Oscar Sbarra Mitre: No hay que temerle al pueblo

Oscar Sbarra Mitre: No hay que temerle al pueblo

La convocatoria presidencial a la Plaza de Mayo en la fecha patria ha levantado una gran polvareda de opiniones, muchas de ellas críticas, lo que representa una muestra del sistema democrático en pleno funcionamiento. Sería importante, como en toda confrontación de ideas, desenredar la madeja, separando forma y esencia, para no sustituir indebidamente una por otra.

Sólo en el pueblo reside la soberanía política.

“La voluntad del pueblo es la base de la autoridad del poder público; esta voluntad se expresará mediante elecciones auténticas que habrán de celebrarse periódicamente, por sufragio universal e igual y por voto secreto u otro procedimiento equivalente que garantice la libertad del voto”, sostiene el artículo 21, punto 3, de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, sancionada por las Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948.

Si lo comparamos con el emblemático artículo 22 de la Constitución de 1853, que comienza: “El pueblo no delibera ni gobierna si no por medio de sus representantes y autoridades creadas por esta Constitución”, se aprecian dos concepciones opuestas, ya que la afirmación primera y prioritaria de la cuasi sacra cita es: “El pueblo no delibera ni gobierna”, lo que parece negarle el derecho de ser depositario de la voluntad política.

Se dirá que el artículo 22 es la paradigmática fórmula de un sistema representativo. Si así fuera, aseveraría lo contrario. Por ejemplo: “El pueblo es el único que delibera y gobierna, porque en él reside la soberanía política. Lo hace por medio de sus representantes, elegidos por mayoría de sufragios, en elecciones libres”.

El pulcro manejo lingüístico de aquellos constituyentes no hace creer en equivocaciones. Mucho más cuando la palabra “democracia” no figura ni una sola vez en el texto sancionado, aunque el cuerpo normativo habla de “sistema republicano”.

No pretendemos ser excesivamente sutiles, pero lo republicano y lo democrático expresan visiones desde ángulos diferentes. La República es la democracia mirada desde las instituciones. La democracia, en cambio, representa la República vista desde la gente.

Una de las veinte verdades del peronismo señala que la verdadera democracia es aquella en la que el gobierno hace lo que el pueblo quiere, en plena coincidencia con lo establecido por la Declaración Universal de los Derechos Humanos. El detalle no es mínimo. Indica la dirección de las decisiones en el sistema: de mandantes a mandatarios, de abajo hacia arriba, y no al revés.

El contexto histórico llevó a los congresales de 1853 a diseñar una institucionalidad a salvo de lo que suponían tumultuaria presencia del pueblo.

Basados en que toda democracia de cierta magnitud cuantitativa es practicable exclusivamente a través de la representatividad, forzaron una estructura que llegó a denominarse el gobierno de los doctores, en alusión a un republicanismo sin la vigencia del imprescindible protagonismo popular, que le otorga sentido.

Como no es elegante descreer de la democracia y, mucho menos, denostarla, se la acepta separada de su esencia: la voluntad de los ciudadanos. Nada mejor, entonces, que entenderse con los mandatarios. Acordar con pocos es factible; hacerlo con todos, imposible. Solución: que deliberen y gobiernen sólo los representantes.

Se erradicará de las normas constitucionales toda referencia al voto de los ciudadanos, con menciones eleccionarias relativas únicamente a cuerpos colegiados, como cámaras legislativas y colegios electorales. La preeminencia autoritaria del Senado sobre el pueblo romano no es sólo una anécdota para el liberalismo.

El planteo consiste en enfrentar a las instituciones con la voluntad popular, algo paradójico, pues las primeras nacen de la segunda en todo esquema democrático, donde la voluntad del pueblo libremente manifestada es lo principal y estratégico, en tanto las instituciones, consecuencia de esa voluntad, expresan la metodología accesoria.

Ambas instancias se complementan y son necesarias, pero ello no autoriza a confundir sus papeles ni a mezclar su importancia y su incidencia en el marco institucional. En las monarquías absolutistas o en los regímenes totalitarios, las instituciones sustituyen la voz del pueblo, en las democracias la transmiten.

Como Estentor, el homérico guerrero que con su potente voz reunía a los combatientes griegos en el sitio de Troya, multiplican su eco. Son un altavoz y no una mordaza.

Moldear con las instituciones –mal supuestas como pétreas, sagradas e inmodificables– la voluntad del pueblo parece un crimen de lesa democracia. Es como anteponer las formas a la esencia, el cumplimiento de la liturgia a la obediencia de los mandamientos, la ideología a la realidad, el efecto a la causa.

Todo funcionará si el pueblo es capaz de coincidir mancomunadamente, apoyando un proyecto que entiende propio y defendiéndolo en consecuencia. Claro que hay quienes honestamente descreen de tal movilización, y es bueno que así sea. Toda oposición es saludable en tanto se ejerza esgrimiendo ideas y no creyendo en el agravio como género literario. Pero la mayoría de los agrios juicios de estos días revelan mucho más miedo al pueblo reunido que críticas fundadas a su gobierno democrático.

No será la primera vez que el pueblo ocupe la plaza que es eje de su historia. Lo hizo, incluso, antes de afirmar LA NACIONalidad. Un 12 de agosto de 1806 echó al invasor imperial, el 25 de mayo de 1810 clamó por la independencia y aquel 17 de octubre de 1945 inauguró la era de la equidad y la justicia.

Hoy acudirá para decirles sí a la vida y a la esperanza y gritar un rotundo no a esa crónica de una muerte anunciada que es el neoliberalismo.

El pueblo es pura nobleza. Desconoce la maldad y no alienta, ni remotamente, sentimiento alguno de venganza. Es como Dios: infinitamente bueno y sabiamente justo. Por eso no cabe tenerle miedo. A Dios no se le teme, se le ama. Quien le teme al Creador sabe muy bien por qué. Quien le teme al pueblo, también.

Los últimos libros del autor son Memoria e identidad, las paralelas del destino e Historia esencial del peronismo.

La Nación, 26/05/06