Isidoro Moreno: Dilapidar cerebros

Isidoro Moreno: Dilapidar cerebros
Isidoro Moreno, catedrático de Antropología de la Universidad de Sevilla

Cientos de profesores de varias Universidades andaluzas estamos recibiendo estos días una amable carta en la que se nos invita a abandonar la Universidad. No han leído mal: como nuestra jubilación forzosa es a los setenta años, y prácticamente nadie se jubila voluntariamente a los sesenta y cinco por la gran pérdida económica que ello conlleva, aproximadamente del 50%, se nos está ofreciendo la posibilidad de hacerlo desde los sesenta, si se tiene treinta de servicio, cobrando la totalidad de nuestra retribución actual hasta la edad de jubilación forzosa. Sin tener que dar una clase, ni investigar, ni dirigir tesis. Dicho de otro modo: durante una década, si cumplimos ciertas condiciones, podemos seguir cobrando lo mismo que trabajando… por no hacer nada. El Fondo de Acción Social de la Universidad pagará "generosamente" la diferencia entre la pensión y el total de lo que cobramos ahora. El ofrecimiento se denomina oficialmente, al menos en la Universidad de Sevilla, Premio a la Jubilación Voluntaria.

No sé si los lectores interpretarán esto como un nuevo privilegio de las élites académicas o como la extensión a la Administración Pública de la política de prejubilaciones que, desde hace años, llevan muchas empresas para reducir sus gastos en personal. Pero lo más significativo es que, cuando a todos los voceros y autoridades, tanto del ámbito universitario como del político, se les llena la boca de expresiones como "excelencia investigadora", "calidad de la docencia" o "equiparación a Europa", nuestra Universidad pueda permitirse el lujo de prescindir de centenares de catedráticos y profesores titulares, incluso empujándoles fuera de las aulas con el "Premio" de seguir cobrando lo mismo que si continuaran transmitiendo conocimientos a los alumnos, trabajando en investigaciones y aportando experiencia.

Desde hace un tiempo, se nos viene repitiendo que la Convergencia Europea comporta la necesidad de uso de tecnologías y reorientaciones pedagógicas "difíciles de asumir por quienes estén acostumbrados a la clase magistral". No seré yo quien adopte una defensa corporativista de catedráticos y titulares –en ambos cuerpos, como en los demás estamentos universitarios, y en todas las profesiones, hay excelentes, buenos, mediocres y hasta deficientes profesionales– pero me parece un insulto a la inteligencia sugerir la incapacidad mental de adaptación de quienes tienen como oficio el de la experimentación y/o el pensamiento reflexivo. A un vicerrector, o muy honesto o muy fácil de palabra, se le escapó hace unos meses la verdadera finalidad de la medida, al señalar (El País, 23/1/2006) que "por cada dos catedráticos que se jubilen, nosotros podremos contratar a un nuevo ayudante". La crudeza de la declaración, aunque se pretenda suavizar con referencias al recambio generacional, no deja lugar a dudas: de lo que se trata es de ahorrar dinero, amortizando puestos y precarizando el empleo. En esto consiste fundamentalmente, aunque se envuelva en el celofán de la Convergencia Europa, la "gestión empresarial" de la Universidad.

La LOU, impuesta por el gobierno del PP y apenas reformada por el PSOE, y gran parte del contenido de los acuerdos de Bolonia, sólo engañan, en cuanto a sus objetivos, a quienes sean fáciles de seducir por cualquier flauta supuestamente mágica. Sus objetivos son poner la Universidad al servicio exclusivo del Mercado, y, por ello, de sus tres funciones definidoras: formar profesionales mediante la docencia, hacer avanzar el conocimiento a través de la investigación y proporcionar instrumentos críticos para interpretar el mundo y, en su caso, transformarlo, al Mercado le sobra la última y también la mayor parte de la segunda. En esta dirección de amputar funciones van las actuales reformas de titulaciones y el acortamiento de los grados: a la conversión de las Universidades públicas en academias en las que se pague al profesor solamente por horas de clase –cada vez menos en número porque el oráculo pedagógico dice ahora que lo adecuado no es enseñar sino "ayudar a aprender" (?)–, con la guinda de algunos investigadores "de excelencia". Y para conseguir esto, parece claro que un ayudante será casi siempre más dócil, sobre todo por su situación más frágil, y cobrará bastante menos, que dos catedráticos.

De cualquier modo, me parece un inaceptable derroche, una dilapidación de cerebros, que la Universidad pretenda conseguir que la abandonen quienes se encuentran, en su mayoría, en su madurez intelectual más fértil. ¿Se debe animar a éstos a que se vayan a casa, o sería más razonable, y socialmente más productivo, descargarles de algunas horas de clase para que pudieran centrarse en la investigación, la dirección de tesis y proyectos, y la difusión de su pensamiento? Parece que esta alternativa ni siquiera la conciben los gestores económicos– ni, ¡ay! tampoco los rectores académicos ni los miembros de los Consejos Sociales– de nuestras Universidades. Porque el "Premio" ni siquiera es compatible con el nombramiento de Profesor Emérito, que es la vía para mantener algún vínculo con la vida universitaria, después de la jubilación. Además de en sueldos y número de profesores, también parece que quieren ahorrar en mesas.

Europa Sur, 02/06/06

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