Jaime Richart: Democracia y democracias (I)

Jaime Richart: Democracia y democracias (I)

Por mucho que los cerebros y thinks tanks de las sociedades fundadas en ese método de gobernación nos aseguren que existe separación de poderes y el pueblo gobierna, no hay que confundir la democracia original con malas imitaciones.

Territorios habitados por millones o cientos de millones de seres humanos no pueden regirse como las ciudades-estado de la antigua Grecia donde nació la democracia, que no pasaban de los 25.000 habitantes. Por eso países no tan pequeños pero de población reducida en comparación con los demás, como Suiza, pueden ajustarse al patrón democrático casi puro. Pero donde habitan millones de individuos es imposible la democracia real. Ni siquiera la representativa lo es en puridad. Afirmar que, porque el ciudadano muestre su preferencia por individuos o listas cerradas a través del voto funcionan los países como una democracia y por eso es el pueblo quien gobierna, no deja de ser una conveniencia de los acomodados. La democracia, aun éstas, las representativas, tiene tal grado de impureza, que todo parecido con ella es mera coincidencia.

En las occidentales no gobierna el pueblo, o el último que gobierna es el pueblo. Pero tampoco el poder ejecutivo, ni el legislativo, ni el judicial aunque cada uno se lleve una parte alícuota de influencia y potestad. Gobierna el poder económico-financiero, con mucha más fuerza que los institucionales con los que además están mezclados. Y ello es así en la medida que éstos se supeditan, se someten, se rinden a lo económico en cada asunto de envergadura. No existen argumentos que no pasen por el costo. La biosfera demanda imperiosamente drásticos cambios para que siga siendo habitable y para que las siguientes generaciones no lleguen a una atmósfera respirable. Sin embargo, los cambios que puedan introducirse no pasan de ser testimoniales de una mediocre voluntad a regañadientes por parte de los que de lejos vigilan...

Ahora, en una región española, un solo juez intenta meter en vereda a un millar de delincuentes. Que no haya más jueces dispuestos a seguir este camino no quiere decir que no sean decenas de miles los estafadores repartidos por toda la península. Pero hay que tener alma de héroe para perseguirlos casi a solas como hace ese valiente veedor. Y ese alma, la de héroe, está en extinción. Pues bien, hubo que esperar quince años a que este juez bendito apareciera. Esto en cuanto a España se refiere y en un ejemplo al vuelo. Pero ¡qué decir de la democracia estadounidense cuyo malhadado profeta del mercado libre, Milton Friedman, acaba de morir!

Que la política es una superestructura cambiante de lo económico lo sabemos desde Carlos Marx. Pero si entonces era así cuando el industrialismo no había hecho más que empezar ¿qué podremos decir cuando el postinduistrialismo se ha adueñado del planeta y lo está arrasando?

La cuestión en todo caso empieza por la libertad que vende la democracia liberal. (Conviene no obstante no confundir los valores democráticos con los valores republicanos, tema aparte y que sitúa a la propia Francia mucho más cerca del ideal democrático que el resto de los países y por eso es el adversario natural del imperio)

Empieza el asunto invocando libertad, pero arranca desde un presupuesto falso, cual es que disfrutan de la misma autonomía y de las mismas libertades formales tanto el rico como el pobre, el blindado como el que pasa su vida en el paro o mendigando trabajo, el que posee una vivienda amortizada como el que no la tiene ni tendrá jamás.

Sea como fuere, ¿hay quien, a menos que esté loco, que no ame la libertad y no vea en la democracia la mejor y más razonable manera de organizarse una sociedad, de vertebrarse, de dar solución a los problemas que plantea la convivencia? Indudablemente no. No puede haber nadie que en su sano juicio afirme y desee lo contrario; que prefiera el yugo, la opresión, el dominio de otro u otros sobre él.

Pero el problema que se plantea el ciudadano medio no es si las democracias examinadas a fondo y no sólo en superficie son o no preferibles o son o no más excelentes que otros sistemas posibles. El problema está en que aunque funcionan como la suprema panacea de la sociedad civilizada, rara es la que lo es; rara es la que en la práctica no es una fórmula política de dominio de una parte de la población sobre el resto. Rara es la que en ella es verdaderamente el pueblo quien gobierna, y rara también la que no está levantada sobre el fraude colosal que cometen los dominadores y lo propician por aquello de 'a río revuelto...'.

En todo caso ¿cómo medir y determinar el grado de aceptación de la democracia -la liberal y burguesa- en cada país? La sospecha, que nunca se disipa, es que en ella son la burguesía y las clases adineradas quienes realmente deciden, por un lado, y los poderes económicos en la sombra o a la luz los que lo inclinan todo a su favor. Pero de ningún modo no es el pueblo que es a quien correspondería decidir. El propio sistema electoral está viciado. Todos los mecanismos y cautelas, incluida la ley D'Dont, van dirigidos a asegurarse amplios colectivos muy concretos su dominio y predominio.

Hay estudios sociológicos, rankings, índices sobre la corrupción, la calidad y el grado de aceptación de la democracia. Principalmente sobre América Latina. Pero ningún indicador apunta en ellos a un grado de satisfacción que llegue siquiera al 50%. Y en las viejas democracias europeas, como en la estadounidense, apenas se supera ese porcentaje si a juzgar por la participación en el asunto del voto. Si acaso en los países pequeños donde la población interviene directamente casi en todo y por delegación en lo que se abarca fácilmente, la democracia puede funcionar de modo aceptable. Pero en los países con grandes extensiones territoriales, llamar a democracia a la gobernanza, es un sarcasmo y un insulto a la inteligencia.

Porque en cualquier caso, aunque los sustentadores del modelo puedan decir que existe la igualdad de oportunidades para todos los que habitan la colmena, lo cierto es que raro es el individuo que no busca los privilegios de la reina del enjambre, y por otro lado nunca llegará muy lejos quien sale en el pool de la carrera desde atrás. Por eso, en conjunto, las democracias liberales de todos los países sugieren mucho más que otra cosa el modelo para la dominación social de unos sectores sobre otros; en modo alguno el trato paritario. Ni el socialismo democrático consigue siquiera niveles de satisfacción general que justifiquen el mantenimiento del sistema. Siempre la fuerza que despliegan los sectores favorecidos, que se protegen entre sí y atraen a los crédulos confiados en alcanzar las cotas de los que dominan, es muy superior a la voluntariosa de los que piensan la sociedad como un todo y no como la suma de individuos que al final acaban tratados como objetos de comercio.

Argenpress, 20/11/06