Mario Roberto Morales: Vigencia de la rebelión

Mario Roberto Morales: Vigencia de la rebelión
En lugar de defender derechos económicos se defienden derechos “culturales”

Históricamente, la rebeldía y la rebelión han estado ligadas a cambios sociales y políticos o a la posibilidad de que tales cambios se efectuaran. Hubo siempre un ligamen entre la rebeldía y los cambios sociales y políticos. Por eso, la rebeldía y la rebelión fueron no solo un riesgo en sí mismas, sino también ocasión para fundar gestas colectivas, hechos heroicos, memorias de pueblos enteros; en una palabra, para fundar historia. Esto, sin duda, ha cambiado drásticamente con el advenimiento de la globalización en clave neoliberal, ya que el ideal de esta es, como dice uno de sus ideólogos, Francis Fukuyama: “Crear una verdadera cultura universal de consumo, que es ya el símbolo y el basamento del estado homogéneo universal”, y este ideal implica lo que este mismo ideólogo dio en llamar “el fin de la historia”, es decir, el fin del choque de contrarios tal como lo hemos conocido, y el consiguiente advenimiento de la homogeneización consumista y el fin de la memoria de los pueblos, de las especificidades culturales, nacionales y de clase, en razón de esa “cultura universal de consumo” que necesita de la amnesia planetaria –es decir, de la ausencia de historia– para poder existir, ya que se basa en no tener basamentos ni tradiciones, sino solo en asumir como unívocamente bueno el valor artificialmente creado del consumismo ilimitado per se.

Por eso, ahora, cualquier forma de rebeldía y rebelión está financiada por alguna corporación, organismo internacional u ONG, a fin de existir y desarrollarse, y la condición de su existencia (léase: de su financiamiento) es, por supuesto, que no vincule a su “rebeldía” ninguna posibilidad de cambio radical en el sistema que la permite. El antiguo ligamen entre rebeldía y cambio social ha quedado destruido. Esta es la gran diferencia entre los llamados “nuevos movimientos sociales” (posmodernos) y los movimientos sociales de antes (los modernos). Los de ahora no solo están financiados por el sistema sino le sirven a sus propósitos. Es el caso de los etnicismos fundamentalistas, las políticas de identidad, los sindicatos blancos, los feminismos esencialistas, las izquierdas “políticamente correctas” (en alianza estratégica con las derechas) y buena parte del mundillo de los derechos humanos. La rebelión posmoderna es, pues, inocua, inofensiva, es espectáculo y simulacro porque los pueblos y sus dirigentes ya no reflexionan ni actúan de modo que eso lleve al conflicto social y político que desemboca en el cambio. En lugar de defender derechos económicos se defienden derechos “culturales”, y esa defensa la hacen elites ligadas a organismos que las vinculan con intereses globalizadores. Por eso, es dudoso que un movimiento que actúa bajo tales condicionamientos de verdad represente los intereses de los conglomerados populares. Su rebelión es un simulacro desde el momento en que ha renunciado al cambio radical y lo que se pide son prebendas que la hagan parecerse a sus dominadores.

Para escapar de esta trampa hace falta, primero, crear individuos con conocimiento crítico de lo que ocurre en el mundo (porque solo el conocimiento crítico puede situar nuestra conciencia en un espacio de libertad no condicionada); y, después, impulsar un movimiento de cambio radical (de raíz) dentro del sistema (pues afuera de él es por el momento imposible hacerlo, ya que ese “afuera” debe ser construido y replanteado otra vez) mediante la exigencia de que las demandas liberales (como táctica de una agenda antineoliberal) sean llevadas a sus últimas (y, por lo tanto, radicales) consecuencias. Esto es lo que significa luchar por una democracia radical desde dentro del sistema.

 Y es la única salida posible de la amnesia histórica y la asepsia política en la que los procesos globalizadores han sumido a las juventudes, a menos que aceptemos que la única posibilidad de rebelión y de opción que nos queda es la de cambiar con lujo de neura los canales de la televisión, enarbolando el control remoto como cetro de poder.

El Periódico de Guatemala, 03/01/07