Sólo siete universidades españolas vigilan el cumplimiento de su docencia

Sólo siete universidades españolas vigilan el cumplimiento de su docencia

La Universidad de Sevilla, la Pablo de Olavide, la Pompeu Fabra y la Complutense son algunos de los centros que han puesto en marcha un método para controlar que sus profesores respetan los horarios, imparten sus clases con calidad y siguen puntualmente el programa previsto para cada asignatura.

Profesores que no aparecen por el aula o, si lo hacen, llegan tarde; clases insípidas, ajenas a los contenidos programados; tacos de apuntes amarillentos, dispuestos a desafiar el paso de los años, avances tecnológicos e investigaciones recientes; exámenes idénticos convocatoria tras convocatoria; tutorías envueltas en sigiloso absentismo; suplentes que nunca llegan; créditos prácticos no impartidos...

Claudia, Laura e Ismael (nombres ficticios) están en la recta final de sus respectivas titulaciones.

La primera estudia Filología Eslava en la Complutense de Madrid; la segunda, Enfermería en la Universidad de Castilla-La Mancha, y el tercero, Empresariales en Almería. Son tres puntos geográficos desiguales, tres universidades diferentes y tres tipos de estudiante con intereses muy dispares. No obstante, todos ellos coinciden abiertamente en un mismo punto: la acuciante necesidad de controlar a los docentes para que cumplan con sus obligaciones académicas. El cómo, «es algo bastante más complicado», sentencia Claudia.

La Complutense, en un intento por supervisar, entre otros aspectos, si sus docentes van a clase, respetan el horario, imparten el temario ofertado... decidió el curso pasado -2004-05- poner en marcha un plan de acción sustentado en una encuesta.

La idea fue escoger a más de 1.000 alumnos de entre sus 88.636, para que, entre enero y mayo, rellenaran una ficha donde quedara bien explícito si sus profesores cumplían con sus funciones académicas, o no. Sólo el 30% de los estudiantes accedió finalmente a participar, a pesar de que su buena disposición se premiaría con un crédito de libre configuración.

«Los alumnos -señala Claudia- no somos los más adecuados para convertirnos en guardianes, espías y chivatos de los mismos profesionales que luego nos califican». Pese a todo, las cifras obtenidas resultan, cuando menos, bastante sorprendentes.

Del total, el 9,9% de los docentes, lo que equivale a 439 profesores, no asistió a clase. De éstos, un 4,5%, es decir, menos de la mitad, fue sustituido por otro docente; y sólo un 1% recuperó su clase con fecha fijada. Mientras tanto, el 2,2%, es decir, 97 profesores, no la recuperó.

Estas ausencias parecen formar parte de una dinámica que olvida que el alumno ya abonó sus clases por adelantado al formalizar su matrícula a principio de curso. Es más, para el vicerrector de Ordenación Académica de la Complutense, Carlos Andradas, los resultados obtenidos en este primer estudio son «tranquilizadores».

«Lo único que perseguíamos con este sondeo era tener un dato fiable del nivel de incidencias de los docentes que demostrara si los datos que aparecían en el estadillo que tradicionalmente rellenan los profesores una vez al mes sobre su actividad lectiva, se correspondían con la realidad», explica Andradas.

Apesar de que los resultados obtenidos el año pasado «no fueron sorprendentes», según puntualiza el vicerrector Carlos Andradas, la Complutense decidió volver a realizar la encuesta este curso académico, pero con un control algo más íntegro que aumente la fiabilidad de los datos. Los alumnos, en lugar de rellenar su ficha una vez al mes, lo harán cada 15 días; una periodicidad que, tal vez, siga siendo insuficiente para obtener datos extrapolables.

En su carrera, un profesor universitario ha de compaginar la docencia con proyectos de investigación, conferencias, seminarios, tribunales de examen... «Obligaciones que le impiden asistir a clase», apunta Andradas.

VALORACIÓN

A esto hay que añadir que la investigación, hasta el momento, «está mucho mejor valorada en su trayectoria profesional que la labor docente», explica Francisco Michavila, director de la Cátedra UNESCO de Gestión y Política Universitaria de la Universidad Politécnica de Madrid, para quien «en España, apenas se discrimina al buen profesor del malo».

Según Michavila, sería necesario mejorar dos aspectos muy concretos. En primer lugar, «habría que hacer mayor hincapié en formar a los docentes en nuevos métodos educativos; y en segundo, se tendría que estimular y premiar con incentivos el trabajo bien hecho». Por su parte, las asociaciones de estudiantes siempre han tratado de conseguir que se otorgue una participación más activa a los alumnos dentro de la Universidad. Clara Alonso, representante de estudiantes en el Consejo de Gobierno de la Complutense, afirma que la iniciativa llevada a cabo por esta institución no es más que «un insulto al papel y a la función del alumno».

Una opinión que también comparten los sindicatos. Según la secretaria federal de Enseñanza Universitaria de UGT, Concha Espinosa, «quien realmente debe responsabilizarse de que los profesores cumplan con sus obligaciones académicas son los decanos y los directores de las escuelas universitarias». «Los alumnos no tienen que desarrollar una labor de inspección de servicios porque los decanos no quieran enfrentarse a sus colegas», afirma Espinosa.

