Eduardo Subirats: Fascismo después de Auschwitz

Eduardo Subirats: Fascismo después de Auschwitz

Los bombardeos de ciudades con el objetivo explícito de erradicar a una población étnica y religiosamente definida como islámica, las masacres genocidas perpetradas por organizaciones paramilitares, los campos de concentración, tortura y exterminio indiscriminado de partisanos, ciudadanos inocentes y mujeres clasificados como árabes, la destrucción intencional y sistemática de legados culturales de los pueblos islámicos, y el soberano desprecio por cualquier norma legal y moral irrumpieron súbitamente, al cerrarse el siglo, en una Europa alegremente confiada en las promesas de un neoliberalismo triunfante tras el desmoronamiento de la Unión Soviética. Cerraba aquella guerra de los Balcanes la absoluta pasividad de la masa electrónica global.

Un historiador europeo, Jacques Julliard, advirtió entonces en el título de su ensayo: ''Ce fascisme qui vient..." En 1994, sin embargo, semejante aviso parecía extravagante. Aquella guerra respondía, al fin y al cabo, a un conflicto local, y sus estrategias criminales se percibían más bien como un déjà vu. Por lo demás, la aldea global consumía alegremente una postmodernidad multicultural; y milagrosos índices de crecimiento. ¿Qué podía significar un fascismo del mañana?

La palabra ''fascismo" ya había adquirido, por otra parte, un perfil desgastado. La academia anglosajona (R. Griffin, es un caso tan sintomático como las películas de Hollywood sobre el tema) ha venido trivializando el fascismo histórico y global a la categoría de un poder carismático ligado a ideologías salvacionistas y a un concepto de totalitarismo conceptualmente recortado desde una estricta visión jurídica. Estas versiones académicas han identificado además fascismo y nacionalismo con apasionada terquedad. A cambio, han ignorado sus raíces históricas en los imperialismos clásicos y modernos, y en la teología política colonial. Y siguen ignorando sus ostensibles vínculos con las corporaciones industriales, energéticas y militares. Pero, sobre todo, esta definición políticamente correcta del fascismo se había preocupado en silenciar las dos interpretaciones críticas más importantes del fascismo: la de Karl Polany que ponía de manifiesto la continuidad de neoliberalismo y fascismo, y la de Max Horkheimer y Theodor W. Adorno que señalaban su continuidad con la tecnociencia baconiana.

Sin embargo, seguimos aplicando corrientemente la palabra fascista (de manera impropia si considerásemos propia la apropiación académica de las palabras) a un concepto agresivo de poder que no respeta límites nacionales ni morales, utiliza los medios del escarnio mediático y la propaganda total, emplea la tortura, el crimen y el terror como instrumentos de coacción, y aplica con perfecta impunidad estrategias genocidas como medio de extender sus megamáquinas militares y políticas. Llamamos fascistas a las estrategias que visan la destrucción de comunidades históricas, de ecosistemas y legados culturales, y de normas morales establecidas a lo largo de la historia de los pueblos. Es en este sentido que nos referimos a Hitler, Franco o Pinochet como fascistas. Y en este sentido decimos que las políticas de aniquilación de Oriente medio apantalladas por Bush o Blair son fascistas. Y que es fascista la estrategia de exterminio terminal que Putin ha desplegado en Chechenia. Y que la aniquilación de las ciudades sagradas de Irak o los barrios chiítas de Beirut es un genocidio fascista, como lo fue el bombardeo de Gernika y de los guetos judíos de Varsovia.

El carisma de un poder personalizado ha sido otro signo distintivo del fascismo histórico. Y que duda cabe que esta dimensión no se aplica a los líderes de la Guerra global del siglo XXI. De la dislexia a la simple necedad, sus escasas dotes intelectuales han sido reiterado motivo de chanzas populares. El nuevo fascismo tampoco se sirve de grandes oradores como Mussolini o Perón. En la sociedad del espectáculo, que ha depuesto al arte, la política ya no se define como estilo, sino como diseño. Sus líderes son máscaras mediáticas sin otra función que la de ocultar con su impenetrable opacidad la irresponsabilidad histórica del nuevo orden militar.

Este remozado fascismo no se distingue del viejo en su misticismo regresivo de guerras salvacionistas contra el mal, ni en su fanfarre de los valores de Occidente; tampoco en la cultura del odio sin el que esa falsa trascendencia no podría triunfar. Su dimensión fundamental reside en la naturaleza terrorífica de sus armas, y en el desorden y la dominación globales que instauran. Los cientos de toneladas de uranio empobrecido sembrados en Kosovo, Afganistán e Irak, y la guerra biológica en el Amazonas colombiano son paradigmas de este terror constituyente del nuevo orden mundial del siglo XXI.

Pero la Guerra de los Balcanes puso de manifiesto un subsiguiente aspecto perturbador. No sólo brindaban horribles masacres y cuadros de putrefacción política en sus pantallas. Al mismo tiempo reducían al ciudadano a la condición de consumidor de sus imágenes degradadas y lo evaporaban como conciencia. Este doble proceso de anihilación, ciudades y vidas por un lado, y de nuestra existencia a la condición de consumidores, por otro, ha adquirido en la producción mediática de nuestra Guerra global el carácter de un sistema de escarnio y deshumanización permanentes.

Eso explica la paradójica diferencia entre el fascismo nacionalsocialista y el fascismo global de hoy. La transformación de la democracia en espectáculo permite la implantación masiva de controles totalitarios, desde la vigilancia electrónica de Internet hasta la tortura, sin necesidad de modificar sustancialmente su supraestructura jurídica y su apariencia cosmética. La volatilización digital de las elecciones mexicanas o la escenificación de la democracia bajo los términos constituyentes de la sangrienta ocupación militar en Irak son dos extremos complementarios de este mismo sistema. Por eso las megamáquinas del poder financiero y militar contemporáneo tampoco necesitan organizar movilizaciones de masas físicas. Los highways electrónicos concentran mucho más expeditivamente a la masa humana postmoderna en los containers mediáticos, la moviliza más eficazmente mediante sus estímulos virtuales y evaporan terminalmente su existencia a través de su conversión digital y estadística. La guerra genocida es la expresión culminante de esta lógica anihiladora del espectáculo.

La Jornada, 15/08/06