Daniel Reboredo: La nueva utopía sindical

Daniel Reboredo: La nueva utopía sindical
Daniel Reboredo, historiador

La caída del muro de Berlín y el colapso soviético generaron en muchas mentes la idea de que la política había llegado a su fin y que se iniciaba una época más allá del socialismo y del capitalismo, de la utopía y de la emancipación. Pero la insobornable realidad nos ha demostrado que el fenómeno globalizador no supone el fin de la política, sino simplemente una salida de lo político del marco del Estado nacional y del quehacer político y no-político tradicionales. De ahí que el poder de Estados, sindicatos y otras organizaciones intermedias, los presupuestos del Estado asistencial, el sistema de pensiones, la ayuda y solidaridad social, la política municipal de infraestructuras, el complejo sistema de negociación de la autonomía salarial, el gasto público, se disuelvan bajo la losa de la globalización neoliberal.

El movimiento sindical internacional, con sus múltiples carencias y clientelismos, no ha tenido más remedio que adaptarse a los nuevos tiempos con el fin de seguir siendo un protagonista decisivo en un contexto económico que crea más perdedores que ganadores. Los desequilibrios de la globalización económica tienen efectos devastadores en millones de trabajadores. Traslado de empresas, violación de sus derechos y aumento de la pobreza son algunas de las funestas consecuencias de esta nueva situación. Para hacer frente de manera más eficaz a los nuevos desafíos globales planteados por la mundialización de la economía, el sindicalismo internacional debía reforzarse y modernizarse. Desde 1989 y la caída del muro de Berlín, ya no había motivo para mantener divisiones entre los que creen en el sindicalismo democrático e independiente.

Un diálogo, hasta entonces extremadamente difícil, se instauró entre las dos internacionales sindicales democráticas. Diálogo que culminó hace un mes en Viena con la creación de una nueva organización sindical internacional, la Confederación Sindical Internacional, «destinada a abordar el desafío de la globalización con energía y esperanza renovadas». Su congreso de fundación, celebrado en la capital austriaca del 1 al 3 de noviembre, fue precedido por los congresos de disolución de la reformista y laica Confederación Internacional de Organizaciones Sindicales Libres (CIOSL), en la que estaban CC OO y UGT, y de la católica Confederación Mundial del Trabajo (CMT), a la que pertenecía USO. Los miembros de ambas confederaciones pasan a formar parte de la CSI, al igual que otras organizaciones sindicales, como la CGT francesa, que en su día formó parte de la comunista Federación Sindical Mundial.

La nueva esperanza del sindicalismo mundial representará a más de 180 millones de trabajadores de 170 países del planeta repartidos en los cinco continentes y a ella pertenecerán inicialmente unas 300 organizaciones sindicales de todo el mundo, entre las que se encuentran CC OO, UGT, USO y ELA-STV. La CSI deberá asumir la tarea de combatir la pobreza, el hambre, la explotación, la opresión y la desigualdad mediante acciones de carácter internacional. Trabajo precario, deslocalización de empresas, represión antisindical y dificultad para defender a los trabajadores, han obligado al sindicalismo internacional a enfrentarse con nuevas fuerzas a la ampliación de la globalización. Por ello deberá afrontar los problemas que ésta genera y presionar a gobiernos y multinacionales para que tengan en cuenta los intereses de los excluidos del sistema.

El capitalismo global necesita cada vez menos trabajadores para abrir nuevos filones netamente productivos. Con ello, la fuerza laboral y las organizaciones de masas que la representan, es decir partidos obreros y sindicatos, pierden poder de negociación e influencia social. Al mismo tiempo aumenta el número de quienes se ven excluidos del mercado laboral y de las oportunidades de seguridad e integración material y social que aquí se negocian, con la consecuencia de que no sólo se incrementan las desigualdades, sino que también varía de manera preocupante la calidad de las desigualdades sociales al verse excluidos cada vez mayores segmentos de población, considerados oficialmente como 'inactivos' desde el punto de vista económico. Excluidos que, contrariamente al proletariado del siglo XIX e inicios del XX, han perdido su correspondiente parcela de poder al no ser ya necesarios y a los que sólo les queda la violencia para mostrar lo escandaloso de su situación y para reivindicar una globalización más humana. Todas estas cuestiones constituyen los mayores desafíos para la salud de la democracia contemporánea.