DEPARTAMENTO

Con cierta prudencia, Carlos Andradas corrobora esta situación, que se produce en algunos de los departamentos de la Universidad Complutense. «Hay muchos directores de departamento que se resisten a asimilar que tienen una función no sólo organizativa, sino también de control y supervisión», comenta. «El problema es que nadie quiere ser el que tome la iniciativa de regañar y llamar la atención al compañero». Aunque el debate está en el ambiente y la necesidad de encontrar una solución satisfactoria para todos parece cada vez más urgente, prácticamente ninguna institución ha conseguido idear aún el mecanismo adecuado para vigilar a sus docentes y que sea aceptado por los afectados. «El mejor camino sería poner en marcha una inspección ajena a la comunidad universitaria, pero dependiente del Ministerio de Educación y Ciencia, que tome medidas oportunas que contemplen la posibilidad de penalizar a los profesores que incumplan y descuiden sus obligaciones académicas», se lanza a proponer Concha Espinosa.

«Como sucede en cualquier otro ámbito profesional, establecer una vigilancia de los trabajadores es algo muy normal», apostilla Francisco Michavila, «más aún lo sería si hablamos de los profesores, ya que no hay que olvidar que somos servidores públicos financiados con el dinero de todos», continúa. «Hay que asegurarse de que esa inversión se destina a buen fin», concluye el que fuera rector de la Jaume I de Castellón.

Ante este panorama, CAMPUS ha intentado averiguar cuántas de las 69 universidades españolas actuales tienen desarrollado, iniciado o, al menos, ideado algún método o sistema de control de la docencia. La respuesta ha sido bastante llamativa. Además de la Complutense, sólo cinco – la de Sevilla, la Pablo de Olavide, la Pompeu Fabra, la de Granada, la UNED y el CEU Cardenal Herrera de Valencia– han respondido a nuestra llamada.

Hace poco más de un año, la Universidad de Sevilla inauguró el Servicio de Inspección Docente, que depende directamente del rector. El control de firmas diario, la elaboración de un informe mensual por parte de los decanos y directores de centros, y la visita de un inspector docente una vez por cuatrimestre son algunos de los mecanismos puestos ya en marcha por esta institución para poder vigilar de forma efectiva que los docentes hacen sus deberes.

En la Universidad Pablo de Olavide de la capital hispalense, el profesorado está obligado a someterse a un proceso evaluador cada año. Una consultora externa realiza una plantilla de preguntas a sus alumnos sobre la actividad docente, la relación profesor-alumno, la forma de impartir las clases... Los resultados los hace públicos el Gabinete de Análisis y Calidad del centro.

Desde su fundación, hace 16 años, la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona desarrolló un modelo de evaluación de la docencia. Al finalizar cada trimestre, los estudiantes valoran su grado de satisfacción poniendo una nota de cero a 10 a la universidad. A partir de 2004-05, la docencia se evalúa al finalizar cada trimestre a través de la intranet del centro, donde, una vez cumplimentado el formulario, desaparece la pantalla y los resultados se archivan de forma absolutamente anónima.

Las preguntas cubren cuestiones como si el profesor asiste a clase según el horario establecido, si explica con claridad, si hace lo que prevé el programa de la asignatura, si el material didáctico es adecuado y la asignatura interesante...

Academicista

Si hay un rasgo que defina tradicionalmente la Universidad española, ése es su academicismo. Sin embargo, cada vez es mayor el número de voces que defienden una enseñanza menos basada en la lección magistral, que «tiene sus limitaciones», según Francisco Michavila, y más «en la interacción profesor-alumno». «No se puede pretender dar clase de la misma forma que se impartía en el siglo XIX», explica este profesor de la Politécnica de Madrid. «La lección magistral no estimula la creatividad; hay que apostar por una formación más práctica. Al alumno, más que enseñarle, hay que proporcionarle los métodos adecuados para que él tome la iniciativa».

Los mejor pagados

Después del País Vasco, La Rioja y Navarra, los profesores universitarios gallegos se convertirán en los cuartos mejor pagados, junto a los canarios, ya que la Xunta ha decidido recompensar su excelencia académica con un incentivo de hasta 5.600 euros anuales. Aunque la Xunta destinará en 2007 más de siete millones de euros para estos complementos, sólo 1.800 docentes, de los 5.400 que hay, cumplen los requisitos para poder solicitar esta recompensa.

Represalias inmediatas

Preguntas como «¿asiste el profesor a clase?», «¿la recupera?» y «¿es sustituido?» son algunas de las que han de responder los estudiantes que este curso forman parte del ‘grupo de vigilancia del profesorado’. La iniciativa, no obstante, ha vuelto a cosechar un sinfín de críticas, sobre todo, por parte de sus protagonistas: los docentes. A algunos de ellos les ha sentado tan mal este método que han decidido tomar represalias contra sus alumnos. «Hay profesores que ahora pasan lista todos los días, mandan trabajos sin parar, afirman que van a emprender acciones legales contra la universidad y sueltan comentarios inoportunos contra los alumnos que, anónimamente, han aceptado ‘controlarlos’», admite la ya casi filóloga Claudia. Pese a todo, los objetivos de la Complutense este año con el informe son: rebajar en dos puntos y medio el porcentaje de inasistencia del profesor a clase y en un punto el de las no impartidas.

El Mundo, 20/12/06