Ascensión Palomares Ruiz: El acoso escolar, un grave problema social

Acoso escolarAscensión Palomares Ruiz: El acoso escolar, un grave problema social
Ascensión Palomares Ruiz, Catedrática de Didáctica y Organización Escolar de la Universidad de Castilla-La Mancha

(Recibido por correo electrónico)

En la actualidad, nuestras autoridades públicas, tanto del poder ejecutivo como del legislativo y judicial, son las primeras en ofrecernos claros ejemplos de violencia verbal y acoso psicológico contra el adversario político o cualquier persona digna que defiende la equidad y la justicia, sin ningún tipo de intereses sectarios, disintiendo del comportamiento partidista de quienes ostentan el poder. En este espectacular contexto de virulencia verbal, las descalificaciones personales y las técnicas de “mobbing” político y mediático que se nos ofrecen -día a día- en los medios de comunicación, posiblemente incidan en un incremento de la violencia, en los diferentes ámbitos: escolar, familiar, laboral, etc.

En la Escuela, no constituye un problema nuevo; pero, hace poco más de un año, tras el triste final de Jokin, alumno de 14 años de Hondarribia (Guipúzcoa), que sufrió maltrato psicológico y físico por parte de sus compañeros de Instituto, abocándolo al suicidio, se dispararon las alarmas sociales, políticas y educativas, generando múltiples debates, seminarios, estudios, etc. Sin embargo, no sólo no se ha conseguido frenar el problema, sino que los casos de acoso escolar afloran como algo natural y normal, en una sociedad cada vez más competitiva e insolidaria.

Diariamente, se difunden informaciones sobre nuevas víctimas de la violencia en los Centros escolares, tanto públicos como privados, generando una alarma social que precisa un amplio análisis –con rigor científico y metodológico- de los datos ofrecidos.

Resulta obvia la ineficacia de la Administración educativa en este problema, por lo que es preciso exigirle responsabilidades políticas y sociales, para que supere el falso debate de las cifras, olvide el síndrome de la negación institucional y haga frente -de una vez por todas- al problema de la violencia en las aulas.

Las situaciones -directa o indirectamente- brutales, producidas en los Centros escolares, no se limitan a las peleas, robos o destrozos en las instalaciones, sino que hay que considerar igualmente el acoso psicológico, carente de huellas físicas externas, pero más peligroso y difícil de detectar. La conducta “bullying” se define como la violencia persistente -física o mental- guiada por un sujeto -o por un grupo- en edad escolar y dirigida contra otro escolar que no es capaz de defenderse a sí mismo, en una situación que se desarrolla en el contexto escolar.

En esta conducta agresiva entre los escolares, la mayoría de los agresores -o “bullies”- actúan movidos por un abuso de poder y el deseo de intimidar y dominar. Al igual que el “mobbing”, se inicia de una manera sutil, casi imperceptible, que –poco a poco- se va agravando, conllevando –a veces- maltrato físico. Se suele comenzar poniendo apodos, riéndose de sus posibles errores, burlándose de su apariencia física, acusándole de hechos que no ha realizado, no hablándole, etc., como las formas más usuales de hostigar a un/a compañero/a de colegio. Los principales indicadores, en caso de “bullying”, son: agresiones, desprecio-ridiculización, intimidación-amenazas, exclusión-bloqueo social, hostigamiento verbal, coacción y robos. Además, en investigaciones realizadas, se demuestra que los niños maltratados, por lo general, presentan un funcionamiento psicológico mermado y suelen mostrar elevados niveles de agresividad. También es importante resaltar que algunas víctimas crecen en la convicción de que la agresividad es el mejor camino para conseguir lo que quieran, por lo que se da el caso de víctimas-agresores.

Si nos centramos en la asociación de antecedentes de malos tratos en la infancia y la presencia de trastornos psicopatológicos en la edad adulta, se ha observado -en diversos estudios- un aumento de trastornos de ansiedad, dependencia de las drogas y comportamientos antisociales, incrementándose la probabilidad de presentar una sicopatología, en algún momento de la vida adulta. Consecuentemente, resulta evidente la importancia clínica y epidemiológica de la detección e intervención precoz.

Resulta curioso –como en otros relacionados con la violencia familiar o laboral- esa especie de pacto de silencio de las personas que suelen –y pueden- conocer la situación de acoso. Los estudios realizados permiten comprobar que la dinámica del “bullying” se ve favorecida por la pasividad de otros compañeros, que –a pesar de la evidencia del problema- se convierten en observadores interesados e inhibidos. Tal actitud tiene un componente defensivo, a fin de intentar evitar ser otro posible blanco de los ataques, convirtiéndose así en cómplices pasivos de la situación. Al no apoyar a la víctima de acoso, en cierta medida, sus compañeros están generando y manteniendo las situaciones violentas. Evidentemente, la violencia en las aulas no es una conducta desconocida, sino oculta y silenciada, aunque pase inadvertida para los adultos.

El alumnado que sufre “bullying” no siempre dispone de un contexto familiar o escolar que le posibilite informar –desde el principio- del posible acoso que está padeciendo. Suelen ser personas introvertidas, que sienten vergüenza de su propio comportamiento, al no tener la “valentía” de enfrentarse a sus compañeros. Además, buscan excusas para no ir a la Escuela, vuelven a su casa afligidos, tienden al aislamiento e, incluso, padecen trastornos psicofísicos.

En nuestro país, a pesar de la evidencia del problema, demostrado en diversas estadísticas, la realidad es que -hasta ahora- se ha hecho muy poco para afrontar con efectividad este tipo de violencia, en los diferentes ámbitos. No se debe olvidar que el centro escolar es el lugar propicio para la primera interacción social no familiar, por lo que las implicaciones que tienen esas relaciones en el contexto escolar -socialización de los/as niños/as- son tan importantes como las que se derivan del contexto familiar. Las influencias de sus compañeros van a determinar –en gran medida- cómo el escolar va construyendo sus propios esquemas y la representación del mundo físico y social. Consecuentemente, un clima de violencia va a tener consecuencias muy negativas para su desarrollo psicológico, social e intelectual, así como en la formación de una adecuada jerarquía de valores.

Las Administraciones públicas tienden a minimizar los hechos, a buscar explicaciones y sancionar -a la baja- al acosador, cuando no a inculpar al acosado (si se defiende), a asignarle un diagnóstico psicopatológico e -incluso- a que sea tratado farmacológicamente; es decir, se libera al acosador de su carga y se abandona al acosado a su suerte.

Una vez más, es necesario insistir que nos encontramos ante un problema social que requiere un planteamiento holístico, en el que los primeros en cambiar actitudes deben ser nuestros representantes públicos, sindicatos incluidos. No debemos olvidar que la mayoría de los alumnos que muestran conductas agresivas en la infancia suelen convertirse en adultos violentos. Por tanto, la educación para la paz, la no violencia, la tolerancia y la solidaridad, desde la más temprana edad, constituyen el mejor medio para prevenir estas situaciones y la también preocupante violencia doméstica. Una tarea en la que deben trabajar colaborativamente, no sólo los padres y docentes, sino la sociedad, en general.

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