Jaime Richart: Democracia y democracias (II)

Jaime Richart: Democracia y democracias (II)

La democracia no se implanta por ley. La ley sólo es el material, el barro. Y de él, como Dios -para los creacionistas- creó al hombre, la sociedad es la que le da vida. A partir de entonces su vitalidad no depende tanto de que la ley se esté aplicando a menudo coactivamente unas veces y represoramente otras, como de la colaboración de todos, y principalmente de los que tienen más influencia en el desenvolvimiento de la sociedad.

Por eso las desigualdades son su gran enemiga. No puede imaginarse colaboración alguna por parte de quienes son maltratados por la injusticia de partida y por el menosprecio de quienes interpretan y aplican las leyes, mientras legiones extraen ventajas aprovechando en su favor la libertad que se supone emana de la democracia; y ello a menudo con la condescendencia de quienes detentan el poder policiaco, judicial, político, económico e institucional. Eso cuando no son éstos los que se prevalen de su poder...

Las constituciones introducen normas que propician derechos y libertades que antes no existían. Por eso la democracia es sobre todo una convención. Pero la volonté general debe plasmarse en el convencimiento, no en la simulación que la convierte en oligarquía con sus correspondientes oligopolios. Si los políticos recurren constantemente a las sentencias judiciales para impugnar lo que no les gusta de las acciones de gobierno; si los que gobiernan se parapetan en su mayoría absoluta despreciando el sentir de la mayoría ciudadana; si los oportunistas se aprovechan de sus cargos y posición privilegiada corrompiendo la función pública y a todos cuanto les rodean mientras policías, fiscalías y judicatura miran a otra parte, esa democracia es un instrumento en manos de oligarquías -siempre lo más odioso-, un método más perverso que una dictadura donde al menos los ciudadanos reducidos a súbditos saben lo que se juegan con la represión dictatorial. Pues tan malo o peor que carecer de libertades formales es creer que en el envoltorio de la democracia se dispone de ellas, pero sintiéndola al mismo tiempo constantemente amenazada por quienes las secues­tran.

A posteriori, una vez entronizada, la democracia es una convención entre administradores institucionales y pueblo: políticos al servicio del bien común y no de su facción, vigías -más que policías- observando que se respeten las instituciones, jueces preocupados -más que encargados- de que todos los ciudadanos sean tratados por igual, que no se privilegie a los administrados por su rango social o económico; alcaldes y ediles -no caciques- que no hagan sentir a los vecinos el peso muerto de la discriminación y del capricho. Y luego, la voluntad en todos de corregir las desigualdades naturales no propiciando el privilegio que ha sido la bestia negra de la Historia. Este sería el marco y el lienzo de una democracia respetable y digna de ser deseada...

Sin embargo, las democracias liberales en absoluto funcionan así en general. Las que se guían realmente por esos parámetros, podrían ser perfectamente anarquías en su más noble acepción del significado. Como son las nórdicas. Todo lo contrario: alejan los línderos de la libertad cuando tienen los administradores ante sí a la clase adinerada y poderosa, y los estrechan cuando juzgan a los ciudadanos del montón que hacen mayoría. Los medios, escuderos de la libertad que reclaman para sí y para cumplir su deber de información, faltan a la ecuanimidad posicionándose sin pudor a favor de una opción ideológica o de una facción política. Con lo que abren brechas en el concepto de bien común y tensan las tesis políticas contrapuestas. No se ama la paz. Sólo parecer haber recreo en la fricción, en la pendencia y en la confrontación gratuita de todo tipo.

Los alumnos, entre las clases ricas, 'pueden' ya más que los profesores; los policías -militarizando cada vez más sus atavios- conminan progresivamente al ciudadano que hace frente a sus abusos; los alcaldes, menosprecian las demandas de los vecinos que no les eligieron. Y los abusos flagrantes tanto en materia tributaria como urbanística, por ejemplo en España, no cesan hasta que llega un juez valiente, que a veces nunca aparece, para poner al descubierto las vergüenzas mafiosas de tanto munícipe de dudosa catadura...

En España, son fatales los excesos que se están cometiendo con los 'rebeldes' vascos tratados por jueces y gobernantes como habitantes de una colonia indómita. En los casos de corrupción y otros delitos de 'alto standing', después de las aparatosas detenciones los encarcelados son fácilmente excarcelados a cambio de fianzas depositadas con los dineros del expolio que precisamente habrán de ser juzgados: otra pantomima.

Aún así hay diferencias entre las democracias. Y diferencias escandalosas. Desde luego España y Estados Unidos, por ejemplo, están a años luz en calidad de democrática, en su demérito, de la francesa, a pesar de la llamada 'corrupción blanca' como llama Vidal-Beneyto a la ola de corrupciones en Francia cometidas por los partidos políticos desde la extrema derecha hasta el partido comunista pasando por el socialista. Pero también, a años luz de la alemana e incluso la británica. No digamos de las nórdicas...

Con ser la estadounidense la de mayor empaque hasta el punto de constituir la referencia para muchos países que la ensayan, la democracia yanqui, lo mismo que la española, alfa y omega de las occidentales, son lo menos parecido al gobierno del pueblo. Hasta para votar en las elecciones norteamericanas hay que registrarse al efecto: no basta ostentar la nacionalidad y tener domicilio fijo. La lógica deserción de millones de sufraguistas, ciudadanos desmotivados, desalentados, resignados crónicamente por saberse siempre víctimas propiciatorias gobierne quien gobierne, hace que entreguen sumisamente el manejo de la sociedad a la minoría wasp (blanco, protestante y anglosajón).

Descartadas las dictaduras personales cuyos titulares convierten al país que tiranizan en un feudo para favorecerse y favorecer exclusivamente a sus adictos repartiéndose la tarta dejando las migajas a la inmensa mayoría, todos los demás sistemas y también algunos regímenes despóticos se postulan como democracia. No hay país que no se tenga por tal. Se llame 'liberal' o 'popular', todos se vertebran bajo la mágica denominación. Y si hablamos de fiabilidad, para el observador imparcial tanta confianza o desconfianza merecen unas como otras. El marco y el título, pues, es lo de menos. Lo que cuenta es la idiosincrasia de los pueblos, la extensión de la cultura de la convivencia sin afeites, el perfil de la conciencia dominante, la inteligencia colectiva sabedora de que la indigencia, el hambre, el malestar y la inestabilidad de muchos no se pueden atajar por norma con cargas policiacas y persecuciones; tampoco potenciando adormideras asequibles, como la televisión, el coche y la cacharrería tecnológica, etc, y felicitarse luego de vivir en (falsa) democracia...

Argenpress, 21/11/06