Jaime Richart: Democracia y democracias-coda

Jaime Richart: Democracia y democracias-coda

Resumiendo:

La democracia liberal es otro mito más. Funciona gracias a la sugestión de los medios, los que más la desean. Los periodistas han sustituido a los antiguos predicadores, quienes hacían creer que su religión era la única verdadera con su artificio apologético. Ahora son los periodistas, con su Libro de Estilo en una mano y la Constitución en la otra, los más interesados en que todos entonemos cantos de alabanza a la democracia liberal como el único método posible de organización sociopolítica.

Prescindamos de tantas otras democracias liberales y ciñámonos a las que conocemos mejor:

Si de algo España y Estados Unidos son modelo es de dominación social. Países donde unos sectores se imponen sobre otros al amparo de leyes y criterios judiciales al servicio de las clases eternamente privilegiadas: las tradicionalmente poseedoras del dinero, a las que se van agregando los nuevos ricos. En España principalmente gracias al vulgarmente llamado “pelotazo” -letras de cambio descontadas y redescontadas hasta el infinito-, y también a través de la construcción inacabable. En ese país los medios se posicionan descaradamente a favor de uno u otro partido en un sistema abocado al bipartidismo gracias a la Ley D’Dont que tan buenos rendimientos les da a todas las mayorías: mayorías de partido y mayorías en términos financieros, de medios...

El ansia, las tretas, las maniobras que los políticos de las democracias liberales despliegan para apropiarse del poder (cuando con tanta ingratitud responde ordinariamente la sociedad), demuestra que el interés por conquistarlo nada tiene que ver con la preocupación de servir a la sociedad y mucho con el servirse del poder para satisfacerse. Las excepciones existen, pero no cuentan. Pues cualquier persona correcta y normal tiene la capacidad y dignidad de retirarse del desafío. Se retira aunque sólo sea para no hacerse sospechosa de falta de honradez. El firmamento político electoral queda así tachonado de oportunistas, de charlatanes y de avispados. Los voluntariosos, los inteligentes y los prudentes no tienen nada qué hacer.

Si fuera posible que en cada país todos los descontentos con el modelo democrático liberal pudieran organizarse con la coordinación precisa, sin represión, con líderes capacitados, que los hay, téngase por seguro que la democracia liberal se desplomaría en un abrir y cerrar de ojos y sería reemplazada inmediatamente por la democracia popular.

Mientras llegan soluciones utópicas, descartada la Revolución roja para no caer antipáticos a los moderados y fascistas, sería cosa de que España se lo pensase un poco: si quiere disfrutar de una Edad de Oro política que jamás ha conocido, tendría que revisar su organización social de arriba abajo. Primero desmantelando la Monarquía y sustituyéndola por la República; segundo modificando la Constitución o redactando una totalmente nueva para dar entrada directa al Estado Federal; tercero creando un sistema impositivo y una policía tributaria dedicada férreamente a procurar un reparto paritario de la tarta económica...

En cuanto a Estados Unidos, este país no tiene remedio. El pueblo llano yanqui no es siquiera un convidado de piedra. Los gringos le ignoran y marginan como los griegos antiguos no consideraban persona a los ilotas, los esclavos. La democracia imperial, como todos los imperios y lo descomunal acabará desplomándose por dentro, por implosión.

Un senador de la antigua Grecia salió dando saltos de alegría del Senado porque habían elegido a otro ciudadano con más méritos que él (Montesquieu, Ensayo sobre el gusto). ¿Dónde está el ciudadano que trate pálidamente de imitarle en cualquiera de estos dos dechados de corrupción? (Lo he repetido muchas veces, pero cuando pienso en los políticos, no se me va de la cabeza)

Yo he de hacer una confesión tardía. Después de mis casi setenta años, no veo mucha diferencia entre periodistas, políticos y predicadores de púlpitos. La que pueda haber entre unos y otros profesionales está en la técnica que cada una de esas clases emplea para ir a lo suyo. Y si para dominar conciencias y de paso sus fortunas, los predicadores de sotana ponían de pantalla al mito del Señor, los periodistas ponen de pantalla su deber de informar cuando lo que les interesa es adoctrinar; y entre políticos, unos se conforman con blindarse su futuro inflando sus cuentas constructoras o petroleras, pero todos poniendo de pantalla a sus electores cuando no hacen más que convertirlos en peones de ajedrez.

Por todo lo expuesto, en este colofón y en las dos anteriores galeradas, si pudiera y tuviera edad para ello preferiría vivir en una democracia verdaderamente popular, rebajar mis cuotas de libertad al servicio de la causa general, y ceder hasta donde fuera preciso las de mi bienestar material. Pues, piénsenlo un poco quienes todavía el aturdimiento general no les impide reflexionar: para vivir con dignidad no importa estar incluso en el umbral de la pobreza si reina la paz absoluta. Sobre todo se puede ser feliz, al no percibir abominables diferencias sociales, causa de la mayor amargura e indignación en todo espíritu que a sí mismo se tiene legítimamente por noble.

Argenpress, 24/11/06