Santiago O’Donnell: Las tijeras del señor Bush

Santiago O’Donnell: Las tijeras del señor Bush

Las rayas negras, gruesas como barrotes, surcaban la página de opinión del venerable The New York Times. Los barrotes saltaban de la página, invitaban a leer: “Todo lo que quisimos decirte de Irán”, decía el título. Wow. No pasa muy a menudo que un diario como el Times, “la vieja dama gris”, decana del periodismo norteamericano, publique un artículo parcialmente censurado por la Casa Blanca, con tachaduras y todo, como si fuera el pasquín opositor de una republiqueta bananera. Es más: ésta sería la primera vez que el Times toma semejante decisión. Es el diario más prestigioso de Estados Unidos. Fue el primero en publicar los Papeles del Pentágono en la guerra de Vietnam, contrariando una orden directa del presidente Nixon.

Pero los tiempos cambian. Aquella vez las revelaciones de Seymour Hersh no fueron censuradas y llenaron varias páginas y primeras planas. Esta vez el artículo sufrió mutilaciones y no llenó cinco columnas en la página 31.

Fue publicado hace poco más de un mes y, salvo en la blogosfera, pasó casi desapercibido. Cuesta entenderlo, pero en medio del clima bélico que se vive hoy en Estados Unidos, debilitar al gobierno con revelaciones inoportunas en el New York Times se parece demasiado a poner en peligro a los muchachos que pelean en Irak.

El artículo tiene una historia que merece ser contada, no sólo por su contenido, que es lo suficientemente explosivo como para promover una intervención directa de la Casa Blanca, sino porque además dice mucho sobre cómo funciona la censura en tiempos de Bush.

Los autores, Flynt Leverett y Hillary Mann, casados desde hace tres años, son ex funcionarios de la primera presidencia de W. Bush. Leverett trabajó en el Consejo Nacional de Seguridad (NSC) y Mann, en el Departamento de Estado. Leverett fue además empleado de la CIA y, como todos los que pasaron por la agencia, firmó un compromiso por el cual todas sus publicaciones debían tener el ok de un comité de la agencia cuyo nombre habla por sí mismo: Comité de Revisión de Publicaciones de la CIA.

Después de dejar el gobierno, Leverett se convirtió en un ácido y ubicuo crítico de Bush. Publicó varios artículos cuestionando su política hacia Irak e Irán. El comité le había aprobado más de 20 artículos sin cambiarle ni una coma. Dos semanas antes de someter el artículo del Times a la CIA para su consideración, la agencia le había aprobado la publicación sin alteraciones de un “paper” de 31 páginas sobre las relaciones entre Estados Unidos e Irán. El artículo del Times era una síntesis de ese trabajo. El comité también había aprobado el artículo para el Times sin cambios, pero una semana antes de su publicación el comité cambió de parecer. A los autores se les informó que la Casa Blanca había objetado el artículo, y que en vista de esas objeciones se suspendía la autorización para publicarlo.

Leverett llamó a una conferencia de prensa y denunció la censura. Señaló que todos los párrafos objetados se basaban en declaraciones públicas de funcionarios estadounidenses como Colin Powell y Condoleezza Rice, y en informaciones que ya habían salido en los diarios. Acusó a la Casa Blanca de “politizar” el proceso de revisión y señaló directamente al funcionario del NSC Elliot Abrams, el mismo que había sido condenado décadas atrás por mentirle al Congreso en el caso Irán-Contras. El Washington Post y el Los Angeles Times publicaron las declaraciones de Leverett, mientras que el New York Times se mantuvo en silencio.

Así las cosas, cinco días después de la conferencia de prensa el artículo salió publicado en el Times con una edición llamativa, compartiendo página con las columnas habituales de Paul Krugman y Thomas Friedman. Aparecía en un recuadro a cinco columnas, con el texto central recuadrado junto a una ilustración de trazo fino que muy poco tiene que ver con el contenido de la nota: el dibujo juega con la distancia entre el funcionario y el hombre común. Sesenta y cinco barrotes negros salpican el texto, de los que se infiere la tachadura de cuatro párrafos completos, dos oraciones y dos palabras sueltas. Al tope de la página aparece un artículo introductorio firmado por los autores de la nota censurada que se publica más abajo. Está firmado por Leverett, “director de Medio Oriente del Consejo de Seguridad Nacional”, y Mann, “ex diplomática que participó en las negociaciones entre Estados Unidos e Irán desde el 2001 hasta el 2003”. En ningún lado aparecía la palabra “censura”.

