Eulàlia Solé: Legalizar la tortura

TorturaEulàlia Solé: Legalizar la tortura
El miedo se ha instaurado en los corazones hasta el punto de admitir la usurpación de libertades
Eulàlia Solé, socióloga y escritora

En la mayoría de los países, incluida la Unión Europea, la tortura no está penada. En sus legislaciones no consta como una conducta punible, lo cual implica que no deje de practicarse pese a que la convención internacional de Ginebra de 1984 obliga a los 141 estados firmantes a establecer sanciones en el código penal. El hecho de que en el siglo XXI continúen vigentes los tormentos físicos y/ o psíquicos a un semejante demuestra que la humanidad no ha mejorado respecto de los suplicios que nuestros antepasados eran capaces de infligir. Más aún, profundizando en la equiparación con épocas pasadas, el país que se considera el más avanzado del mundo, Estados Unidos, acaba de institucionalizar la tortura.

El Senado no ha tenido empacho en complacer al presidente Bush autorizando, entre otras perversiones, las "pruebas acusatorias obtenidas por coacción". Aparte de la repugnancia que provoca el tormento, ¿qué credibilidad jurídica merece ese tipo de confesiones?

También se legaliza que los procedimientos se mantengan en secreto (resultarían demasiado escandalosos), que las detenciones sean indefinidas (como sucede en Guantánamo), que los prisioneros no tengan derecho al hábeas corpus (instituido en Inglaterra en el año 1679, permite a un detenido apelar a un tribunal ordinario para que examine la legalidad del arresto), que sea el presidente quien decida qué métodos son tortura y cuáles no (como ocurría en las tiranías de todos los tiempos, y en palabras del The New York Times,"uno de los momentos más bajos de la democracia estadounidense").

Ellos, los terroristas, son culpables, en efecto. Ellos derribaron las torres el 11-S, mas la respuesta dada (guerras en Afganistán e Iraq) no ha sido la adecuada, ya que el terrorismo se ha incrementado, como todo el mundo reconoce. Aunque no se trata sólo de esta evidencia, sino del peligro de que cada uno de nosotros pueda parecer sospechoso de terrorismo, detenido, encarcelado y torturado indefinidamente. Así de sencillo y espantoso.

¿Cuántos inocentes se encuentran en la actualidad en esta situación? Imposible saberlo, y mucho menos a partir de ahora, cuando la antorcha de Occidente se ha dotado de poderes ilimitados.

Sorprende, entristece y alarma que los gobiernos democráticos del orbe entero permanezcan callados, es decir, otorguen su beneplácito. Triste y alarmante resulta que la sociedad civil no se movilice contra prácticas que le atañen de pleno. El miedo se ha instaurado en los corazones hasta el punto de admitir sin protestar la usurpación de unas libertades cuya adquisición costó siglos de luchas. Se puede ser toqueteado de arriba abajo como presunto terrorista, se puede tener el teléfono y el correo electrónico intervenidos, y si a pesar de tanta intrusión se es confundido con un terrorista sin serlo, se puede acabar en un pozo sin salida. Una condición, la de la gente de a pie y en concordancia con la antidemocracia instaurada en Estados Unidos, que nos retrotrae a la Roma arcaica, en la época de los Siete Reyes y antes del advenimiento de la República.

Los patricios gobernaban y hacían la guerra; los plebeyos podían comerciar y tener propiedades, pero carecían de derechos políticos. Transcurridos casi veintiocho siglos, nuestro pueblo goza por ley de derechos políticos, pero actúa como aquellos plebeyos que no los tenían. Cabe recordar también que los plebeyos romanos se rebelaron hasta crear su propia magistratura, con los tribunos conteniendo el poder de los patricios y sus pretores.

La Vanguardia (reproducido en dia@dia.net), 06/10/06

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