Juan Gelman: Orwelliana

Juan Gelman: Orwelliana

El aparente suicidio de tres presuntos “enemigos combatientes” prisioneros en la base de Guantánamo ha multiplicado el número de altos funcionarios norteamericanos que repiten a George Orwell. Como es notorio, el autor británico pintó en su novela 1984 el probable futuro de una Inglaterra dominada por el socialismo real y obligada a hablar un nuevo inglés, el “newspeak”. Los propósitos de esta lengua peculiar –señalaba el escritor– eran cohibir cualquier pensamiento distinto al del poder, vaciar la materia del lenguaje tornándolo impreciso y, sobre todo, lograr que el discurso humano fuera lo más independiente posible del flujo de la conciencia. Dos destacados ejemplares de EE.UU. acaban de dar muestras excelentes de ese ejercicio.

El vicealmirante Harry B. Harris, comandante de la prisión de Guantánamo donde 460 sospechosos están enjaulados sin proceso ni investigación alguna de sus “acciones terroristas”, muchos desde hace más de cuatro años, tipificó el triple suicidio en estos términos: “Son sagaces (los prisioneros), son creativos, son decididos. No les importa la vida, ni la nuestra ni la de ellos. Creo que no fue un acto de desesperación, sino un acto de guerra asimétrica contra nosotros” (tompaine.com, 19/6/06). Eso. Suicidarse después de años de aislamiento, sin familia, sin enjuiciamiento, sin abogados, sin perspectiva alguna de salir en libertad y sometidos a bárbaras torturas – perdón, “apremios ilegales” –, es para el vicealmirante un acto de guerra sin duda “terrorista”. Nótese la perversidad del elogio del victimario a las víctimas.

Sobre esos prisioneros pesan acusaciones vagas y sin mayor sustento, y documentos confidenciales obtenidos por la Unión Estadounidense de Libertades Civiles (ACLU, por sus siglas en inglés) muestran algo bastante curioso: hasta el FBI ha protestado por los métodos que se aplican en Guantánamo y ha revelado que el Pentágono los conoce y los alienta. En un memorando interno de fecha 30 de mayo de 2003 se especifica que el general Geoffrey Miller, entonces jefe del grupo conjunto de tareas “Guantánamo”, favorecía interrogatorios que los agentes del FBI consideraban de “cuestionable eficacia” y que podían suscitar fácilmente “información no confiable” (www.aclu.org, 23/2/06). Una preocupación profesional, pues. El ACLU dio a conocer dos e-mails del FBI en los que se señala que las torturas son “aprobadas al nivel más alto del Departamento de Defensa” y por el subsecretario del Pentágono. Nadie los ha llamado a responder por esas violaciones manifiestas de los Convenios de Ginebra.

Una muy alta funcionaria del State Department encaró los presuntos suicidios desde otro lugar. “Es una buena jugada de relaciones públicas para llamar la atención”, asestó Colleen Graffy, subsecretaria asistente de Estado (ABC, 12/6/06). Negó que fueran resultado de una desesperación sin límite, más bien se trató de “una táctica para impulsar la causa jihadista”. La señora Graffy es incapaz de pensar que en la situación de extrema indefensión de los prisioneros en Guantánamo, éstos sólo pueden resistir con el cuerpo a la deshumanización sistemática que les infligen y así lo han hecho mediante varias huelgas de hambre que fueron violentamente interrumpidas para alimentarlos a la fuerza. La paradoja no es pequeña.

El miércoles 14, el jefe del Pentágono Donald Rumsfeld ordenó la expulsión de tres periodistas norteamericanos que se encontraban en Guantánamo por Los Angeles Times, el Miami Herald y el Charlotte Observer. El pretexto: los celos que iba a provocar a la competencia que sólo ellos pudieran informar sobre el supuesto triple suicidio. “La abrupta expulsión refleja las continuas tensiones entre el personal militar que vigila la base y los periodistas que tratan de reunir información (y) se han quejado porque les prohíben entrevistar a los prisioneros, sus movimientos en la base son estrechamente vigilados y reciben poca información de la oficina de relaciones públicas” (The New York Times, 19/6/06). Desde luego: ¿por qué el pueblo norteamericano debería enterarse de las atrocidades que se perpetran en Guantánamo? ¿O acaso no impera en EE.UU. la libertad de prensa?

Y quién sabe si los tres prisioneros se suicidaron o fueron suicidados. Sus cadáveres presentan señales de tortura y les han quitado órganos como el corazón y el cerebro, lo cual impide una autopsia que revele con certeza la causa de los fallecimientos. En el documento “Estrategia de Seguridad Nacional 2006” se reitera la doctrina de los ataques “preventivos” a otros países y se subraya la importancia de fortalecer lazos con los aliados para combatir al terrorismo (www.whitehouse.gov, marzo del 2006). Los hechos de Guantánamo irrumpen al mismo tiempo que una encuesta del Centro de Investigaciones Pew muestra que el prestigio de EE.UU. está pendiente abajo incluso en naciones amigas como el Japón, Gran Bretaña, Alemania y Francia (pewglobal.org, 13/6/06). En la Estrategia se establece asimismo que “el avance de la libertad y la democracia y de la dignidad humana es la solución duradera del terrorismo transnacional de hoy”. W. podría empezar por casa.

Página 12, 23/06/06