Ahora veremos, y el tiempo será testigo de ello, si la nueva organización sindical es una organización para la mejora y el progreso de los trabajadores y ciudadanos del planeta o, simplemente, una mera Internacional de la burocracia sindical asentada en las burocracias de los precedentes sindicales al uso. ¿Puede la población y la ciudadanía confiar en quienes han participado, a veces irremediablemente y otras sin una imperiosa necesidad, y colaborado en expedientes de regulación, deslocalizaciones y desamparo laboral, nutriéndose mientras tanto de subvenciones estatales que limitan su capacidad de actuación? Cuando nos planteamos preguntas como la anterior no nos convertimos en adalides de utópicas y desfasadas luchas revolucionarias de salón, sino de posibilidades reales e interés de enfrentarse a los nuevos retos que plantea la globalización y a la cara depredadora de unas multinacionales cuyo único objetivo es el de la rentabilidad máxima a costa de lo que sea, personas, medio ambiente, etcétera.

Históricamente la globalización ha sido la apuesta del neoliberalismo capitalista mundial para superar, en su provecho, naturalmente, la crisis económica de finales de los sesenta y de la década de los setenta del pasado siglo XX. Resucitando la vieja consigna neoliberal de 'todo el poder para el mercado', o lo que es lo mismo, 'para ellos', y con la complicidad de organismos internacionales, como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, la Organización Mundial del Comercio, y de gobiernos complacientes de signo liberal e incluso socialdemócrata, han logrado, mediante liberalizaciones, desregulaciones, privatizaciones, ataques al Estado del Bienestar, contrarreformas fiscales, deslocalizaciones industriales, fusiones empresariales, burbujas especulativas... su objetivo fundamental, que no es otro que la acumulación incesante de capital, incrementando sin pausa los beneficios.

La principal consecuencia de esta inmoralidad es que la globalización ha generado más desorden económico, sobre todo en el ámbito financiero, a causa de la plena liberalización de los movimientos de capital, capaces de originar catástrofes económicas y sociales; más desigualdades entre el Norte enriquecido y el Sur empobrecido, y entre los ciudadanos de la mayor parte de los Estados del mundo; y un mayor deterioro de un medio ambiente cada vez más amenazado por el cambio climático global. De este magma de injusticia ha surgido una respuesta antiglobalizadora, todavía por fusionar, visible desde los sucesos de Seattle de 1999, de la que forman parte pacifistas, ecologistas, sindicalistas, defensores de los derechos humanos, y, en esencia, los viejos y los nuevos movimientos sociales, que en diferentes foros han manifestado su rechazo a una globalización diseñada para favorecer los intereses de multinacionales, bancos y operadores financieros.

En esta fase de la reflexión sobre la globalización neoliberal debemos recordar el principal medio por el que ésta aspira a aumentar infinitamente los beneficios de sus principales actores, la eliminación de cualquier poder que impida sus fines, ya sea estatal o sindical. Hay que tener muy claro que en este proceso destructor, no sólo se la juegan los sindicatos, sino también la política, el Estado y los ciudadanos. Fortalecer a los 'perdedores' de este proceso es dar credibilidad a la idea de que otro mundo es posible; un mundo donde los valores de la justicia, la cooperación y la solidaridad, los derechos humanos, el respeto de la naturaleza y de la vida, y, fundamentalmente, el rechazo a la explotación de unos seres humanos por otros, garanticen la dignidad de los ciudadanos, dignidad que es la de la propia humanidad.

El Correo, 04/12/06