de responsabilidad por llegar a ninguna conclusión sobre lo discutido.

La Vanguardia, 22/05/06