Carlos Nadal: ¿Secuestro de la democracia?

Carlos Nadal: ¿Secuestro de la democracia?

El espectáculo de la política francesa en estos días no es precisamente edificante. Hay un ambiente que permite ya a algunos comentaristas hablar de fin de la V República que creó De Gaulle. Voces de alarma que no se detienen ante las expresiones más sombrías. Se generaliza la idea de que Francia ha entrado en un periodo de declive que a veces se atenúa con la expresión, más suave, de repliegue.¿Sufre el país un mal de fondo, de sociedad?

Posiblemente no tiene mayor gravedad lo que ocurre en Francia que en otros estados miembros de la Unión Europea. Le afectan en definitiva las alteraciones mundiales de la economía con las consecuencias subsiguientes de la mal ajustada recomposición social, las de la inmigración y las del mismo encaje en la Europa de los veinticinco que no acaba de salir del marasmo en que cayó después del fracaso del referéndum sobre el proyecto de Constitución que se produjo precisamente en Francia y en Holanda.

Pero sobre este fondo, lo que muestra Francia de una manera casi clamorosa es la caída en descrédito de la política. De los partidos. Yde los políticos concretamente. Habrá elecciones presidenciales dentro de un año. Ycasi llevamos ya uno en que la política francesa gira descaradamente en torno a la lucha por ver quién llegará a ser el inquilino del palacio del Elíseo. No sólo en la oposición socialista sino también en la mayoría que gobierna. Especialmente, entre Dominique de Villepin, actual primer ministro, y Nicolas Sarkozy, que combina la cartera de Interior con la secretaría general del partido gubernamental (UMP), mayoritario en el Parlamento y que encabeza el presidente de la República.

Es una lucha sin tapujos. En la cual casi vale todo. Y que teje y desteje las maniobras tácticas a campo abierto o mediante rodeos solapados, siempre moviendo hilos que van a parar o se manipulan desde el mismo Elíseo. Allí, Chirac, en la fase final de su larga historia política, en pleno descrédito, mantiene un último reducto en connivencia con los más allegados, su esposa, Bernadette; su hija Claude, y los fieles.Una espesa atmósfera deteriorada de fin de reinado se ha instalado en torno a la presidencia. Y sin embargo el juego de aventajar a uno y poner palos en las ruedas a otro continúa hasta la saciedad por parte de un Chirac que ha envejecido en la constante práctica de este ejercicio. Hoy es una ruina política con poco más del 30% en el crédito popular mientras que el Villepin al que mantiene contra viento y marea en la jefatura del Gobierno consigue escasamente un 25%.

Todo tiene un cariz de paréntesis. Algo ha acabado. No va más allá. Y, sin embargo, queda todavía un año por delante, hasta las elecciones presidenciales de mayo y las generales de junio del 2007. Mientras tanto, ocurren cosas. El país vive sobresaltos. En el otoño del año pasado, la revuelta de los suburbios que puso al descubierto el alarmante desfase de la Francia de la inmigración, ya oficialmente nacionalizada, respecto a la de raíces históricas y culturales profundamente interiorizadas. Y, en marzo-abril, otra revuelta. Las manifestaciones y las huelgas de estudiantes contra la ley de Contratos de Primer Empleo (CPE) que, con el apoyo sindical, consiguió que el Gobierno Villepin hiciera marcha atrás.

No importa. La política parece tener un ámbito propio, ajeno a la realidad perentoria de la sociedad. Villepin lleva apenas un año en la jefatura del Gobierno y parece que sea una eternidad. Como si una voz salida de lo hondo del país le estuviera diciendo: vete, vete. Por si fuera poco, sale ahora a la luz el escándalo del Clearstream, una sociedad financiera ubicada en Luxemburgo. Gente con mucha responsabilidad en los servicios de inteligencia aparece en la prensa con destacados titulares en relación con listas de políticos, de hombres de negocios, supuestamente comprometidos en el viejo asunto de cobros ilegales por la venta de fragatas a Taiwán. Entre ellos, de manera mal encubierta, el de Sarkozy. Yla gran sospecha: Villepin, posiblemente comprometido en una sucia intriga para desacreditar al ministro del Interior y jefe de su partido. Con Chirac tras las cortinas. Todo está por aclarar. La justicia entiende en ello. Pero la duda entenebrece aún más el aire que respiran el presidente y su primer ministro.

La moción de censura presentada por la oposición el pasado martes no cuajó. Pero hubo significativas y numerosas ausencias en los escaños de la mayoría. Villepin habla de moción montada sobre la mentira y la calumnia. Y François Hollande, primer secretario del Partido Socialista, denuncia que la derecha en el poder "ha cogido como rehén al Estado para resolver un conflicto existente en su seno". Roland Cayrol, autor del libro La nuit des politiques, en declaraciones al periódico Aujour d´hui saca esta conclusión: "El extraño espectáculo de la batalla interna visible que mina a la mayoría entre el número uno y el número dos del Gobierno ocasiona en el caso Clearstream el hundimiento de las instituciones de la República: la política, la justicia, los medios de comunicación". Y deduce: "Vivimos un periodo en que el desfase entre los electores y el comportamiento de los dirigentes es abisal".

Este diagnóstico posiblemente vale de algún modo para gran parte de Europa y contribuye a la parálisis mal disimulada de la UE. El secuestro del Estado por los partidos alcanza dimensiones tan exageradas e inaceptables que envenena el sistema de las mayorías y minorías, de las alternancias. Corrompe la misión de servicio de la política. Y enturbia el imprescindible circuito de transmisión entre el sistema político y la ciudadanía. Precisamente cuando el sentido mismo de esta ciudadanía se ve inhibido y atomizado en gran parte por el impacto de fuerzas económicas transnacionales.

Tantas veces opacas y hasta sumergidas que socavan la confianza en valores individuales y colectivos.

Jean-Caude Le Goff, en La démocratie post-totalitaire,llega a la conclusión de que las sociedades europeas democráticas conocen un proceso de deshumanización y desagregación muy distinto del totalitarismo del siglo XX, pero que constituye el punto ciego de las democracias. Lo que haya de excesivo negativismo conservador en esta idea obliga a acogerla con todas las reservas. Pero, debidamente relativizada, sirve para acercarse a la Europa que acaba de ver cómo el descaro inexplicable del gobierno Berlusconi en Italia ha sido desautorizado en las urnas sólo por una mayoría de 27.000 votos y cómo le sucede una heterogénea coalición de centroizquierda que tiene por delante demostrar su viabilidad.

Es la Europa de la lenta hora crepuscular del laborismo casi thatcheriano de Blair, del giro ultramontano de Polonia hacia una alianza del ultranacionalismo con la extrema derecha antisemita y antieuropeísta, hasta de la Holanda ejemplo de libertad que sospechosamente empuja a irse a Estados Unidos a una diputada de origen somalí, valiente denunciadora de las deshonrosas servidumbres del islamismo. Y de una España de partitocracia múltiple y disonante en busca de certezas en las pistas equívocas de la modernidad.

Queda Alemania. La sabiduría de la Grosse Koalition entre democristianos y socialdemócratas. La imagen de la señora Merkel que, con su aire modesto, levanta la confianza del país: lleva la autoridad de un criterio solvente por igual a Washington, Moscú y Bruselas. La Alemania que los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad asocian a su gestión de la crisis iraní y de la que la UE espera el milagro de su revitalización. Inesperadas vueltas de la historia. ¿Un espejismo?

La Vanguardia, 21/05/06