“En el recuadro más abajo está la versión editada (redacted) que escribimos para el New York Times, tal como fue tachado por el Comité de Revisión de Publicaciones de la CIA, después de que la Casa Blanca interviniera en el proceso normal de prepublicación y demandara sustanciales recortes. Funcionarios de la CIA nos dijeron que su propia conclusión es que el borrador original no incluía material clasificado, pero que habían cedido ante la Casa Blanca.” Wow. Después resumían un poco los argumentos dados en la conferencia de prensa y ofrecían la siguiente solución: “Desafortunadamente, para entender este artículo los lectores tendrán que buscar estas citas”, y a continuación provee una lista de cinco artículos del Washington Post, dos del USA Today, uno de la revista Time, el “paper” de Leverett y una entrevista a Colin Powell en el sitio web del Departamento de Estado. Más que suficiente para entender por qué la Casa Blanca se había molestado. Los artículos citados habían sido publicados entre el 2001 y el 2003, antes de que el gobierno de Bush diera un giro radical en su política hacia Irán, antes de que Irán pasara de ser el mejor aliado de Bush en Afganistán a miembro estrella del “Eje del Mal”. O sea, antes de la traición de Bush. La misma información, aparecida en pequeños artículos en páginas perdidas de diarios populares en las postrimerías del 9/11, cuatro años más tarde, golpeaba a la Casa Blanca como un cross en la mandíbula.

La traición

¿Y qué decía el artículo de Leverett y Mann? Empezaba recordando instancias de cooperación entre Estados Unidos e Irak previas al gobierno de Bush, en que los norteamericanos, “por razones políticas”, habrían cambiado abruptamente su forma de proceder. Mencionaba las negociaciones por las cuales los iraníes habían ayudado a Bush padre a obtener la liberación de rehenes norteamericanos de grupos pro-iraníes en el Líbano y cómo ese intercambio se interrumpió por la campaña presidencial de 1992. Después recordaba cómo Irán había provisto de armas al gobierno bosnio durante la guerra de Yugoslavia con la venia de Clinton, hasta que “las críticas del candidato republicano Bob Dole cerraron la posibilidad de un intercambio durante muchos años”.

Después el artículo se centra en el gobierno de Bush hijo y ahí empiezan las tachaduras. “Después del 9/11, diplomáticos iraníes senior nos dijeron que Teherán sentía que se encontraba ante una oportunidad histórica de ayudar a los Estados Unidos a responder el ataque sin pedir nada a cambio... El argumento de que Irán ayudó a Estados Unidos en Afganistán porque era conveniente para Teherán es falaz. Irán podría haber dejado que Estados Unidos se encargara del Talibán sin ensuciarse las manos, tal como permaneció neutral durante la Guerra del Golfo de 1991. Más que por ninguna otra razón, Teherán cooperó con Estados Unidos en Afganistán porque quería mejorar su relación con Washington”, aseguraban los especialistas.

¿Y en qué consistió esa colaboración? Los censores de la Casa Blanca no quieren que lo sepamos, pero según las fuentes citadas (para ahorrarles tiempo a los lectores, el Times provee el link), Teherán le dio una gran mano a Washington. En las citas aparece James Dobbins, el principal negociador norteamericano en la conferencia de Bonn, donde Estados Unidos, Rusia y los seis vecinos de Afganistán sentaron las bases del gobierno afgano post Talibán. Dobbins recuerda dos instancias concretas de esa colaboración, que calificó de excelente, mejor que la de ningún otro país. Primer ejemplo: en el texto final del acuerdo se habían omitido las palabras “democracia” y “guerra al terrorismo”. Fue el delegado iraní, según Dobbins, quien subsanó el descuido. La segunda ayuda fue mucho más importante: la Alianza del Norte frenaba la negociación, reclamando 18 de los 25 ministerios, y los iraníes, a través de sus contactos, convencieron a la alianza de bajar sus pretensiones para hacer el acuerdo posible.

Más abajo, las tachaduras esconden otra instancia de colaboración iraní: en diciembre del 2001 espías norteamericanos descubrieron que Gulmuddin Hekmtyar, un poderoso agente afgano de Al Qaida, se escondía en Irán. Según Teherán, Estados Unidos le pidió que retuviera a Hekmtyar para que no volviera a Afganistán. (En ese entonces una vocera del Departamento de Defensa estadounidense dijo desconocer el pedido a Irán, pero señaló, sugestivamente, que su gobierno “prefiere que Hekmtyar permanezca lejos de Afganistán.) Irán aceptó el pedido a condición de que Estados Unidos no lo acuse de albergar a terroristas. Pero dos semanas después Bush daba su famoso discurso del Eje del Mal en el Congreso y ponía a Irán al tope de la lista. Era la demostración más acabada de que el ala antiiraní del gobierno, comandada por el vicepresidente Dick Cheney, se había impuesto al ala dialoguista del secretario de Estado Colin Powell. Al mes siguiente Hekmtyar abandonó Irán con destino desconocido.

Irán sintió el golpe. En señal de protesta, su delegado faltó a la próxima reunión mensual del grupo Afganistán. Pero al mes siguiente volvió a las negociaciones, demostrando el interés de Teherán de mantener canales abiertos a pesar de todo. Pero ese último canal se cerró a principios del 2003 tras un atentado en Arabia Saudita por el cual Estados Unidos acusó a Irán. Poco tiempo después quedó ampliamente demostrado que los autores respondían a Al Qaida, pero Washington se aferró a su excusa y no volvió a las negociaciones.

La última gran tachadura esconde la oferta formal de retomar negociaciones bilaterales, sin condicionamiento alguno, que Irán le hizo llegar a Estados Unidos por vía de la delegación diplomática suiza, que representa los intereses norteamericanos en Teherán, dos semanas después de la entrada de las tropas estadounidenses en Badgad. Borrachos de gloria, los halcones de la Casa Blanca ningunearon el ofrecimiento: su única respuesta fue criticar a los diplomáticos suizos “por haberse extralimitado”.

Leverett y Mann terminan proponiendo una negociación global con Irán, similar a la recomendación del Grupo de Estudios de Irán, contrariando la disposición de Bush de sólo negociar el tema nuclear, y siempre y cuando Teherán suspendiera su programa antes de sentarse a la mesa. Los autores recuerdan cuánto mejor estaba Afganistán cuando norteamericanos e iraníes trabajaban juntos y sugieren que Irán podría hacer lo mismo en Irak.

Telón piadoso

Más allá de la torpeza de la Casa Blanca, que actuó como si fuera posible la censura retroactiva, lo llamativo es que ningún medio, ni siquiera el Times, aplaudió, criticó o defendió la publicación de un artículo recortado por un asesor del presidente en el diario más influyente del mundo. En los blogs había de todo: desde liberals indignados hasta ex espías que acusaban a Leverett de maricón. La mayoría elogiaba al Times por su valentía e interpretaba la publicación con tachas como una sutil protesta contra la censura. Pero nadie preguntaba por qué el Times hizo lo que hizo.

Página/12 llamó a David Shipley, editor de editoriales del New York Times, y le escribió un mail con preguntas. Inés Willis, asistente de Shipley, aseguró que Shipley leería el mail. “Puede que conteste –dijo– o que se atenga a lo que ya salió publicado.” O sea, la explicación de Leverett y Mann.

Leverett no pudo ser ubicado en su casa o su fundación. En los blogs dice que seguirá luchando para que el comité de la CIA apruebe su artículo entero.

Glen Kessler, del Washington Post, autor de la nota sobre la denuncia de censura, dijo que las tachaduras no le llamaron la atención. “Yo creo que fueron los autores quienes le pidieron al Times que no publicara los párrafos que no fueron autorizados, porque si se los publicaban podrían afrontar cargos criminales”, explicó a este diario. “Leverett es un ex funcionario, como tal aceptó el proceso de revisión. Denunció censura, publicamos la denuncia y su artículo salió.”

Howard Kurtz es el periodista de medios más prestigioso de Estados Unidos, que también trabaja en el Post. Kurtz me dijo que no podía ayudar porque no había visto el texto mutilado. “Lo siento. No puedo estar en todo, pero parece que tienes una buena columna”, se despidió.

Página 12, 01/03/07